“Es difícil encontrar en el mundo un nacionalismo más maligno, más totalitario, más supremacista y más enfermizamente expansivo que el español”
Hace unos días, desde las páginas del diario ‘El País’, boletín periodístico del Partido Socialista, se afeaba la “Nit de les Lletres Catalanes” (“Noche de las Letras Catalanas”), una fiesta literaria que tiene 75 años de historia en el transcurso de los cuales ha habido clandestinidad, cambios de nombre, escenarios diversos y crecimiento de los apartados a premiar. La organización es de Òmnium Cultural, que tomó sus riendas en 1961, impulsada, entre otros, por Joan B. Cendrós, Lluís Carulla y Fèlix Millet, mecenas todos ellos con los que la nación catalana está en deuda por las valiosas instituciones que crearon. Las vicisitudes han sido muchísimas, ya que nuestro pueblo, a diferencia de los pueblos libres, se ha visto obligado a hacer las cosas con más voluntad que medios, pero si algo ha tenido claro la Noche de las Letras Catalanas, es que tan catalanas son las letras del Urgell, de Alguer, de l’Empordà o de la Rosella Safor.
Uno de los reproches del artículo “Manipular las letras catalanas”, firmado por Jordi Llovet en ‘El País’, es que el ganador del Sant Jordi haya sido un mallorquín, Carles Rebassa. Exactamente, dice esto: “¿Fue casualidad que la mejor novela de las presentadas en el Sant Jordi fuera escrita por un mallorquín, o esto formó parte de la política expansiva de los Països Catalans?”. Y añade: «dar unos premios en presencia institucional de la plana mayor de los poderes de la Generalitat y del Ayuntamiento de Barcelona, con la nómina casi completa de los presidentes del govern y del Parlament de los últimos decenios, equivale a decir: ‘Los premios se darán a personas de manifiesta adhesión a los principios fundamentales del movimiento’». Y ahora la sentencia: “Casi todos los parlamentos fueron adhesiones a estos principios”. Pues bien, esta es una apreciación que se desacredita por sí sola. En primer lugar, porque es mentira; y, en segundo, porque basta con conocer el parlamento de Carles Rebassa para ver cómo debían disfrutar, al oírlo, Salvador Illa, Jaume Collboni, José Montilla, Pere Aragonès, etc., cuando dijo: “Debemos tener una legislación que haga que el catalán sea imprescindible para vivir en los Països Catalans, y eso los virreyes y los títeres que nos gobiernan no harán nunca”.
No fueron las autoridades mencionadas las únicas en sublevarse en sus asientos. También lo hicieron Llovet y ‘El País’. Los nacionalistas españoles son alérgicos a todo discurso catalán que se aleje de la ortodoxia hispanocéntrica. Ellos se enloquecen, por ejemplo, con los discursos lerrouxistas de los Premios Gaudí, como el que hizo Eduard Sola, guionista del filme “Casa en llamas”, o el de un miembro de “El 47”. Allí sí que perdieron la cabeza. Y es que las exhibiciones de autoodio catalán les ‘ponen’ tanto como el cruce de piernas de Sharon Stone a Michael Douglas. Me cambio, con sólo oír hablar de la libertad de Cataluña, huyen despavoridos como el Drácula paródico encarnado por Leslie Nielsen. Por eso, Llovet, desde las páginas de su diario hispano-no-nacionalista, insiste: “Aún resulta más insólito celebrar una consagración literaria con la voluntad de tintar nuestra literatura de patriotismo”. Y como no le basta, lo remacha definiendo la gala como “una fiesta de afirmación y reivindicación de la eterna causa nacional”. “La eterna causa nacional”. ¿Le suena al lector esta frase? Es hermana ideológica de “¡Oh, qué pesados, con la independencia!”, “Oh, qué pesados, con el catalán!”, “¡Oh, qué pesados, con el expolio fiscal! ¡Como si no hubiera nada más importante!”. El ‘botifler’ (traidor) es un ser tan aclimatado a la sumisión y tan enamorado del carcelero, que la libertad, es decir, la razón que da sentido a la vida, le da asco. Es alérgico a ella.
Es cierto que ninguna Noche de las Letras Catalanas nos hará libres. El muro no se salta con palabras. En 2006, yo mismo –si me lo permiten– en el libro ‘La palabra contra el muro’ decía que “hace tres siglos que la palabra catalana se estrella sistemáticamente contra el muro español, tres siglos durante los cuales hemos fracasado en el intento de explicar a España la irrenunciable voluntad de ser del pueblo catalán”. Y un resultado tan infructuoso nos dice que para saltar el muro es necesaria una acción más drástica que las palabras. Sin embargo, no son incompatibles. Los catalanes somos una civilización, y una civilización cautiva sin corpus teórico, sin pensamiento intelectual que fortalezca el anhelo de libertad, no rompe las cadenas. Ésta es la humilde idea subyacente de todos mis libros de ensayo sobre la nación. Debemos ser conscientes de que la emoción, por sí sola, como única fuerza motriz, lejos de hacernos crecer, nos infantiliza, nos hace ir a trompicones de un lado para otro como un pollo decapitado. Necesitamos también las palabras, y, en este sentido, alabada sea la Noche de las Letras Catalanas como acto de afirmación nacional. ¿Por qué motivo, los catalanes, deberíamos renunciar a lo que tienen todas las colectividades del mundo, incluso aquellas, mira por dónde, que por su condición de Estado menos lo necesitan?
Sabemos bien la disonancia cognitiva que provocan los parlamentos de reivindicación de la libertad de Cataluña en los nacionalistas españoles. En octubre de 2024, también en ‘El País’, Llovet, en un artículo titulado “Pobrecita literatura catalana”, decía que “vivimos en un país endogámico, impregnado de la gran fantasía del independentismo, que ha transmutado todos los valores de nuestra sociedad”. Ahí está la frase. Es una frase que exuda una dolorosa añoranza: ¡Oh, qué bien se vivía en Cataluña, cuando el independentismo era testimonial o un simple anhelo expresado al oído! ¡Aquello sí que era gloria! Reinaban los “valores”, los valores de la hispanidad, por supuesto, los valores de la unidad de España. Eran tiempos en que la gente, en vez de “cambiar”, como ahora, callaba. Ahora, en cambio, la “fantasía del independentismo” lo trastoca todo. Es un horror.
Llovet está en las antípodas de Carles Rebassa, y considera pancatalanista que éste haya ganado el Sant Jordi. ¡Un mallorquín! ¡Dónde vamos a parar! Los gobiernos de PP-Vox en las Islas y en el País Valenciano se horrorizan al igual que Llovet, cuando un principatino gana el premio Mallorca, o el Born, o el Ciudad de Alcoi. Y es que el nacionalismo español de Llovet, Vox y PP es exactamente el mismo; sólo algo les separa: Vox y PP no se esconden de serlo. Y menos se disfrazan de progresistas. ¿Qué hay más retrógrado que estar en contra de la libertad de tu país? Añadamos, por otra parte, que Carles Rebassa no es el primer isleño galardonado. Son diez quienes lo han sido hasta ahora. Considerar, por tanto, que esta cifra responde a un sistema de cuotas equivale a decir que Blai Bonet, Antonia Vicens, Pau Faner, Carme Riera o Sebastià Alzamora, pongamos por caso, no ganaron por la calidad de sus trabajos, sino por el lugar de nacimiento.
Llovet, burlón, tilda a Teresa Cabré, presidenta del Institut d’Estudis Catalans, y a Xavier Antich, presidente de Òmnium Cultural, de ídolos generadores de soberanía”. No soporta que las voces de una nación sin Estado anhelen una soberanía que amenaza la autoridad del carcelero. Qué gran invento, las cargas a porrazos en los colegios electorales y el consiguiente artículo 155, para hacer saber a la “fantasía independentista” quien manda aquí. ¿Cómo es posible todavía tanta insolencia? ¿Es que no aprendieron la lección estos fantasiosos de la “eterna causa nacional”? ¿O es que acaso tienen ganas de que les abramos la cabeza otra vez?
Dice la sabiduría popular que ningún jorobado se ve la joroba. Por eso Llovet vitupera el elemento político de la Noche de las Letras Catalanas, una fiesta que organiza una entidad cultural privada en defensa de la lengua, la cultura y el país, y la tilda de “pancatalanista” por haber premiado a un autor mallorquín. Pero se calla ante el panhispanismo del Cervantes, un premio que concede el Ministerio de Cultura español y que se fundamenta, este sí, en un sistema de cuotas. Mientras la Noche de las Letras Catalanas no hace distinciones por razón de origen, sólo cuenta la lengua, el Cervantes, por el contrario, explicita el origen junto al nombre del autor: María Zambrano (España), Ida Vitale (Uruguay), Guillermo Cabrera Infante (Cuba), Octavio Paz (México), Jorge Jorge Edwards (Chile), Álvaro Mutis (Colombia), Augusto Roa Bastos (Paraguay), Sergio Ramírez Mercado (Nicaragua), Rafael Cadenas (Venezuela)… Y lo dice abiertamente así: “contribución al patrimonio cultural hispánico”. ¿Es casualidad, esto o “forma parte de la política expansiva” de la hispanidad?
Los enemigos de la libertad de Cataluña atacan a la lengua, porque saben que la lengua lo es todo. Todo. Basta con ver cómo promueven la suya y trocean la nuestra. ¡Incluso TVE considera catalán y valenciano idiomas diferentes! El cubano y el castellano, ¡mira por dónde!, son “lengua común y de encuentro”. Y claro, se dan por aludidos cuando huelen el ‘peligro’. Ellos quieren la nación catalana pequeña, cuanto más escuálida y debilitada mejor, y la conciencia nacional de los Països Catalans es enemiga de esta manía. Le tienen pánico. ¡Pánico! Le tienen tanto, que incluso han prohibido ‘constitucionalmente’ la federación entre Cataluña, País Valenciano y las Islas. Saben que mientras la lengua catalana no sea residual –y ya vemos como “manipulan” para que lo sea–, no podrán decir sin hacer el ridículo que “Cataluña es España”. Es difícil encontrar en el mundo un nacionalismo más maligno, más totalitario, más supremacista y más enfermizamente expansivo que el español.
En una escena del filme “El joven Frankenstein”, de Mel Brooks, el doctor Frankenstein llega de noche a un sombrío castillo de Transilvania y, al darse cuenta de que Igor, el criado que lo recibe, es jorobado, le dice: “No pretendo molestarle, pero soy un cirujano bastante bueno y creo que le podría liberar de su chepa”. Igor responde: “¿Qué chepa?”.
EL MÓM










