EL levantamiento de las sanciones contra Irán ha sido la culminación de un largo y complejo proceso negociador entre la República Islámica y la comunidad internacional, representada por el Grupo 5+1, es decir los cinco miembros permanentes de Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania. A cambio, Irán ha renunciado a la dimensión militar de su programa nuclear, que le habría permitido a corto plazo convertirse en potencia atómica, lo que unido a su dominio de la tecnología de misiles le habría puesto al nivel de Corea del Norte, Pakistán o la India pero lejos todavía de Israel, Gran Bretaña o Francia.
Los principales obstáculos no han sido técnicos sino políticos. A nivel externo a la negociación, la radical oposición de Israel y Arabia Saudí; y a nivel interno, la negativa de los sectores conservadores iraníes y de los republicanos norteamericanos influidos por el poderoso lobby judío. Solamente la implicación personal del Guía Supremo Alí Jamenei y del presidente Barack Obama han impedido que el acuerdo fuera rechazado por alguno de los respectivos parlamentos, pero aquel no es de- finitivo ni irreversible porque la permanencia del levantamiento de las sanciones está condicionada a los resultados de las futuras inspecciones de la AIEA y, de otro lado, como el citado acuerdo no fue aprobado como un Tratado Internacional por el Congreso de Estados Unidos, el mismo podría ser denunciado por un futuro presidente norteamericano republicano bajo influencia israelí.
A pesar de estos condicionantes, el levantamiento de las sanciones va a suponer un fuerte impulso a la economía de Irán y una mejora de las condiciones de vida de su población, lo que contribuirá al fortalecimiento de los sectores aperturistas y renovadores encabezados por el presidente Rohaní.
El próximo 26 de febrero Irán celebra dos importantes elecciones: las generales al Parlamento (Majlis) y las especiales para renovar por ocho años a seis de los doce miembros de la Asamblea de Expertos, órgano encargado de designar al Guía Supremo. Teniendo en cuenta la avanzada edad de Alí Jamenei, es muy probable que sea esta Asamblea la que elija a su sucesor. En cualquier caso, es demasiado pronto para que el éxito del Acuerdo pueda tener influencia en los resultados electorales por lo que no son de esperar cambios políticos a corto plazo, al menos hasta las nuevas elecciones presidenciales de 2017. Lo que sí van a producirse son cambios económicos.
En los próximos cinco años se estima pueden llegar inversiones por valor de 250.000 millones de dólares a Irán, una nación que no es ni de lejos un país subdesarrollado, que tiene una importante industria pesada, transformadora y de construcción; un sector terciario dinámico y con un sector turístico de enorme futuro. Además, tiene importantes recursos naturales como petróleo (cuartas reservas mundiales), gas (segundas reservas mundiales), yacimientos minerales de hierro, manganeso, cinc, plomo y bauxita. Pero es en relación a sus recursos humanos que se puede decir que Irán es un país rico, con una población cercana a los setenta millones de habitantes, de los que más del 50% tiene menos de 25 años, con un nivel educativo y técnico notable, muy superior al de todos los países del Oriente Medio. Solo entre 2009 y 2013 exportó más de 300.000 licenciados universitarios y hoy en día el 25% de todos sus titulados superiores están trabajando en los países de la OCDE. Bajo el régimen de sanciones, Irán se ha visto obligado a exportar cerebros, pero levantadas estas y en una coyuntura de despegue económico se producirá a buen seguro una recuperación de parte de tan importante capital humano. No es arriesgado decir que en los próximos años vamos a ver al país persa con tasas de crecimiento récord, por encima de la mayoría de los países emergentes, incluidos los BRICS, y esto en un escenario interno de baja conflictividad social, seguridad pública y relativa estabilidad política.
Superado por el momento el problema de las sanciones y su aislamiento internacional, el principal problema económico iraní es “político”, el peso muerto que supone una superestructura político-institucional intervencionista, retardataria y trufada de prejuicios ideológicos precapitalistas gravitando sobre su potencial de desarrollo. La actual situación de Irán se asemeja bastante a la de China tras la Revolución Cultural y la muerte de Mao Zedong. Está por ver si Rohaní y los reformadores iraníes son capaces, como Deng Xiaoping y el PCCH, de impulsar una reforma política interna desde el poder, sin que la misma tenga que suponer necesariamente una revolución democrático-liberal de estilo occidentalista, pero que sí libere las fuerzas del desarrollo económico y en paralelo una apertura internacional que, sin menoscabo de su soberanía ni de su estatus de potencia regional, le permita beneficiarse del mercado mundial de bienes y capitales; difícil pero no imposible.
Las similitudes entre Irán y China van mas allá de la actual etapa histórica, pues ambos países sufrieron en los siglos XIX y XX la acción depredadora de la explotación colonialista europea, acompañada de intervencionismo político y militar, que además de someterles a condiciones de dominación y dependencia a menudo humillantes retardaron su modernización política, como cuando Gran Bretaña y Rusia presionaron para que el régimen monárquico despótico y corrupto del Shah liquidara la temprana y avanzada revolución democrática y constitucionalista persa de 1901. Esto facilitó a ambas potencias beneficiarse de concesiones leoninas sobre los recursos naturales del país y condujo a que Persia, tras la I Gran Guerra, quedara reducida de facto a ser un protectorado británico con la Anglo-Iranian Oil Co. ordeñando los yacimientos petrolíferos persas.
Después de la Segunda Guerra Mundial y la Conferencia de Teherán, Estados Unidos sustituyó a Gran Bretaña y a través de la CIA propiciaron en 1953 un golpe militar contra el Gobierno de Mossadeq, anulando la nacionalización de la industria petrolífera en manos de British Petroleum y Shell Oil, con lo que Irán pasó a disfrutar del conocido estatus neocolonialista de independencia formal pero dependencia económica y política alineada con el bloque occidental hasta la Revolución Islámica de 1979. Esta, más allá de su parafernalia ideológica, significó para Irán lo mismo que la Revolución Comunista para China, una auténtica revolución nacional de liberación anticolonialista y antiimperialista. Los occidentales tenemos mala memoria para los crímenes colonialistas que cometimos con muchos países, incluidos viejas naciones como Persia y China, con rica historia y cultura, y no entendemos su profunda desconfianza hacia Occidente.
Hay otra similitud histórica entre las actuales República Islámica de Irán y la República Popular China y es que son los únicos países en el mundo actual, junto con Japón, cuyos estados han sobrevivido más de ¡2.000 años! prácticamente sobre el mismo territorio, con las mismas poblaciones y conservando las lenguas originarias, naturalmente evolucionadas.
Por lo demás, el caso de Persia es incluso más extraordinario que los de China y Japón pues estos tienen y han tenido una gran homogeneidad étnico-cultural. Así el 95% de la población china pertenece a la etnia Han y solo el 5% restante se reparte entre tibetanos, uigures y otras etnias minoritarias; el 99% de la población de Japón es japonesa y las minorías como los Ainus son menos del 1%. Sin embargo, Irán es -y Persia siempre fue- un país multiétnico: solo el 50% de los iranís tiene por legua materna el farsi, un 25% son de lenguas iranias pero distintas (kurdo, luri, bakhtiar, baluchi), otro 20% son de hablas turco-mongolas (azerí ,turkmeno, qasqhai, afsar, shahsevan) y un 5% tiene leguas semitas (árabe , hebreo y arameo). Si además del factor de la geografía humana consideramos el fisicogeográfico, el caso de la permanencia de Persia resulta aún más inverosímil, una auténtica anomalía histórica tanto en su origen como en su milenaria trayectoria pero al mismo tiempo el actual Irán es un estado-nación con fuertes vínculos de identidad nacional.
Para comprender esto es necesario considerar el factor religioso-ideológico. A pesar de su diversidad étnica, el 90% de la población iraní profesa el chiismo, un 8% es sunnita y el restante 2% son judíos, cristianos (armenios o asirios) y zoroastrianos (yazidis), por lo que hasta cierto punto se puede hablar de Irán como una nación chiita. Pero la necesidad de introducir el factor religioso-ideológico para comprender la excepción persa no hace sino complicar el problema histórico y explicar esto nos llevaría más allá del objeto de señalar que Persia ha vuelto y lo ha hecho para quedarse como la República Islámica de Irán.
Deia








