El punto más débil

En un artículo de principios del pasado diciembre, ‘Parlem dels indecisos?’ (‘¿Hablamos de los indecisos?’), sostenía que era poco acertado fiar el éxito de la independencia a la capacidad de convencer a unos pocos cientos de miles de catalanes supuestamente indecisos. Esto de los indecisos, decía, se lo había inventado el adversario tras el 9-N, y picamos. Y añadía: “La categoría indeciso mezcla indiferentes, miedosos, desinformados, apáticos e indecisos, entre otros”. Pues bien: vuelvo al asunto, con más argumentos.

Opino que la invención del indeciso como categoría electoral nace de la tesis de que el independentismo ha crecido sobre una base identitaria al margen del argumento social y democrático, y que por eso aún no ha penetrado en todos los espacios sociales. La idea es que ahora, apelando a estos dos elementos, se podría convencer a unos cientos de miles de catalanes que hasta ahora no se han sentido invitados. Lo han sostenido muchas voces, pero el último a quien se lo he oído decir -y me ha extrañado- es a Quim Arrufat, de la CUP, en Catalunya Ràdio.

Discrepo radicalmente. Es cierto que las grandes movilizaciones han recurrido a la simbología nacional. ¿A qué, si no? Pero el actual relato a favor de la independencia ha estado estrechamente vinculado al objetivo de la radicalidad democrática y al de la prosperidad y la justicia social. Y no sólo el relato, sino que es obvio que el giro soberanista de la sociedad catalana lo ha provocado la baja calidad de la democracia española, el maltrato fiscal a partir del momento en que ha empobrecido nuestros servicios públicos y, claro, la ofensa sistemática a la dignidad nacional. Baste recordar, entre otros, la movilización de la Plataforma por el Derecho a Decidir de diciembre de 2007 por las infraestructuras; el artículo fundacional de Reagrupament que escribía Joan Carretero en junio de 2008, ‘Patriotismo y dignidad’, y los posteriores textos programáticos de un movimiento precursor que fue clave de este despertar, o aún las consultas populares nacidas en Arenys de Munt en 2009 a partir de una idea vinculada a José Manuel Ximenis y la CUP. Radicalidad democrática, justicia social, prosperidad y dignidad nacional, y la identidad, en todo caso, como proyecto de futuro.

Así pues, olvidemos a los indiferentes que, si los hay, son los habituales de la abstención y provienen de una vieja desvinculación con el país que no se resolverá en seis meses. En cambio, destacaría otros tres frentes a combatir. Uno, el de la aversión al riesgo en el último momento entre los convencidos. Dos, la resistencia emocional a desligarse de España, más allá de la racionalidad de los argumentos que justifican hacerlo. Y tres, ahora más que nunca, la pérdida de confianza en el éxito del proceso. ¿Qué significa, si no, que según la última encuesta de El Periódico -con todas las cautelas debidas-, y a pesar de que dice que un 45 por ciento de catalanes “se sienten” independentistas, sólo un 19 por ciento crea que el proceso terminará bien? ¿Qué les pasa a este casi dos tercios de “sentimentalmente” independentistas que, queriéndola, ya no cuentan?

Los indecisos son pocos y, si es necesario dirigirse a ellos, no hay que hacerlo con condescendencia, como quien va de misiones a informar a un ignorante. La indecisión es la calidad de los bien informados. La aversión al riesgo se superará en la medida en que el gobierno sea capaz de explicar que la ruptura se hará con sensatez y sin producir daños, y no con declaraciones y desafíos disparatados. La ruptura emocional pide afecto. Ahora bien, el gran adversario es la pérdida de confianza en el propio país y en sus dirigentes para llegar al final. Algunos se han dedicado a fomentarla, y demasiado pocos lo han combatido. Pero no tengo ninguna duda, es en la confianza en nosotros mismos donde se juega la partida final.

ARA