Desde que terminó su mandato como miembro del Parlamento Europeo, en junio de 2009, Josep Borrell i Fontelles se había alejado de las primeras filas de la política, en beneficio de su faceta académica. Pero el desafío secesionista está obligando a movilizar todas las clases de tropa, incluso las que ya estaban en la reserva; y, en el actual contexto preelectoral, el kilo de catalán españolista cotiza a precio de oro en la lonja político-mediática madrileña. De modo que el “noi de la Pobla” (“chico de la Pobla”) ha vuelto a bajar a la arena: como acompañante y muleta de Pedro Sánchez (el otro día en Lleida, por ejemplo) y sobre todo como refutador de las tesis económicas independentistas, una refutación que ha recogido en un libro reciente de título provocador, ‘Las cuentas y los cuentos de la independencia’.
Dejando de lado las cifras y las conclusiones de dicho trabajo -que ya han sido contestadas por relevantes economistas-, quisiera centrar la atención en el contenido de alguna de las entrevistas promocionales que, a raíz de esta publicación, se han hecho a Pepe Borrell. Sobre todo, en la que le dedicaba con el máximo relieve La Vanguardia el día 9 de septiembre, porque la encuentro extraordinariamente reveladora de la idiosincrasia y los prejuicios del personaje.
En la entrevista, el exministro sostiene que los independentistas mienten en sus cálculos sobre financiación, fiscalidad, inversiones, etcétera. Hablamos, pues, de mentiras; o -por ser más educados- de incongruencias, o de afirmaciones históricamente insostenibles. Siempre con la suficiencia que le caracteriza -y que tanto daño le hizo el 1998-1999, cuando aspiraba a derrotar a Aznar y a liderar el PSOE-, Borrell afirma que es “federalista” y, unas preguntas más abajo, se define como “jacobino”. Es un flagrante contrasentido: la Francia de la Revolución (que es donde nació la terminología política contemporánea), los jacobinos eran la antítesis de los girondinos, representantes estos últimos de las provincias periféricas frente al París jacobino, y defensores del federalismo como forma de organización del poder. Eran tan antitéticos que los jacobinos hicieron guillotinar la élite de los girondinos en octubre de 1793.
Quizás a causa de la guillotina, el hecho es que esto del jacobinismo excita a Borrell, que lo justifica así: “El poder central libera; el poder local oprime: ¡el comisario revolucionario francés llegaba al pueblo remoto y liquidaba el obispo y el cacique opresores! Justicia”.
Como frase folletinesca es magnífica. Como descripción de lo que sucedió en la Francia profunda de finales del siglo XVIII es discutible. Como análisis de la realidad histórica general, resulta delirante. Por ejemplo: si nos fijamos en la España contemporánea, señor Borrell, ¿cuándo, en qué períodos, el poder central ha sido liberador? ¿Bajo las oligarquías liberal-conservadoras de 1875 a 1923? ¿Bajo el sable de Primo de Rivera? ¿Tal vez durante el franquismo? Porque, si se refiere a los dos años de la República azañista y a sus tiempos como ministro de Felipe González, encuentro que se trata de experiencias demasiado breves y llenas de claroscuros.
Pero abramos el foco y miremos más allá. ¿sabe, el señor Borrell, que una de las primeras medidas de Hitler una vez llegado al poder fue suprimir el tradicional federalismo alemán -los “poderes locales” que obstaculizaban la implantación de la dictadura- e instaurar una rigurosa centralización sin la cual los nazis no habrían podido cometer todas sus atrocidades? ¿Era “liberador” el centralismo de Mussolini sobre una Italia de tradición localista? ¿Son “opresores” los poderes provinciales de la federación canadiense, o los gobiernos autónomos de Escocia o Gales, y en cambio es “liberador” el gobierno central y centralizador de Nicolás Maduro en Venezuela?
Josep Borrell conoce perfectamente los Estados Unidos. Y bien, ¿es consciente de que, en estas últimas décadas, muchos de los avances normativos en materia de derechos y libertades personales (desde la legalización del matrimonio homosexual hasta la del consumo de marihuana o de la eutanasia) han empezado al nivel que él llama “local” (de un estado, o incluso de un condado) mucho antes de ser legislados a nivel federal?
Lo lamento, pero alguien a quien las fobias ideológicas le producen una ceguera analítica tan aguda está, en mi opinión, carente de autoridad intelectual para valorar objetivamente las balanzas fiscales o cualquier otro aspecto de la relación Cataluña-España. Es alguien -por ejemplo- que, en su último libro, y con objeto de minimizar el déficit fiscal catalán, argumenta que habría que imputar como inversiones del Estado hechas en Cataluña una parte de los costes de la base aérea de Zaragoza o de la red de consulados españoles esparcidos por el mundo, porque también “nos defienden”. ¿De qué enemigo nos defienden los aviones de Zaragoza y los cónsules, señor Borrell? ¿De nosotros mismos, puesto que los consulados lo han hecho todo para dificultar el voto de los catalanes en el extranjero el 27-S?
Por cierto: ¿ya saben, en el PSOE andaluz, eso de que “el poder local oprime”?
ARA








