1. La cinta de Moebius, forma geométrica de una sola cara. Entre ciudad y educación no hay una cara interior y otra exterior, un dentro y un afuera. Son la misma cara. La ciudad educa, la educación urbaniza. La educación transforma la vida de nuestras ciudades. La urbanidad y el civismo son plasmaciones de la huella educadora de la ciudad. Igualmente, si hay ciudades inteligentes no es porque haya infraestructuras inteligentes, sino porque hay ciudadanos inteligentes.
2. Beyoncé. Hace pocos días, un grafiti festivo posmoderno de París decía: “Liberté, Egalité et Beyoncé”. Sería un error para nuestras ciudades prescindir del valor republicano de la ‘fraternité’. La ciudad es comunidad, crea espacio común, vínculos, afiliación, formas de pertenencia. La ciudad crea inclusión, expresiones de fraternidad y solidaridad. No hay bien común sin sentido de pertenencia a la comunidad. La pertenencia se obtiene al menos por tres vías: a) por la vía de la aplicación de los derechos universales y reales de ciudadanía que asegura el contrato social del estado del bienestar, b) por la preservación y compartición de un mismo patrimonio cultural y lingüístico, y c) por la participación activa en procesos cívico-asociativos. La solidaridad no es caridad, la inclusión no puede ser paternalista, sino la acción de ciudadanos libres.
3. El yin y el yang. Talento y equidad, éxito educativo y cohesión social, aprendizaje y servicio son factores que a menudo vemos y vivimos como antitéticos, cuando en realidad son las dos caras de una misma moneda. Hoy ya no tiene sentido esta disyuntiva. Debemos incorporar en un mismo pack educativo las necesidades, capacidades y oportunidades de la gente. Como dice Montserrat Anton, aprendiendo se puede servir y sirviendo se aprende.
4. Ligar el alioli. Hay un sujeto educativo central, la persona, pero hay muchos agentes educadores y todos son imprescindibles (escuelas y universidades, administraciones, entidades sociales, familias, empresas, ciudadanos, medios de comunicación, museos, centros deportivos, iglesias…). Necesitamos fortalecer la conciencia de ser agentes educativos. Y luego se necesitan alianzas, complementariedad y corresponsabilidad para aprender a trabajar conjuntamente. La clave es saber ligar las diversas aportaciones. La nueva tarea de los liderazgos relacionales.
5. Josep Pallach. Este maestro, pedagogo y líder socialista insistía en que “Política es pedagogía”. La mejor y más genuina gestión del poder debe tener vocación educadora. Sin ella la política presenta su cara más pobre e instrumental.
6. Platón: el alma alimenta el cuerpo. El espacio físico urbano (el cuerpo) depende del espacio mental de los ciudadanos (el alma). Como dice Joan Manuel del Pozo, sin (buena) mentalización y predisposición no hay (buena) urbanización. Contrasta la imagen de los seguidores japoneses de fútbol recogiendo sus desechos al terminar el partido del Mundial en Brasil con las brigadas urbanas de Barcelona que han de limpiar las playas convertidas en una pocilga tras una verbena. El cambio educativo debe ser principalmente un cambio de mentalidades.
7. Newton y la ecuación espacio/tiempo. La ciudad educadora es espacio (ágora, urbanismo, planificación de la movilidad), pero también es tiempo: ritmos, cadencias, compases. Necesitamos una nueva y buena organización horaria que haga nuestras ciudades menos estresadas y taquicárdicas y mucho más equilibradas. Ahora el tiempo y las trayectorias educativas son discontinuos, fragmentarios y a menudo endogámicos. Necesitamos nuevos espacios y nuevos ritmos.
8. Colaboratorios. Juntos sabemos y podemos más. En los binomios memoria/proyecto, herencia/diferencia, imitación/innovación, legado/creatividad está siempre el peligro de la pura repetición del pasado o de aquel adanismo que pretende siempre empezar de cero. Necesitamos aprender y experimentar colaborativamente a combinar continuidad y cambio. La creatividad no implica necesariamente el rechazo del pasado sino dialogar con él constantemente.
9. Internet. Como nos recuerda Josefina Cambra, el papel físico de la ciudad educadora va siendo progresivamente laminado por otro entorno de las personas: la red. Niños y jóvenes se recluyen en casa, pero a través de internet se sumergen en una calle y en una plaza mucho más grandes. Hay un nuevo espacio urbano de contacto y participación que es virtual. Hay que entenderlo y aprovecharlo educativamente.
10. Alma. La ciudad necesita ley y orden, pero también alma, pulsión vital, latido. El espacio público urbano debe ser prestigiado, revalorizado. No es un espacio anónimo y de nadie, sino el espacio de todos, modelado a lo largo del tiempo para acoger vida y convivencia. Las ciudades educadoras transfieren conocimientos, aprendizajes y utilidades, pero también emociones y valores.
ARA









