Los que negocian con los padecimientos de las víctimas, se mofan de su dolor y de su dignidad como personas…
Cuando leí su nombre en el muro de la memoria de Sartaguda, decidí que era inaudito que aquel buen hombre, abuelo de un deudo mío, hubiera sido asesinado por el delito de ser pobre. Otro arrojado a las cunetas sin plegarias, sin flores, sin explicaciones…
-” Mataban a los más pobres, a los que ni siquiera tenían un mísero trozo para cultivar – me contaba mi suegra-. Salían a la plaza, a ver si había suerte aquel día y los ricos les contrataban… A fulanito -omitiré los nombres por delicadeza con sus descendientes- le cantaban: “Fulanito fue a cazar/ y cazó una mariposa/ y la puso pa cenar/ porque no tenía otra cosa”.
Lo secuestraron a la noche y lo remataron al alba.
-Menganito -relataba apenada mi suegra-, viudo con cinco hijos, cuando se lo llevaban los chiquillos se agarraban a él…
Los esbirros del Dios del odio los arrancaron del padre. Antes de recibir el tiro de gracia, el grito ensangrentado del peón clamaba por sus huérfanos al Dios vengativo.
Mi suegra tras siete décadas no ha podido eludir el profundo estremecimiento.
-“Nosotros éramos de derechas porque éramos riquillos… y mis padres carlistas. Yo nunca entendí porqué algunos vecinos mataban a otros vecinos y gente con la que nos divertíamos y vivíamos con toda normalidad…”
Ciertamente no tiene nombre la aberración que supuso matar a un hombre que solo supo vivir para trabajar y que nunca se señaló por pertenecer a ningún partido ni asociación política.
Pero, si cabe, hay algo que se me antoja más duro…
Quedaba su viuda, la buena de Eulalia. La muerte de su marido era un crimen incomprensible que le sumía en la más absoluta inanición, como ahogada en la oscuridad.
-Qué hizo este pobre hombre -me comentaba ya anciana-, que desde los nueve años sólo había pisado los campos del pueblo. Quemado por hielos y soles… ¡Cuántos días se iba con un trozo de pan duro y una cebolla para bregar de sol a sol…!
Por si fuera poco, “los jerifaltes”: el cura (evidentemente nos referimos a los curas de Franco, los del Mauser, no a los practicantes del evangelio que se opusieron a esta masacre incluso con sus vidas), el jefe del movimiento del pueblo, los de la junta, etc., obligaban a la joven viuda al denigrante paseo por las calles del pueblo.
Es difícil imaginar la humillación para una mujer joven, embarazada, rapada, ahíta de aceite de ricino para desbocar las tripas, paseando entre insultos, carcajadas, improperios, etc.
Porque para los franquistas era poco matar, necesitaban torturar, envilecer, anular al ser humano.
Esta España, la del Imperio, la de la cruzada, siempre se mostró febril y meticulosa en la exaltación de ciertas víctimas y de los que ella considera sus héroes. Por el contrario, siempre fue olvidadiza y despectiva con las víctimas y genocidios, que su altanería, su grandilocuencia y su insania, generó dentro y fuera de sus fronteras.
Es ese espíritu carpetovetónico tan vengativo, tan puntilloso en la rehabilitación o con el cumplimiento absoluto de penas de ciertos delincuentes… -ETA, pederastas etc…- El mismo que nunca exigió ni arrepentimientos, ni cumplimiento de penas a los criminales clericales y fascistas del 36.
Esos ni se rehabilitaron, ni creyeron en la obligación de hacerlo. Para más INRI, usurparon el poder, secuestrando todos los resortes y recursos del estado, hasta hace cuatro días. Y muchos tenemos la sospecha de que todavía no los han soltado.
Es la España del terror. “Hay que eliminar -decía Mola- sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros”. ¡Y vaya que le obedecieron!
Y cientos de miles de víctimas se han ido a la tumba entre el sufrimiento, la humillación y el oprobio. Y los verdugos han vivido durante décadas en total impunidad, con todos los honores y con los frutos de monstruosas usurpaciones en los bancos nacionales y extranjeros.
Ahora esa Iglesia que crucifijo en mano presenció y promovió tantos tiros de gracia y tantos crímenes, nos habla de olvido y perdón ¡Que desfachatez! ¿No deberá arrepentirse y purgar alguna vez tan largo rosario de crímenes?
Todo crimen provenga de Eta, el Gal, Al Qaeda o quien sea es condenable. Pero aún resulta más horrible y repugnante cuando sobre su sangre inocente y sobre su degradación se instaura un gobierno como el del 36.
La actitud de muchas asociaciones de víctimas y de los políticos que con tanto barullo mediático las apoyan, es ultrajante, todo un panegírico hipócrita para las víctimas del franquismo. ¿Alguien cree que el “terrorismo” ha producido más dolor, envilecimiento y olvido que el franquismo?
Por eso, ahora que los franquistas y los herederos de sus ideas y patrimonios o la iglesia, etc., hablan de víctimas y fundamentan en ellas toda su actuación política, dudamos de su sinceridad y de su honestidad.
No es pena, sino dinero y pura intencionalidad política lo que mueve a muchos de ellos. No hay arrepentimiento, volverían a repetir la hecatombe del 36 si estuviera en su mano.
Siempre que miraba el rostro de Eulalia, donde no parecía caber un frunce más, y veía la dulzura irrefrenable de su mirada, me sobrevenían innumerables preguntas.
Esta “gran mujer”, que corroída por la vergüenza, arrastrándose o mendigando a sus propio verdugos fue capaz de sacar adelante a cuatro huérfanos ¿cómo habrá podido digerir el odio? ¿Habrá podido perdonar?
Su hijo nunca pudo perdonar. Vivió toda su vida envenenado por el inmenso cáliz de amarga cicuta que ingería Eulalia, su idolatrada madre.
Uno mismo, nada proclive al encono, en sus mismas circunstancias, no se ve capaz de adoptar otro proceder.
Porque la desgracia no se remitió al asesinato de su marido ni a la orfandad, ni a la viudedad. Fue toda la prolongada noche del franquismo la que le envolvió.
Las prédicas del cura que bendijo aquellos crímenes y que durante tantos años prostituyó con su palabra farisea y lacerante el púlpito de la parroquia. Fue la limpieza de los hogares de los próceres del pueblo que habían organizado las listas. Fueron las limosnas -había que comer- de las manos de los verdugos…
Eulalia supo que debía arrastrarse por el fango sin miramientos para poder sacar a sus hijos adelante. Se olvidó de su orgullo, de su dignidad, de su rencor y de sus propias fuerzas físicas… Hasta el día en que sus cuatro hijos pudieron valerse por si mismos. Fue entonces cuando encontró el tiempo y el espacio para llorar.
Eulalia, aquella viejecita que conocí de ojos azules, de mirada humilde y sonriente y de alma de acero, tal vez no tenga un monumento. Hay demasiados monumentos, flores y altares a la ignorancia, a la ignominia y a la mentira.
Mejor que semejantes hitos, será la memoria que depositó en el corazón de hijos, nietos y amigos. Hay muchas Eulalias, humildes pero inmensas, a la espera de que esta sociedad un día se humanice para reivindicar a las auténticas héroes del franquismo: las viudas que crucificó el cruel dictador.








