El alto el fuego

Desde el 9-N he procurado escribir sobre el proceso soberanista con la voluntad de no echar más leña al fuego. Pero como no querría que la prudencia, por no traicionar, me acabara haciendo mentir, quiero dejar constancia también de las grandes dificultades a las que creo que nos enfrentaremos en los próximos meses. Adversidades que sin duda serán superiores a las vividas hasta ahora, y a las que ya no nos podremos enfrentar con una demostración festiva, por masiva y espectacular que sea.

Primera consideración. Que un acuerdo sea bienvenido y aplaudido más por el hecho de haber llegado al mismo que por lo que se haya pactado hace darse cuenta de la fragilidad del conjunto. Quiero decir que la gestación y la calidad del gesto hacen pensar más en un alto el fuego que en un tratado de paz. Y no queda claro si el alto el fuego servirá para preparar la paz o para reorganizar la próxima batalla. Para aventurar algún pronóstico, sería conveniente conocer bien las razones del desencuentro vivido entre Oriol Junqueras-ERC y el presidente Mas-CDC. Hay quien ha puesto mucho énfasis en el plano de las confianzas perdidas. Pero esto, más que una causa, formaría parte de las consecuencias de unas condiciones que no son reducibles a meras cuestiones de talante personal.

Las dificultades de fondo, desde mi punto de vista, son las siguientes. Una: acordar cómo y cuándo llegar, desde el orden democrático actual, a la ruptura con el Estado, constatando que una vía reformista es inimaginable. La transición española -reforma sin ruptura- fue posible porque fue el Estado mismo quien se autorreformó. La independencia, en cambio, tendrá que hacerse contra la voluntad del Estado español. Dos: no es fácil salir del círculo vicioso que significa pedir la unidad provisional de los partidos soberanistas cuando el objetivo es establecer el futuro campo de batalla -la nueva República-, donde, precisamente, se tendrán que enfrentar, entonces ya sin los adversarios exteriores. Esto explica por qué Junqueras necesita repetir una y otra vez la jaculatoria de que quiere un país “limpio y justo” -¿quién no?- para lanzar un exorcismo contra el acuerdo con Mas, suscrito de mala gana. Tres: este proceso debe hacerse con partidos y líderes que, si acaba bien, se dejarán la piel. Y si no, también. Ya es mucho el que el presidente Mas haya decidido que se la dejará en cualquier caso, y que Junqueras diga que lo hará si el 27-S termina mal. Pero de los partidos poco sabemos…

Segunda consideración. En política -y en la mayoría de terrenos humanos-, cuanto más claras son las ideas, menos practicables resultan. Y, por el contrario, cuanto más prácticas, se convierten en más complejas, e incluso en confusas. Ahora mismo, pues, las ideas más claras en el independentismo, aunque son las más convincentes en cuanto a la argumentación lógica, son las más inaplicables en cuanto a su realización fáctica. Y, paradójicamente, por eso mismo, los caminos que más nos acercarían a la independencia son los que crean más desconfianza entre los ciudadanos. Confiamos más en las vías imposibles, o en las improbables, que en las plausibles. He aquí por qué es más fácil confiar en las formulaciones radicales de las CUP, o en la contundencia del discurso de ERC, que en el independentismo pragmático de CDC.

Última consideración. Es muy probable que la ruptura del círculo vicioso que significa querer hacer una ruptura sin sufrir daño, es decir, al gusto del curso central de la sociedad catalana soberanista, nos lo resuelva el Estado. Quiero decir que mientras aquí estemos preparando los escenarios formales para hacer una ruptura sin quebranto, el Estado -como el Guernica de Picasso- entrará como un toro en un taller de cerámica. Será entonces cuando habrá que demostrar que tenemos la determinación que ahora exigimos a nuestros gobernantes.

ARA