Del entusiasmo a la fortaleza

Tiene algo de paradójico, si no de perverso, que ahora que el proceso soberanista está políticamente bien encarrilado, resulte que se extiende la impresión de que los que quieren la independencia están desmoralizados, que la ambición de independencia se desinfla. Es cierto que en estos casos, cuando lo que se trata es de escrutar estados de ánimo colectivos, cuesta diferenciar qué hay de real y qué de ficticio. Podría muy bien ser que, simplemente, el hecho de no estar en un estado de excitación, de no estar en campaña, confunda la serenidad con la renuncia. Pero también podría ser que, precisamente porque ahora va de verdad y las dificultades se hacen más claras, la toma de conciencia de la magnitud del desafío intimidara las voluntades más dubitativas.

Una de las razones que se aducen para justificar el supuesta retroceso en el empuje soberanista es el desengaño por la respuesta política institucional. Vicenç Villatoro sugería diferentes posibles puntos de inflexión: la confesión de Pujol, el Once de Septiembre, el 9-N, el día siguiente de la conferencia de Mas, o de la de Junqueras, el paso por Barcelona de Pablo Iglesias… y aún añadiría el día siguiente del alto el fuego Mas-Junqueras que dio paso a la convocatoria de elecciones para el 27-S. Resulta que habríamos superado con éxito todas las amenazas del Estado, que no nos daban miedo los adversarios externos, y ahora nos acoquinaríamos por las dificultades internas.

Debo reconocer que a mí la respuesta de la política institucional al empuje de la sociedad civil soberanista no me ha sorprendido. Por un lado, porque ha respondido positivamente a sus aspiraciones. Recuerdo que, hace poco más de dos años, el partido mayoritario de los 62 diputados aún fiaba el futuro a un pacto fiscal con el gobierno del PP. O que, hace poco más de ocho, el independentismo parlamentario aún confiaba en las posibilidades de una reforma autonómica del Estatuto. No era fácil esperar tanto en tan poco tiempo. Pero, por otro lado, no me ha decepcionado porque tengo muy claro que la gran dificultad del liderazgo político del proceso independentista es que lo tienen que llevar a cabo unos actores que saben, o intuyen, que se dejarán en ello la piel. Con herramientas viejas hay que hacer un país nuevo. Lo nuevo todavía no ha nacido y lo viejo no sólo se resiste a morir sino que necesitamos que aguante fuerte para llegar a él.

De modo que nadie espere milagros. Particularmente, hasta después de las elecciones municipales, hay que dejar que los partidos hagan su camino, y creo que merecen nuestra confianza y comprensión. En cambio, entretanto, hay una gran labor que hacer, que no permite abatimientos de ningún tipo. Quedan ocho meses escasos para dar todas las razones que justifican la aspiración a la independencia, y para tener bien estudiados los cómo que deben permitir superar las dificultades previsibles.

Seamos claros: la vía del entusiasmo combativo y a la vez festivo está agotada. Las movilizaciones tienen fuerza, pero también hacen espuma. Si alguien se desinfla, es porque estaba hinchado. La decisión de votar a favor de un Estado propio es definitiva y no puede estar pendiente de un estado de ánimo voluble ni siquiera de una campaña electoral efectista. Mal iríamos si se lograba la independencia por un estado de entusiasmo colectivo.

En definitiva, que se descargue la espuma provocada por las grandes movilizaciones no sólo no es negativo, sino necesario para emprender el último tramo de este camino hacia la emancipación social y nacional. Hay que llegar serenos, cargados de buenos argumentos, con suficiente fortaleza como para resistir las últimas y máximas dificultades. Y, sobre todo, necesitamos una confianza casi somática en nuestra capacidad para construir el país que queremos.

ARA