El historiador Aitor Pescador rescata la figura de la última reina navarra, que modernizó y defendió su corona en un reinado que se recuerda de “paz y justicia”
Al historiador Aitor Pescador, que protagonizó la semana pasada en una charla en el Condestable sobre la última reina navarra que dará nombre a partir de marzo a la avenida del Ejército, lo que más le gusta del reinado de Catalina de Foix, que ocupó el trono navarro entre 1483 y 1517, fue su impulso a un proceso encaminado a modernizar un reino medieval. “Empezamos a entrever a ese 80% de la población que era invisible y empezamos a oír a hablar a la gente común, que no era lo habitual”, señala el experto, profesor y encargado de las excavaciones arqueológicas de la sociedad de ciencias Aranzadi. Cita ejemplos: “En un pueblo de cultura y memoria oral en procesos -litigios- de 1535, 18 años después de la muerte de la reina, se consulta a la gente del corredor Arakil por una cuestión de peajes, Y se les pregunta por el reinado de Catalina, y responden que cuando llegaron ellos legó la paz y que en Navarra había justicia”. “Que en la memoria de un pueblo, que la gente que no entiende de política sino de trabajo recuerde que hubo paz en el reino significaba que antes no la había”, precisa.
El mayor mérito de la hija menor de Gastón de Foix, príncipe de Viana, y de Magdalena de Francia, hermana de Luis XI, fue de hecho su intento de convertir el reino en “un estado moderno, del siglo XVI, al estilo de lo que van a hacer en Francia, en España cuando se unifiquen o de lo que está sucediendo en Inglaterra”. Estados como los que estudiaríamos después de la mano de Carlos I, Francisco I o Enrique VII, “no como los conocemos en el siglo XX pero sí con unas fronteras definidas, unos objetivos y una administración territorial clara, y una cabeza por encima que es la del rey”. Ese es el trabajo que iniciaron a partir de 1507 Catalina de Foix y su marido Juan de Albret.
Nacida en Bearne, lugar donde también fue acogida en 1512 tras la toma de Pamplona por las tropas castellanas, es reconocida reina en 1483 si bien no se corona hasta 1494 -cuando viene a Navarra- y el poder efectivo lo empieza a ejercer a partir de 1507, cuando expulsan al conde de Lerín. Los beamonteses estaban con Fernando el Católico, “que sabía cómo manejarlos”. “La acción de gobierno comienza realmente a partir de esa fecha porque Navarra está saliendo de una guerra civil que se prolonga desde 1450 hasta 1507, una guerra entre agramonteses y beamonteses”. Fueron años “difíciles”, admite. En esa guerra de bandos los monarcas deciden apoyarse en uno de esos grupos, que son los agramonteses.
La historia de su reinado no fue fácil. Catalina accedió a la corona con apenas 13 años. La habían casado con un niño de ocho años. Hereda la corona de su hermano Febo que acaba de morir, aunque quien se la transmite realmente es otra mujer, su abuela Leonor de Trastámara. Tuvo 14 hijos y con nombre 12, de los que sobrevivieron cinco. “Fue un matrimonio de Estado pero fueron buenos compañeros y se coordinaron en el ejercicio del poder”, subraya. Fue sin duda una reina que rompió todos los esquemas del momento porque gobernó con clarividencia y crió a toda la prole, destaca Aitor.
Logró ser reina de Navarra, de los estados de Foix, de Andorra, de Bigorra, del Bearn, y por matrimonio sus hijos también iban a ser herederos del señorío de los Albret. Enrique II fue de hecho rey de la Baja Navarra en el exilio.
Para Aitor, la historia no ha hecho justicia con la última reina navarra. Ha permanecido “oscurecida” lo que tiene a su juicio un móvil claro: “Fernando el Católico trató de vender que era una señora extranjera, francesa y a la que no le interesaba Navarra. En cuanto acaba la guerra encarga un libro de historia a Nebrija para justificar la invasión y otro de Derecho a Palacios Rubio en el mismo sentido. Y lo escribe en latín… La idea era que desapareciera la última dinastía reinante. Cuanto antes se olvidara a los reyes privativos de Navarra mucho mejor”.
Su investigación revela, muy al contrario, que Catalina de Foix fue una reina valiente y firme, que cuando muere su marido se encarga de volver a reclamar desde 1512 hasta 1517 mediante “intensísimas negociaciones para recuperar el reino”. Negoció con el Pontificado, con Fernando el Católico primero y con Carlos I de España, y con Francia para que le apoyara. Quiere a Navarra y prueba es que en su testamento de 1504, añade, expresa que quiere que le entierren en Pamplona, en la capilla de los reyes de la catedral.
“La sensación que se ha dado siempre dentro de la historiografía española es que lo bueno venía de España y lo malo de Francia pero no fue así, lo bueno viene de los dos lados… “Catalina era francesa pero también los Teobaldos, la casa de Evreux de Carlos II o Carlos III. Llevábamos desde 1234 con reyes de origen francés”, apostilla.
tras la invasión
¿Fue imposible recuperar ese reino? Pescador destaca que hay tres intentos legitimistas por recuperar Navarra. El primero en 1512, el segundo en 1516 poco antes de morir los reyes, y el tercero en 1521 cuando Navarra, por espacio de un mes, vuelve a ser libre, hasta volver a ser derrotada bajo el reinado de Enrique II con apoyo de su “buen amigo” Francisco I, señala.“Sigue constituyéndose como un reino hasta tal punto que la familia real navarra en el exilio entronca con la familia real francesa. Enrique III de Navarra es Enrique IV de Francia”, desglosa. “Luis XVI figura en sus monedas como rey -por la gracia de Dios- de Francia y de Navarra. Tenemos dos reyes: uno en España y otro en Francia, y ninguno de los dos es realmente quien debería haber mantenido la corona”, reitera. “El problema de Navarra es que no tuvo aliados fuertes ni capaces. Solo tuvimos a Francia y no sirvió para mucho. Al contrario, cuando nos pudo vender nos vendió porque sus intereses siempre estaban por encima”, admite.
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