Siempre es un placer leer a Rudyard Kipling. Historias breves, como “El hijo del elefante”, “Cómo al rinoceronte se le hizo la piel que tiene”, “Rikki-TIKKI-tavi” o “El hombre que quería ser rey” son de esas que hacen amar la literatura. En esta última, que golpea el alma, Kipling describe el inevitable cotejo entre la soledad humana y su futuro, en el sentido de que por más que en la travesía nos rodeemos de rostros complacientes y serviles, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a nuestra aislada individualidad. Se trata de una reflexión que podría dar grandes frutos si fuera considerada seriamente por algunos dirigentes políticos catalanes. Josep Antoni Duran i Lleida, por ejemplo.
Duran i Lleida, como cierto personaje del cuento de Kipling, estaba convencido de que la simpleza del pueblo sobre el que quería reinar sería la principal aliada de sus ambiciones. No había de costar mucho engatusar con cuatro migajas a un pueblo dócil y miedoso como el catalán, pensaba. Y tenía razón. Durante unos años, de aquel pueblo, se decía “el oasis catalán” -lo que sorprende un poco, dado que la política de pájaro en mano que practicaba era más bien marinera y remitía muy poco al desierto-, pero de repente las cosas empezaron a cambiar, el pueblo se volvió insumiso y reivindicativo, ya no se tragaba las timos que sus dirigentes le presentaban como victorias antológicas y dijo basta. Y este basta significó el fin definitivo de una travesía errática y callada y el inicio entusiasta de otra mucho más valiente y asertiva. Y en esta etapa, por supuesto, Duran i Lleida no sólo no tenía sitio, sino que era un lastre.
No es que Duran quisiera reinar al estilo tradicional, con una corona en la cabeza. En absoluto. Quien tiene un rey en el cuerpo ya lleva muy adentro, la corona. Su deseo era ser el foco de atención, fue el orador que todo el mundo espera con fruición, estar cada día delante de una cámara de televisión. Y es seguro que un buen premio para este anhelo hubiera sido ser presidente de Cataluña, no hay duda, pero había dos inconvenientes: el primero, era la sombra que le hacía la personalidad gigantesca de Jordi Pujol; el segundo, era que el cargo no le acababa de convencer. Como todo el mundo sabe, ser presidente de Cataluña es poco, si se puede ser ministro de España. El problema es que han pasado las legislaturas y Duran no ha sido ni lo uno ni lo otro. Y menos estos dos últimos años, cuando se ha convertido en un señor que sale en la tele para contradecir al presidente Mas, para debilitarlo en las elecciones, para intentar dinamitar el proceso catalán o para favorecer los intereses que han mantenido cautiva a Cataluña. Es el triste papel de un político que sabe que no tiene futuro en una Cataluña libre.
Que nadie piense, sin embargo, que su marcha será discreta. Todo lo contrario. Trabajará contra la independencia de Cataluña y en favor de los poderes fácticos que ya antes de 1975 barajaban las cerezas catalanas y españolas. Es cierto que la caída de Pere Navarro ha roto un poco sus planes de neutralizar juntos unas elecciones plebiscitarias, pero es un hombre con el ego herido, un hombre que ve que se le ha pasado el arroz, que busca la manera de disimular la derrota atribuyéndola a factores coyunturales y que antes de hacer mutis hará tanto daño como pueda. Sus declaraciones contra la decisión de Convergencia, de abstenerse en la ley de sucesión española para la coronación de Felipe VI, son el pretexto para revestir de ideología lo que no es más que un fracaso personal. Sería este pretexto y el deseo de quedar bien con Madrid, por tanto, lo que la habría empujado a pedir la dimisión del consejero Francesc Homs por haber dicho en Suiza que la abdicación del rey de España responde a la voluntad de “mantener el negocio familiar”. Como si esto no fuera verdad, como si en el año 2012 el New York Times no hubiera hecho pública la inmensa fortuna amasada por el Borbón durante su reinado mientras nosotros le manteníamos. Será que, a juicio de Unió, el señor Homs ha incumplido el manual del hipócrita sumiso según el cual, siempre con la excusa de las buenas maneras, el cornudo no sólo debe pagar la bebida, sino que también ha de cantar las excelencias de su ufano cornamentador.
Queda claro, pues, que Duran no se retirará por ningún motivo concreto. Duran se retirará sencillamente porque el país lo echa fuera. Es un político que no suma, resta. Resta votos y credibilidad al presidente Mas en el proceso. Sólo hay que ver cómo lamentan su partida el Partido Popular y el Partido Socialista. De “golpe fatal”, lo calificaba el presidente del Congreso español. Es la evidencia, por si alguien tenía alguna duda, de que Duran no ha sido nunca el hombre de Cataluña en España, Duran ha sido siempre el hombre de España en Cataluña.
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