Comentando el arte llamado surrealista, y más concretamente el de Dalí, Fuster explicaba, hace más de medio siglo: “Las imágenes de la ‘irracionalidad concreta’ […] están constituidas por los mismos objetos que las imágenes del mundo exterior, sólo que dispuestos en un orden absurdo […] Para el proceso de descrédito de la realidad, esta brutal destitución de la lógica tiene tanta o más importancia que la misma anulación de lo real propugnada por el arte abstracto. La pintura abstracta se vuelve de espaldas a la realidad, el surrealismo, no; el surrealismo la presenta con una perfidia indecorosa, la priva del último y más pequeño prestigio que le quedaba: la verosimilitud”. Esto escribía Joan Fuster en El descrédito de la realidad, un libro increíble de 1955, que no se entiende como lo pudo escribir, en aquellos años, un joven abogado de Sueca.
Cincuenta años después, el surrealismo, el país de Fuster, había pasado directamente de la pintura a la política, y a la visión que el país recibía de él mismo, a lo largo de la década prodigiosa, o década y media, que parece que se ha cerrado hace un año apenas. Y hace cuatro o cinco años yo recordaba, en otro lugar, con qué frívola alegría este País Valenciano nuestro se había instalado no en el surrealismo estético de los versos o los cuadros sino en el surrealismo político, en “las imágenes de la irracionalidad concreta”. A lo largo de estos años pasados, la realidad no contaba, contaba una proyección irreal, surreal, fuera de todo sentido coherente, que se instaló en el fondo de la vida valenciana, y que era el contenido y la forma de su proyección dentro y fuera.
La realidad no contaba, pues, junto a dosis masivas de propaganda, la realidad no tenía ningún crédito, comparada con la alucinación. Y a mí me tocaba, de vez en cuando pero demasiadas veces y era también demasiado cansado, tener que repetir en Barcelona, en Mallorca o en Lleida (y en Valladolid, en Burgos o en Madrid si era necesario, en el curso de alguna visita), que la fantasía es fantasía, la propaganda propaganda y la realidad realidad. Que el País Valenciano reculaba y bajaba, que España no ponía (y no pone todavía) ni una peseta ni un euro, que las obras faraónicas las pagamos con el déficit (en eso sí que somos los primeros: la deuda de la Generalitat Valenciana es la más alta de todas, y sigue creciendo), que éste es el país de la mentira pública cubierta con eso que se suelen llamar “grandes eventos” inútiles y carísimos.
Pero los números eran y son implacables: hace cinco años el PIB per capita de los valencianos era sólo el 91% de la media española, ahora mismo es ya del 89%. Al nivel de Galicia, en el grupo de los pobres mientras afirmamos que somos ricos, y fuera se lo creen, como siempre. Sin contar las cifras comparativas de inversión pública, de inversión del Estado, de plazas hospitalarias y escolares, y otras cositas sin importancia: si no somos los últimos, nos acercamos implacablemente. Y al lado, señoras y señores, la prestidigitación, el malabarismo, la propaganda triunfal, el orden que, contra la realidad, establecía el sueño o la alucinación, o la paranoia. Una propaganda tan eficaz, hay que reconocerlo, que llegó a convencer a todos: a los valencianos mismos, que votan al PP agradecidos por los logros incesantes, y al conjunto de los españoles, catalanes incluidos, que creen firmemente en la imagen feliz.
Esta era nuestra irracionalidad concreta, ésta era la brutal destitución de la lógica, éste era nuestro surrealismo, que presenta la realidad “con una perfidia indecorosa, la priva del último y más pequeño prestigio que le quedaba: la verosimilitud”. Bueno, pues, puede que ya se acabe todo eso. Puede que se haya agotado, agotado o apagado el estallido surrealista, los fuegos artificiales de cada día. Puede que la realidad vuelva a exigir su crédito, y de repente el país (no sólo los intelectuales de izquierda, sino la gente de la calle, los lectores de periódicos, e incluso el personal político que nos gobierna) se haya dado cuenta de que aquella fantasía era un sueño falaz y perverso. El presidente Alberto Fabra practica, sin ganas, una modestia real y obligada, todo el mundo mira al suelo para ver donde puede poner los pies que no sea un hoyo o un charco de agua sucia, e incluso el diario Las Provincias publica editoriales y artículos muy serios del jefe de opinión, donde reconoce que la década y media pasada ha sido un desastre y que, curiosamente (oh gran hallazgo), la culpa no la tienen los catalanes sino nosotros mismos. Nosotros los valencianos.








