Este fin de semana ha habido cierto revuelo sobre eso que llaman el esencialismo independentista. Algunos independentistas hace tiempo que nos acusan a los demás de etnicistas porque seguimos pensando que la independencia no es solamente un asunto utilitario, sino un acto de justicia para con un pueblo que ha sido oprimido y que tiene unos derechos a recuperar como nación. Porque nos consideramos nacionalistas. Ahora han subido el tono de la discusión y han acuñado expresiones como ‘etno-indepes’, ‘esencialistas étnicos’ y cosas por el estilo. La pelea viene sobre todo a partir del debate en torno a la oficialidad o no del español en la república catalana -sobre todo con ataques a los que pensamos que el castellano no debe ser lengua oficial-, pero ha comenzado a extenderse hasta cualquier rincón imaginable. Porque en realidad no es un debate real, sino una simple excusa electoral.
Es evidente que en este país no hay ninguna fuerza política catalana ni ninguna corriente de pensamiento con una mínima representatividad que se pueda considerar etnicista o esencialista. Los que podrían defender estas posiciones son extremadamente minoritarios y antiindependentistas. Y no es casualidad: el concepto, la idea, es simplemente extraña al nacionalismo catalán y lo ha sido casi siempre, históricamente. Hasta el punto de que quienes lo usan se encuentran obligados a hacer ejercicios estrambóticos para que parezca que hablan con cierto fundamento intelectual y no sencillamente para insultar y tratar de acorralar.
Lo vuelvo a decir: es así porque el debate no es real, sino una simple excusa electoralista. Una parte de la izquierda catalana considera que es más importante ganar las elecciones que llegar a la independencia. Y cree que de esta manera tan simplista y estúpida puede hacer daño (electoralmente hablando) a los que ellos definen como derecha. Mientras tanto, de paso, intentan ahogar a quienes disentimos de sus posiciones en algún aspecto concreto, especialmente si somos de izquierdas, como sería mi caso. En política todo vale, es cierto. Pero cuando tienes que construir un país nuevo, prácticamente desde cero, entonces no vale todo. Entre otras razones, porque nadie puede construir un país desde una sola idea, y menos contra otra.
No pido, pues, calidad en la discusión; calidad intelectual, quiero decir. No se puede pedir a quien no tiene ningún respeto por los argumentos y sólo piensa en términos de propaganda. Pero sí pido responsabilidad ahora, cuando todavía estamos a tiempo de no convertir los meses que quedan de aquí al 27 de septiembre en una repetición de los desconcertantes dos meses que siguieron el 9-N. Creo que ya hemos tenido suficientes teatrillos y de payasadas e incluso demasiados.
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