Últimamente he tenido la oportunidad de hablar de la educación en tiempos de incertidumbre en Figueres, en Palma, en Alcoy… He sostenido que la educación nos debe enseñar a vivir en esta incertidumbre, con inteligencia y dignidad. Aún más: creo que hay que dar la bienvenida a que la incertidumbre haya vuelto, y para quedarse, a nuestros proyectos vitales. La incertidumbre es una dimensión intrínseca de la condición humana que habíamos querido ignorar, viviendo de espaldas, en un grave ejercicio de autoengaño irresponsable. Después de todo, los principales problemas educativos que hemos vivido las últimas tres décadas son consecuencia de este olvido.
Desde mi punto de vista, pues, la crisis educativa actual ha sido provocada, como en el caso del sistema financiero, por un exceso de desregulación moral a lo largo de todos aquellos años de crecimiento alocado. Y esta desregulación dio lugar a un abuso del que podríamos llamar pedagogía especulativa , que a su vez terminó provocando el correspondiente desconcierto educativo. El caso es que se abandonaron las virtudes sociales más elementales. El ascetismo propio de un entrenamiento duro para la vida parecía sobrante. Educaba para hacer niños felices , una idea confusa que sugería la posibilidad de una bondad banal y hedonista. Se podía predicar un vivir al día despreocupado -lo del carpe diem– porque, paradójicamente, estaba seguro que nos habíamos curado en salud para el futuro.
De hecho, ni la sociedad tradicional ni la moderna habían negado la incertidumbre. La una se defendía apelando al pasado. La otra la encaraba planificando el futuro. En cambio, la ilusión de una posmodernidad centrada en el presente se construyó sobre una gran impostura: hacer bandera de la fragilidad en la confianza que lo teníamos todo asegurado. Al final, la posmodernidad sólo ha sido un breve paréntesis de hipocresía, un tiempo de especulación social que invitaba a vivir al margen de la virtud. Lyotard, que era el padre, la había definido como un “acostumbrarse a pensar sin moldes ni criterios”. Pero treinta años más tarde, Lipovetsky se desdecía de aquellas tesis posmodernas que también había abrazado: “La idea de posmodernidad era falsa”, reconocía, y observaba las consecuencias: una hipermodernidad fundamentada en la desregulación social, una de las caras más nefastas de la que fue la estimulación hedonista.
Ahora bien, borrado ese espejismo, la conciencia de la incertidumbre constitutiva de nuestra condición humana y social nos vuelve a exigir la exploración -no hablo de imposición ni de adoctrinamiento- de las virtudes que nos han de permitir asumir dignamente . He aquí, pues, que hay que pedir a la educación, y en la escuela muy en particular, que señale criterios de orientación, que nos enseñe a manejar la brújula, para movernos en un mapa físico del que han desaparecido todas las indicaciones de falsos caminos trazados.
En Alcoi se me pregunta si este retorno a la incertidumbre no es la simple consecuencia del desmantelamiento de un estado del bienestar edificado para eliminarla hasta donde fuera posible. Buena pregunta. Improviso una respuesta. Creo que el error había sido pensar que podíamos borrar la incertidumbre estableciendo un sistema ilimitado de derechos sin deberes, que es lo que ha llevado a hacer del mismo un uso irresponsable. El estado del bienestar tiene su razón de ser a la hora de redistribuir las incertidumbres que la desigualdad social reparte injustamente. Pero cuando acaba siendo una póliza a todo riesgo y sin franquicia se hace insostenible. En este sentido, sólo una educación que asuma positivamente la incertidumbre como condición humana puede devolver todo el valor al estado del bienestar y hacer posible que siga avanzando propiciando conductas responsables, generosas y sin abusos.






