El espejo escocés y británico

Si se tiene en cuenta la máxima de que cada casa es un mundo y este adagio se aplica a las comunidades nacionales, no hay nada más peligroso que extrapolar procesos soberanistas a la realidad de Cataluña. En las últimas décadas ha habido ejemplos en todo el continente europeo que han generado un interés natural desde nuestro país, pero que hay que mirar siempre poniendo la distancia necesaria y sin identificarse necesariamente con unas causas que pueden tener componentes y reivindicaciones incluso opuestos a los del pueblo catalán.

El caso de Escocia, sin embargo, es un buen referente, no porque la situación que viven los escoceses y los catalanes sea comparable, sino por las diferencias que hay entre los dos países en cuanto a las relaciones con el Estado del que quieren plantear separarse. En España hoy por hoy es impensable que desde Madrid se mencione la palabra referéndum, porque sólo eso sería reconocer una categoría de entidad política diferenciada en Cataluña que no entra de ninguna manera en los esquemas españoles. La actitud de Londres es mucho menos intransigente, aunque al mismo tiempo más perversa, ya que Cameron está dispuesto a jugar porque cuenta que si controla el proceso tiene otras posibilidades de contrarrestar el independentismo.

Las reacciones de los poderes estatales no son lo único que diverge entre los dos casos. El gobierno de Salmond ha apostado sin subterfugios por la vía soberanista incluso a riesgo de perder la consulta. En Cataluña, el gobierno soberanista está lejos de hacer el gesto. Lo que hay que saber es si es que sólo camina un paso por detrás o bien resulta que, en realidad, los pasos que da son en otra dirección.

El Punt-Avui (Editorial)