El poeta y la historia

Para el lector o escuchador, la lección moral, la reflexión sobre la historia, o el más elemental placer de la lectura, pueden venir a través de la contemplación de escenas directamente evocadas, o por un proceso de asociación, trasladando las cosas de lugar y de campo: ese traslado o transporte que, en griego, se dice metáfora. Con cuyo poder, la escena evocada, las imágenes, las palabras, se convierten algo de más valor o de valor diferente: nos transportan a otro territorio emocional, estético, ideológico o moral. Incluso, o sobre todo, cuando el poeta tiene la pretensión de producir directamente historia con el poema, cuando el poema es instrumento de una visión de la historia. Incluidas las visiones ideológicas y más o menos «propagandísticas», de las que el ejemplo máximo podría ser la Eneida de Virgilio, donde el poeta expone desde el principio su proyecto y comienza con aquellos versos que me hacían aprender de memoria en el mi remoto bachillerato: «Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris / Italiam fato profugus laviniaque venit / litora, multum ille et terris iactatus et alto». O sea, nos cuenta que quiere cantar los hechos de armas de aquel hombre que, partiendo de Troya y huyendo del destino, llegó el primero a las costas de Italia, perseguido por los dioses por mar y por tierra. El proyecto es clarísimo: explicar que el héroe sufrió lo que había que sufrir, incluso contra la gran diosa Juno, a fin de fundar la ciudad, y que de ahí vienen la raza latina, los padres antiguos, y «las altas murallas de Roma». No engaña a nadie: la propaganda está servida, la grandeza histórica de Roma tiene un origen mítico que la justifica, y la misión imperial de Augusto es completar este destino y esta historia. La altísima poesía de la Eneida tendría poco sentido sin esta misión, asumida por el autor. Que al final de la vida el poeta dudara de todo, como quisiera Hermann Broch en ‘La muerte de Virgilio’, es otra cuestión. Quizá dudaba del sentido de todo, de su vida misma, de las razones de Augusto, o de la perfección de su poema. Pero dudar así es también propio de los grandes poetas. En cualquier caso, ¿cuál es el gran poeta que, a pesar de todas las dudas, dedicaría una Eneida a esta miserable historia nuestra que llamamos contemporánea…?

PS. Vista la reacción oficial (llena de estupidez y de cinismo) contra una definición del término “valenciano” tan amable y acomodaticia como la de la AVL, me privaré de dedicarle ningún artículo: no podría evitar llenarlo de adjetivos insultantes y de improperios. Hace daño el vivir en un país gobernado por una gente como ésta: hace daño al cuerpo, y daño al espíritu, y no sé qué habría dicho Virgilio.

El País