La carta de la CUP explicando por qué no firmaba el acuerdo del parlamento sobre las víctimas del terrorismo y la polémica desatada por twitter de Toni Albà y su artículo posterior han puesto bajo el foco un tema hasta ahora tabú: la utilización partidista, de partido y nacional, del terrorismo y del antiterrorismo. Ambos, Fernández y Albà, ponen el dedo en la llaga. Porque es cierto que hay muertos y muertos, víctimas y víctimas, causas y causas.
La violencia política es un hecho. Hay violencia política, aunque si a ti no te conviene tiendes a negar su componente intelectual. Pero hay, y es ejercida por la izquierda, por la derecha y por el Estado. Y no sólo eso: también hay violencia consentida y tolerada, legitimada. Cuando el PP y el PSOE se niegan a anular la sentencia de muerte contra Companys, contra el rector Peset o contra Puig Antich, por ejemplo, en definitiva no hacen más sino aceptar que aquellos asesinatos fueron legítimos. Incluso la ONU finalmente ha tenido que protestar contra el tratamiento a los desaparecidos en las fosas comunes del franquismo. Y mantenerlos así, casi cuarenta años después de la transición, ¿qué es sino violencia? ¿O estos muertos ya no tienen ningún significado para nadie?
Pero no hay que ir décadas atrás. El trato con los violentos es otra prueba. Galindo, jefe operativo de los GAL y convicto, fue condenado a setenta y un año de cárcel y sólo cumplió cuatro. La famosa doctrina Parot, también rechazada en el exterior, en este caso por los tribunales europeos, ha servido para mantener encerrada a gente que ya había cumplido la condena de sobra, pero nunca si eran de uno de los bandos. La contradicción entre el trato suave a unos -los tuyos- y la dureza incluso ilegal hacia los demás lo dice todo.
¿O acaso debemos recordar que el asesino de Guillem Agulló, Pedro Cuevas, cumplió sólo cuatro años de los catorce a los que había sido condenado e incluso le permitieron presentarse a las elecciones en una lista de la extrema derecha? Una ley no tiene cordura si no es de aplicación universal y es una evidencia de que las ilegalizaciones sólo han ido en una dirección. Aún más: los camaradas de Cuevas han insultado durante años a Guillem Agulló a pocos metros de casa de sus padres. ¿Es que no son víctimas, también, los padres? ¿O ya que el hijo era de izquierdas e independentista hay que tratarlo de una manera diferente? ¿El problema es el uso de la violencia o tan sólo de la violencia de los que van contra ti?
Un caso reciente explica hasta qué punto se ha llegado a banalizar algo tan grave. Hace pocos días la Audiencia Nacional española condenaba a una joven a un año de prisión sólo por haber escrito un mensaje favorable a los GRAPO en su cuenta de Twitter. Seguro que le hubiera gustado mucho que la hubieran tratado como a los asaltantes ultras de Blanquerna, que cada día se siguen reivindicando en la misma red social.
Lo vuelvo a decir: hay violencia política de todos los colores. Pero en esta transición que parece que empieza a acabarse, la lucha contra el terrorismo ha sido usada no únicamente con fines de justa solidaridad. También, demasiado a menudo y de manera demasiado descarada, ha sido utilizada con la ambición de consolidar el proyecto de la derecha (post) franquista y de una cierta España, haciendo uso de las emociones que inevitablemente despiertan estas actuaciones. Estos días que conmemoramos los diez años del 11-M es muy difícil no recordar cómo el PP quiso manipular las manifestaciones contra los atentados, diciendo que eran a favor de la constitución y el gobierno. Y también resulta ilustrativo saber que la trama Gürtel se aprovechó de los hechos para robar algo de dinero con la excusa de un acto en recuerdo de las víctimas, que el PP usaba, así, de dos maneras.
Me alegro de que finalmente podamos hablar con serenidad de estas cosas, por lo menos en nuestro país.
VILAWEB









