Inmerso en el desbarajuste. Con seis millones de parados tangibles y ahogado desde hace tiempo por la grave situación económica, el Estado intenta cumplir la doctrina de austeridad luterana marcada por el Directorio europeo, a pesar de que no se vislumbra por ninguna parte un horizonte que aporte una mínima esperanza para salir del bache y con el fantasma de la intervención que aparece cada vez con más frecuencia por La Moncloa.
Este panorama desolador no es ninguna novedad, al igual que tampoco lo es el descrédito de políticos, sindicatos y patronales. Ahora, sin embargo, se ha sumado con fuerza el desprestigio del jefe del Estado. Con el trasfondo muy presente del caso Urdangarin y el reciente accidente de Froilán, la polémica cacería del rey en Botsuana ha acabado de constatar el annus horribilis del monarca, que vive su cota más baja de popularidad desde que asumió el trono ahora hace 36 años.
En este contexto de decadencia española, hay que sumar el cuestionamiento del modelo territorial. El anterior Gobierno estatal no tuvo miramientos en situar las comunidades como chivo expiatorio del incumplimiento del déficit y ahora los aires de recentralización soplan más fuerte que nunca. Es obvio que Mariano Rajoy intentará dejar de dar el café para todos para servir cortado para todos.
Y, ante este escenario, las embestidas en el Estado llegan por todas partes. La semana pasada, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, usó la situación española para advertir del cataclismo que supondría si el candidato socialista ganara las presidenciales. Estas declaraciones coincidieron con la insistencia del primer ministro italiano, Mario Monti, sobre las turbulencias financieras de España, junto con las palabras de su homólogo ruso, Vladimir Putin, citando el alto el índice de paro español.
Sin embargo, la máxima expresión de esta situación es la guerra diplomática abierta por la Argentina, después de expropiar el 51% de la petrolera YPF a Repsol. En este caso, el Ejecutivo español ha mostrado claros signos de impotencia y sin un firme apoyo internacional. De una manera u otra, todo el mundo se atreve con el Estado español. Todos menos los catalanes, claro. De momento.







