Dividamonos y España nos mandará

Siempre me ha parecido ridículo el término ‘hecho diferencial’ referido a Cataluña. Ridículo, dicho por españoles, y ridículo, dicho por catalanes. En el primer caso, porque todos los pueblos del mundo, con Estado o sin él, son hechos diferenciales. Absolutamente todos. Y en el segundo, porque rezuma provincianismo, regionalismo, autonomismo, pusilanimidad. Es el término del que se han servido indistintamente durante muchos años España y Cataluña para ir tirando. España concedía a Cataluña esta piruleta honorífica que no quería decir absolutamente nada, y Cataluña, a cambio, renunciaba a su rango de nación y proclamaba toda satisfecha: “¡Somos un hecho diferencial! ¡Somos un hecho diferencial!…” Tres siglos de sometimiento bajo la bota española, por fuerza tenían que reconfigurar la personalidad de los catalanes quitándoles la memoria y la dignidad y transformando su visión catalanocèntrica de la vida en una visión hispanocéntrica. Ha sido necesario, pues, un lentísimo proceso -a menudo desesperante- de concienciación colectiva para que una buena parte de la sociedad catalana despertara de esta pesadilla, se diera cuenta de la trampa y actuara en consecuencia. Pero todavía no hemos hecho limpieza. Sólo hay que mirar los telediarios de TV3, para ver el prisma hispanocéntrico con que están configurados. Un día hablaremos de eso con más profundidad.

Otra de las lacras que dejan tres siglos de dependencia es la desconfianza en las propias fuerzas, lo que, más allá del miedo inconsciente a enfrentarse al dominador, conlleva una permanente discusión bizantina entre los dominados. Y es que el lógico malestar que provoca todo sometimiento dilatado en el tiempo tiene que salir por algún sitio, y los catalanes tendemos a canalizarlo no contra el agresor sino contra la víctima. Es decir, contra nosotros mismos. Esto explica la jaula de grillos en que se convierten nuestras interminables rencillas y deliberaciones. Sólo hay que ver los insultos que se han cruzado estos días muchísimos independentistas en el debate para la investidura del presidente Mas. No me refiero a los diputados de Juntos por el Sí y de la CUP, claro, sino a votantes de ambas opciones que sirven en bandeja la comida que justamente quiere comer el búnker español formado por PP, PSOE y Ciudadanos. El búnker sabe muy bien que, para neutralizar al enemigo, no hay arma más poderosa que la siembra de cizaña en su campo. Y nosotros, divididos, le hacemos el trabajo.

También hacemos el trabajo al búnker cuando enfatizamos las diferencias ideológicas que nos separan internamente olvidando que, por grandes que estas sean, nada es más importante que lo que nos une. Y lo que nos une es la cautividad. Somos cautivos de un tercero, y sólo -sólo- podremos dejar de serlo si cavamos el túnel juntos. Somos cautivos que compartimos el anhelo más noble y justo que puede tener una colectividad, que es la libertad, y la única manera -resaltemos esto: la única manera- de conseguirla es haciendo piña contra el opresor y viviendo toda agresión a los compañeros como una agresión contra nosotros, no aprovechándose de ella para debilitarlos. De otro modo, da la impresión de que la amplificación de nuestras divergencias o la injusta satanización del presidente Mas son el pretexto para dilatar el tiempo y no tener que dar el paso decisivo, que es huir. Desde la cautividad podemos imaginarnos la libertad de muchas maneras, muchísimas, pero sólo hay una de hacerlas realidad, y es desde la libertad.

EL MÓN