Lo que ocurrió ayer en Girona con el retrato del Borbón no es una anécdota: es el síntoma de una enfermedad política que roe el independentismo catalán desde hace años. Colgar la imagen del rey con un mosaico de fotografías del Primero de Octubre es, en el mejor de los casos, una pirueta mediática destinada a hacer ruido y dar titulares. La CUP puede parecer ingeniosa, quizá incluso traviesa, pero esta teatralidad solo pone en evidencia lo que todos intuimos: la absoluta desorientación estratégica de los partidos que un día prometieron que harían la independencia.
Y lo digo porque la política seria –aquella que transforma sociedades y construye países y repúblicas– exige coherencia, claridad y coraje. Exige ir de cara. Y haciendo cosas como estas, haciendo ver que no haces lo que haces, no hay coherencia, ni claridad ni estoy por decir que coraje.
Yo podría entender –no lo compatiría, pero podría entenderlo– que los partidos independentistas nos propusieran que, para llegar algún día a la ruptura con España, habría que acatar temporalmente las normas del Estado. Para preservar la continuidad institucional, para proteger los cargos electos, para mantener la estabilidad organizativa, para lo que fuera. Personalmente no estaría de acuerdo –de hecho, es la propuesta de Esquerra de hace años y así le va–, pero reconozco que sería –es, ahora mismo, en el caso de ERC– una posición, al menos, clara.
Ahora, si estos mismos partidos realmente creen todavía en la desobediencia como herramienta de transformación política –y la CUP lo dice y lo proclama constantemente–, entonces me parece que deberían organizarla de forma seria, colectiva y multitudinaria. No dedicarse a esta estéril competición de gestualidades vacías, sino construir desobediencias efectivas. Imaginemos por ejemplo –por continuar con el caso de Girona– que cientos de alcaldes independentistas, en respuesta a la presión del tribunal, hubieran descolgado simultáneamente todos los retratos reales y se hubiesen presentado juntos en los juzgados para autoacusarse. Eso sí que sería asumir conscientemente y de forma coordinada la gestión del riesgo político y crear un problema al Estado, que debería enfrentarse a buena parte del poder local de Cataluña y no a un alcalde solo.
Ambas opciones tendrían una coherencia y valdría la pena organizar el debate público en el entorno. Pero, pregunto, ¿cuál es la coherencia de esta tercera vía que parece haber elegido el consistorio gerundense, la de acatar disfrazando el acatamiento de rebeldía?
El problema no es solo la anécdota de Girona. El problema es que ya hace demasiado tiempo que estamos paralizados como movimiento por el miedo a las represalias o por la creencia –como le ocurre a Junts– de que hay un camino para pactar con el PSOE, sin entender que la cuestión no es si negocias bien o mal, sino que ellos no cumplirán nunca.
Y el problema grave, el problema de verdad, es que esta política del hagamos ver que hacemos algo, pero sabiendo que no hacemos nada de lo que deberíamos hacer, es la levadura que hace subir el pan de la desafección y el desencanto, del malestar y la frustración, la manera de hacer que incomoda y desconcierta a una población que el Primero de Octubre no se lo pensó dos veces a la hora de enfrentarse al peligro. Un peligro que era físico y real –y asumido sin reservas, persona a persona–, al que ya les aseguro que nadie se enfrentó pensando que así haríamos unas fotos impresionantes que un día pudieran dibujar el retrato de un Borbón. Porque se trataba de echarlo de nuestras vidas, definitivamente.
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