En 1729, era de la Ilustración europea, Manuel Larramanedi, jesuita, filósofo, escritor y apologista del idioma euskaro, publico su libro El imposible vencido, defendiéndolo de los que ya en su época lo menospreciaban, animando al pueblo vasco a mantener su lengua, afirmando que no solo era la más antigua de la península (entonces era nulo el conocimiento de la prehistoria), sino que a más, era armoniosa y regular en su morfología, grata al oído. Escribió con los escasos medios a su alcance, una gramática y un diccionario trilingüe de las lenguas castellana, euskara y latín. Formaba parte del coro de las primeras voces de protesta contra el genocidio cultural que suponía defenestrar el euskara, por la imposición de la política de los imperios dominantes que preconizaban una sola lengua, religión y rey.
El euskara ha resistido el embate como resisten los viejos castillos de nuestra Nabarra, no solo porque los cimientos son sólidos, la piedra compacta, la argamasa óptima, sino porque este pueblo ha sabido y decidido conservarla en el recogido hogar de los caseríos, con esa tenacidad temperamental de nuestros mayores, sabiendo, de modo intuitivo, que legaban a las generaciones siguientes uno de los tesoros vivos más importantes de la cultura europea.
Naiz ez den gastelua/ maite dut nire sor lekua/ aiten aitek autatua… aunque no sea un castillo amo yo la casa de mi nacimiento, que fue elegida por los padres de mis padres, nos dice Elizanburu. Los caseríos no fueron castillos pero se transformaron en fortalezas de nuestro ser nacional. Y no se puede explicar la perdurabilidad del euskara porque se hablara en lugares remotos. La humanidad de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa, Nabarra e Iparralde fue móvil: los puertos del golfo de Bizkaia la comunicaban con todos los caladeros de ballenas y bacalao, así fueran en la remota Terranova; con todos los descubrimientos, así fuera el de América. Con todos los avatares de la era moderna. Estuvimos en la Revolución Francesa: fue el ministro Garat, de Lapurdi, quien notificó, como portavoz de la Asamblea, la sentencia de muerte al rey, es decir, la defunción del viejo régimen ignominioso para los derechos del hombre; nos defendimos y ganamos en la batalla de Gasteiz con los aliados en contra los ejércitos napoleónicos. Hemos poblado la pampa argentina y uruguaya, los llanos venezolanos, los desiertos de Nevada, llevando con nosotros nuestra lengua y costumbres, y por ello, siendo respetados.
La fortaleza idiomática se mantenía, recia y constante, en los caseríos de las montañas, en el valle de Baztan con su tráfico americano, en los puertos de Algorta, Bermeo, Zarautz, Hendaia… indoblegable, pese a que se carecía de textos para estudiar una lengua cada vez con mayores restricciones y que, en la época franquista, pareció sancionada a morir. Aquel decreto de Estella/Lizarra que condenaba al que osara decir agur… la profanación de las lápidas del cementerio de Gernika… cosas abominables que cansa y duele contar.
Éramos pocos los que nos atrevimos a romper el cerco de prevención de la enseñanza en un idioma desdeñado y que, por entonces y además, lo pintó de rojo el terrorismo
Pero la fortaleza aguantó la vejación, la hostilidad, el perjurio. En Nabarra, pese a que una vez el euskara fue denominado lingua navarrorum, se la deriva, como en las otras regiones vascas, con el vocablo vascuence, claro tono despectivo. Ya que no se la podía matar por la fuerza ni la persuasión, había que rematarla con la vergüenza. Quienes esto hicieron no sé si se daban cuenta de que estaban cometiendo un genocidio cultural. Que la Historia habrá de tomarles nota de semejante aberración para fines estrictamente políticos, egoístas y analfabetos.
La fortaleza se mantuvo en pie. De la clandestinidad, difícil y arriesgada, van surgiendo las primeras ikastolas en Nabarra, en 1965. Éramos pocos los que nos atrevimos a romper el cerco de prevención de la enseñanza en un idioma desdeñado y que, por entonces y además, lo pintó de rojo el terrorismo, para regocijo de una derecha recalcitrante. Los primeros alumnos arriesgaban su titularidad, los materiales escolares eran escasos, los irakasles y andereños tenían que redoblar esfuerzo para la tarea de la enseñanza novedosa tanto en su fondo como en su forma.
Ikastolas nacieron en Altsasu, Iruña, Lizarra, Lodosa, Lumbier, Etxarri… 15 ikastolas componen hoy el mapa curricular de Nabarra, completando las cifras de 6.500 alumnos, 4.500 familias, 610 profesionales, demostrando prestancia en el revivir de la lengua autóctona, en la publicación de materiales educativos, en la apertura de la mente infantil a otras lenguas, en el inestimable resultado humano de una educación impartida desde la raíz nacional para que nutra el árbol de la vida de cada uno de sus alumnos. La fortaleza antigua, con su base prehistórica, ha servido para edificar una estructura de acero y cristal para los nuevos tiempos, con su propio currículo, pese a tener que cumplir el oficial copiado sumisamente en Navarra de Wert, haciendo base de su CV, para después cumplir el otro. Es modelo educativo que nace de este pueblo, desde las familias. Cooperativismo. Y pocas cosas resultan más sociales que el cooperativismo.
Ahora hay que vencer el imposible del futuro. Queremos exportar nuestro currículo. Lo hacemos en Nekoetxea, Argentina, y Boise, EEUU, que el mundo entero conozca de nuestro esfuerzo, tenacidad y excelencia. De la ductilidad y la permeabilidad necesarios para todo avance, de la que somos capaces, padres, maestros y alumnos. Ongi etorri, porvenir.
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