Con Rodalíes (Cercanías) no tenemos ante nosotros una emergencia reparable. Estamos ante el colapso de un sistema ferroviario que ha sido saturado, estirado y explotado más allá de cualquier límite razonable durante decenios.
Un colapso no es una avería. Tampoco es una crisis pasajera que se resuelve con una reparación urgente o con un presupuesto extraordinario. El colapso es aquel momento en el que un sistema deja de funcionar porque ha agotado todas las reservas de elasticidad, toda la capacidad de regeneración, todos los márgenes de maniobra. Es como aquel cuerpo humano que ha vivido durante años con una enfermedad crónica mal tratada: llega un día en que ya no hay medicina que valga, porque el organismo entero se ha ido degradando celular, silenciosamente, hasta que todo se hunde. El colapso es el resultado inevitable de haber hipotecado el futuro para mantener las apariencias.
Y es exactamente lo que nos pasa con Cercanías y Media Distancia en Cataluña. No se engañen ni se dejen engañar: no estamos ante una emergencia reparable. Estamos ante el colapso de un sistema ferroviario que ha sido saturado, estirado y explotado más allá de cualquier límite razonable durante decenios. Quizá haya gente que no lo entienda, pero no hay que ser un ingeniero para saber que las infraestructuras también tienen un punto de ruptura, y que aquí hace tiempo que se ha traspasado con aquel tipo de inconsciencia suicida que caracteriza a administraciones –como el actual gobierno de la Generalitat de Cataluña–, que tan solo viven para el titular del día siguiente.
Durante años –demasiados años– en Madrid se ha explotado esta red como si fuera una gallina de los huevos de oro irrompible –igual, exactamente igual, que lo que se ha hecho con los aeropuertos de Barcelona o Palma. Y el contraste con los Ferrocarrils de la Generalitat lo dice todo. En Cercanías –en Barcelona, pero en Valencia también– se han recortado las inversiones en mantenimiento, se ha adelgazado el personal técnico, se han aplazado las renovaciones imprescindibles, se ha obligado a la maquinaria a trabajar más horas que las que había sido diseñada para soportar, porque lo que contaba era la extracción que después Madrid se comía sobrepasando sistemáticamente las cantidades que adjudicaba el presupuesto. Todo esto mientras se multiplicaban los usuarios, mientras crecía la demanda y mientras la red se asfixiaba bajo una presión insostenible. A mí me parece que si algo daña una red ferroviaria no es la falta de trenes nuevos, sino la ausencia de cuidado cotidiano, de atención meticulosa, de respeto por la lógica implacable de la mecánica y la física.
Y es eso que vemos con una claridad extraordinaria ahora, hace ya seis días: no hay parche que lo arregle. Cada solución de urgencia que se anuncia revela, a las pocas horas, que es inútil. Cada plan de choque no es sino una trampa retórica para ganar veinticuatro horas. Y no sé ustedes, pero yo veo que los responsables políticos de este desbarajuste –en Barcelona y en Madrid– se mueven como sonámbulos en medio de un incendio: no entienden la magnitud del desastre, o, si lo entienden, no saben cómo encararla sin tener que confesar públicamente que han estado años haciéndose los desentendidos. La consellera Sílvia Paneque, muy particularmente, ayer pretendía parecer una activista de los CDR exigiendo inversiones y criticando que no las haya habido durante décadas, pero resulta que el responsable de la desinversión crónica es su partido. ¡Por el amor de Dios, que el president Illa era ministro del mismo gobierno español que castigaba a los catalanes con presupuestos que no cumplía! ¿O deberemos recordar que todos los ministros son corresponsables de las decisiones que se toman en el consejo de ministros?
Curiosamente, o no, parece que, presos de un pánico ya indisimulable, en Madrid –¡qué vergüenza de Generalitat que ni en eso manda!– destituyeron ayer a la gente que conocía los recovecos de la red, que sabía dónde estaban las grietas y cómo se habían formado. Los echaron –sobre todo– para detener varios días las dimisiones de los políticos, pensando tan sólo cómo calmar a la población, cómo aliviar un poco la presión que sube. Pero es que este desastre tiene nombres y apellidos y tiene una genealogía política bien documentada –el Partido Socialista Obrero Español y su sucursal catalana. Han sacrificado a esta gente para mantener la ilusión de que el problema es técnico y no sistémico, que es esporádico y no estructural. Pero –ya no sé si son tan ignorantes que ni eso saben– un colapso no se detiene con destituciones fulminantes ni con notas de prensa, ni con anuncios en los periódicos.
El colapso, como los huracanes o las tormentas solares, tiene una dinámica propia, implacable y lenta. Y ese colapso que vivimos continuará durante días, seguramente semanas o más allá incluso. Porque lo que se ha destruido –lo que han destruido los gobiernos de España con una actuación suicida, con décadas de negligencia– no se reconstruye en un mes, en un año ni en un mandato electoral. Requiere mucho dinero, mucho tiempo, mucha voluntad política, humildad para reconocer el error y coraje para pagar su precio. Y, evidentemente, requiere la independencia, el poder, la capacidad de decidir, el derecho de hacer posible lo que la gente de aquí necesita –tanto si los socialistas españoles quieren como si no.








