ESTÁ de moda, y más debería de estarlo, el excelente análisis que Hannah Arendt realizó en vivo sobre el proceso y ejecución del jerarca nazi Adolf Eichmann. Relata Arendt cómo un implicado directo en el Holocausto, podía parecer una persona normal y sus crímenes probados unas minucias insignificantes. El titular -La banalización del mal- no debía ni podía exculpar la tremenda gravedad de los hechos cometidos por un miembro del engranaje represivo nazi.
No se trata de un nuevo holocausto, pero sí de denunciar un evento de extraordinaria gravedad. Atengámonos a los estrictos acontecimientos: una quincena de subsaharianos fallecen cuando trataban de superar una verja a nado pretendiendo entrar en territorio español. El evento sucede en medio de un despliegue por la playa afectada de la Guardia Civil, que utiliza diversos medios represivos para impedir el acceso, entre ellos el masivo lanzamiento de pelotas de goma. La consecuencia más directa será la mencionada muerte de quince de los subsaharianos.
Partiendo de que estas personas sabían nadar, pues si no hubiera sido -y nadie lo pretendió- un suicidio premeditado; que el recorrido desde el territorio marroquí hasta la playa de Tajaral hispana era corto y en aguas calmas; que existían embarcaciones de la Guardia Civil vigilando todo el trayecto… solo cabe pensar, y así lo hace la comisaria de Interior europea, Cecilia Malmström, que fue el pánico provocado por las citadas pelotas o bolas de goma lo que ocasionó la muerte de 15 personas .
Ha pasado cierto tiempo desde tan trágico hecho. Nada que objetar desde medios oficiales. Un caballero tan profundamente dotado de valores anticristianos como el ministro del Interior, Jorge Fernández, ha cerrado filas en defender a ultranza a los cuerpos de seguridad del Estado sin que se digne abrir un expediente informativo, aunque sí parece ser que hay un iniciático sumario judicial. La pérdida de las vidas de 15 humanos no parece suficiente para la más mínima preocupación aclaratoria, ni ninguna mácula puede recaer en un instituto armado que, hoy como ayer, parece exhibir un comportamiento intachable.
Bien es verdad que la situación económica, social y política del reino de España es particularmente virulenta, pero ¿acaso es perder el tiempo examinar qué sucedió en realidad en esa noche ceutí y buscar responsabilidades si las hubiere? Al menos algo se ha hecho en el inmediato tiempo posterior: prohibir el lanzamiento de las pelotas de goma por parte de la Guardia Civil contra los pretendidos inmigrantes. Algo es algo, aunque no devuelve la vida a los ya fallecidos.
Sin embargo, el insoportable silencio justificativo por parte de las autoridades españolas, incluida la jerarquía eclesiástica, es extremadamente sintomático y de una gravedad extrema. Reconozcamos la presunción de inocencia hasta que no se demuestre probadamente la culpabilidad, pero hay quince cadáveres sobre la mesa y unos indicios manifiestos de exceso en la utilización de los medios policiales. Esta vez no han sido ahogados en unas inconsistentes pateras, sino seres humanos que tampoco querían morir pero que sufrieron de mala manera el acoso policial hasta el extremo de perder la vida.
Salvo que reconozcamos -y la barbaridad de este reconocimiento es por demás evidente- que se trataba de quince seres humanos sí, pero desdeñables desde cualquier perspectiva al provenir de las interioridades del hambre y la miseria. La banalidad de que su muerte responda a sus características vitales: subhumanos profundamente desgraciados a los que la muerte acompaña con garra de fiera y con naturalidad intrínseca.
No creemos que en un país civilizado y en esta década del siglo XXI tal enfoque sea mínimamente sostenible, ni racional, mucho menos ético. Y sin embargo…*
Firman este texto José Manuel Castells, Xabier Ezeizabarrena, Pedro Ibarra y Jon Gurutz Olaskoaga
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