Estamos en el contexto de una nueva campaña electoral y escuchando a unos y otros me pregunto si hay alguien en la política española que sepa hacia dónde quiere conducir España. Si el período electoral no produce un milagro -que no lo producirá- los ciudadanos afrontaremos una nueva campaña electoral destinada a confrontar la personalidad de los cabezas de lista, a negar a los oponentes, a proclamar que de todo se culpa a los demás y a anunciar medidas que sabemos que difícilmente se aplicarán. Veremos enfrentamientos de candidatos, pero no conoceremos qué quieren hacer. Y si nos proponen alguna medida concreta daremos por hecho que después tampoco la cumplirán.
Escucharemos eslóganes y nos anunciarán medidas más o menos simbólicas, pero se reflexionará poco sobre el principal problema español: la crisis mayúscula del Estado y su incapacidad como instrumento de representación y de gestión de los intereses de la ciudadanía. Se hablará mucho de la cuestión territorial, pero poco de la significación real de la movilización de los catalanes: rehacer los mecanismos de distribución del poder político estatal para acercarlo más decididamente a los intereses de los ciudadanos, de los catalanes obviamente, pero indirectamente también los españoles.
Parece que oiremos hablar mucho de impuestos, pero todos sabemos que muy poco de lo que se diga ahora será aplicable después. Y oiremos hablar mucho de la cuestión catalana, aunque posiblemente algo menos que meses atrás. Una de las tesis más elaboradas (!) que corre por la política española se la escuché a la Presidenta de Andalucía: ‘la secesión de Cataluña no se ha producido porque es imposible’. Y se quedó tan ancha. La independencia de Cataluña es imposible. Se acabó la reflexión. Junto a esta tesis tan alentadora, sobre la realidad catalana corre otra muy propia del PP: ‘nada, no hay que hacer nada; ellos solos se ahogarán en sus propias contradicciones’.
Más allá de esta enorme perspicacia, las propuestas sobre qué quieren que sea España acaban pronto. El catálogo es monótono: hay que cambiar el modelo de financiación autonómica, hay que cambiar el modelo fiscal español, hay que apostar por la educación, hay que crear más trabajo. La lista se repite, entre unos y otros, pero sin que nadie la concrete en un proyecto general más o menos creíble, transformador y que vaya al meollo de los asuntos.
Me temo que, en este sentido, la campaña volverá a ser devastadora. Nadie parece capaz de plantear un programa coherente, ambicioso y estimulante. Nadie es capaz de hacernos creer que tiene intención de cumplir lo que dice. Nadie es capaz de mostrarnos la más mínima capacidad para dotar a la sociedad española de la política rigurosa que necesita y el buen estado que le es imprescindible.
En la política española sólo de vez en cuando alguien admite que ‘ciertamente si España tuviese un proyecto más atractivo quizás menos querrían marcharse’. Ha costado, pero alguien parece que lo empieza a entender. Pues seguramente así es: si el Estado español hubiera ofrecido lo que se espera de un Estado, menos no querríamos marchar. Y si, además, muchos tuviéramos la confianza de que lo que prometen tienen intención de cumplirlo, aún serían menos los que querrían irse. Porque en el fondo, y es bueno que lo vayan captando, la voluntad de los catalanes que queremos marcharnos está montada sobre estos dos parámetros: por una parte el Estado español, la política española, no ofrece nada positivo; y por otra parte, de lo que la política española ofrece a la sociedad catalana, la experiencia dice que más vale desconfiar de ella. Nunca lo ha cumplido.
En este sentido la campaña no hace presagiar nada demasiado bueno. Me esfuerzo en encontrar pequeñas señales de ruptura con las envejecidas ideas que nos han traído a donde estamos. Me esfuerzo por ver señales de renovación, pero no. No parece que ninguno de los dirigentes, y menos los grandes partidos españoles, estén por la labor. No parece que nadie esté dispuesto a dejar correr las propuestas concretas, que sabemos que no cumplirán, para adentrarse en una propuesta de modernización global de las estructuras estatales, de renovación de las crujientes estructuras económicas y de solución del problema democrático que hoy ha planteado Cataluña. La política española vuelve a plantear esta campaña como una disputa entre elegibles, como un enfrentamiento entre personas, sin contenidos.
Los candidatos volverán a confiscar la política. Y muchos medios volverán a aceptar un triste papel de comparsas. Darán la voz a la falta de ideales, de idearios transformadores, de proyectos ambiciosos y de programas tangibles. Siempre he pensado que la buena política comienza cuando se expresa un ideal, y detrás del mismo un proyecto razonado, que explica cómo cambiar realmente la vida de las personas.
Es lógico, por tanto, que muchos catalanes expresen una notable desafección por la política española. Es fácil de comprender. Incluso hay muchos catalanes que se decantan por defender la tesis de que cuando peor vaya a la política española mejor para nuestras aspiraciones. Pero creo que es un mal planteamiento. Entre otras cosas porque es lo mismo, pero a la inversa, que está haciendo la parte más burda de la política española. Pienso que justamente lo que nos conviene es que la política española dé un salto de calidad. Nos conviene que la sociedad española salga de este tipo de conformismo ideológico y político que arrastra, de este tipo de simplismo donde la han ubicada.
A los catalanes nos conviene, independentistas o no, que la sociedad española transite del ‘me duele España y todo continuará igual que siempre’ a un imaginario algo más fértil. Sería bueno que la sociedad española se pudiera pensar a sí misma un poco más atractiva y menos dolorida. Pienso que nos conviene que muchos españoles se den cuenta de que España podría ser un país mucho mejor. Y pienso que nos convendría estimular la idea de que nuestra independencia no implica renunciar a las múltiples y razonables interdependencias que nos convendrá establecer y desplegar en beneficio de todos.
Sería bueno, pues, que quien pueda, los medios de comunicación, en primer lugar, los periodistas, insistieran en utilizar esta campaña para exigir a los candidatos ideas generales sobre donde tienen intención de llevar a la sociedad española.
No soy optimista. Entre la clase política española, dejando algún caso muy específico, no hay pensamiento aplicado. Nadie hace esfuerzo alguno para intentar salir de los conceptos abstractos. Repiten lo que ya sabemos y no son capaces de mostrarnos hipótesis alguna sobre lo que ignoramos. La política necesita aterrizar y la política española no quiere hacerlo. Por eso me parece -y lo digo con toda la modestia y espero que se me entienda bien- que más temprano que tarde será necesario que el soberanismo catalán sea capaz también de asumir la responsabilidad de esbozar, explicar, razonar, dibujar, cómo podría ser España sin Cataluña; o mejor dicho cómo podría ser una España sin Cataluña pero dibujando las múltiples interdependencias que nos asegura nuestra pertenencia a Europa y nuestra geografía, además de nuestros intereses estratégicos.
Por decirlo de otro modo: más allá del tradicional interés de las élites estatales en que todo continúe igual, percibo en la sociedad española una creciente sensación de miedo. Miedo a perder Cataluña, miedo a quedarse sin lo que le supone en términos económicos, pero también terror a quedarse sin el estímulo a la autoconvicción sobre el poder que supone poseer la soberanía de los catalanes. Creo que son muchos los españoles que simplemente no saben cómo imaginar España sin Cataluña, no saben imaginar un Estado sin la aportación de los catalanes, no conciben que se pueda lograr una mejor gobernabilidad, no suponen todavía que podría suponer que todos pudieran dedicar sus energías colectivas a la prosperidad y al bienestar.
El problema político español es su falta de consistencia conceptual, su simplicidad, su incapacidad teórica. Y ya se sabe que sin ideas políticas medianamente bien elaboradas que puedan transformarla, la realidad se atasca y acaban brotando los aspectos más conservadores y autoritarios.
Pues sí, puede parecer contradictorio, pero, sugiero que en la lista de las diversas asignaturas pendientes nos esforcemos en algo más: sería muy conveniente que la sociedad catalana dedicara un cierto esfuerzo a explicar que el resultado de separarnos es mejorar, es darnos la oportunidad de fortalecer todas nuestras virtudes, las catalanas y las españolas, es quitarles de encima los perjuicios que hoy nos encorsetan y es dinamizar todos los potenciales que la sociedad catalana, y también la española, tienen. Para decirlo breve: a los catalanes nos conviene que la sociedad española tenga claro lo que podría hacer un buen Estado a su servicio y bien establecidas las múltiples interdependencias que estamos dispuestos a compartir.
EL MÓN








