El Asia Central teme La Primavera

La Unión Euroasiática que promueve Vladimir Putin con la intención de resucitar los viejos escenarios geopolíticos soviéticos se presenta cada vez más como una cortina de humo. Una fantasía -como la etiquetan los medios anglosajones- que a Putin le permite vender su marketing pseudoimperial, y a las autocracias de Asia central les sirve para enmascarar tanto la gigantesca corrupción como la inestabilidad política. Perpetuas ambas. Y es que veinte años después del derrumbe de la URSS, el digamos patio trasero colonial asiático no ha parado de involucionar hacia el feudalismo. Y ahora el eco de las Primaveras Árabes -unido al revuelo turco- genera todo tipo de miedos al contagio.

 

Kazajstán, el país más rico de todos los centroasiáticos de matriz soviética -cinco veces Francia y sólo 11 millones y medio de habitantes- está dirigido por una élite que vive sobre todo de vender en China el 40% del petróleo. Estos clanes extractivos están directamente vinculados al presidente Nursultan Nazarbayev, el hombre que en 1991, junto a Boris Yeltsin, certificó la disolución de la URSS, y que después no ha parado de acumular poder económico y político. Ha modificado la Constitución a su gusto para poder ser reelegido, de modo que si en 2005 obtuvo el 91% de los votos, en 2011 -el último golpe que fue votado- llegaba al 95%.

 

El hombre fuerte del negocio ha sido hasta hace poco Timur Kulibàiev -ex patrón del gran holding estatal de hidrocarburos y marido de una de las hijas de Nazarbayev-, que el presidente tuvo que sacar del escaparate a raíz de una huelga de trabajadores del petróleo en diciembre de 2011 en la ciudad de Janaozen, que acabó con dieciséis muertos. Kulivàiev llegó a abusar tanto de los privilegios, de la inmunidad y de la impunidad, que el autócrata-presidente mismo tuvo que apartarse para mantener los equilibrios oligárquicos y una cierta paz social. Nazarbayev ha puesto en marcha una auténtica ofensiva contra las frágiles esferas opositoras tanto políticas como mediáticas. El partido Kazakh Alga ha sido prohibido por “extremista”, mientras que su líder, Vladimir Kozlov, cumple siete años de prisión acusado de instigar la huelga de Janaozen. La amenaza también se cierne sobre la oposición de izquierdas. Y desde diciembre pasado se han cerrado los principales diarios, semanarios y canales de televisión de tono liberal.

 

 

Putin lo mira de reojo

 

Mientras tanto, en Tayikistán, el país más pobre de Asia Central, el miedo a las Primaveras ha impuesto una censura equivalente a la de los tiempos soviéticos y un enconado control de los opositores. Unas 130 webs han sido bloqueadas. Tayikistán sobrevive gracias a las divisas que envían los dos millones de trabajadores emigrados a Rusia, casi una tercera parte de la población. Es uno de los enclaves desde donde se preparó en 2001 la ofensiva para ocupar el Afganistán de los talibanes, y sigue siendo un satélite del poder ruso. A Putin no se le escapa nada de lo que pasa gracias a Emomali Rakhmonov, el presidente impuesto por el Kremlin recién terminada la guerra civil tayika de 1992 entre islamistas y demócratas, por una parte, y hablantes rusos, por otra.

 

Moscú no ha renunciado a estar presente en Tayikistán incluso lingüísticamente: aunque el tayiko es la lengua oficial, no puede ser escrito públicamente en su grafía árabe original sino con grafía cirílica, como el ruso. Es decir, como se escribe la lengua de los amos.

 

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