Mientras que en Europa después de la Segunda Guerra Mundial se apostó por un proyecto de integración que impidiera la repetición de los terribles conflictos bélicos del pasado, en Asia nunca se terminó de promover la conciliación entre las varias naciones combatientes y los intentos de construcción de un espacio económico y político común nunca han acabado de consolidarse.
La profundidad de la crisis iniciada en 2008, con virulentas consecuencias en la zona euro, ha puesto a prueba, y lo sigue haciendo como se revela aún en el caso de Grecia, los resortes de la alianza entre las naciones europeas, una tensión que tal vez por la solidez de los fundamentos no ha acabado de degenerar en la descomposición de la Unión ni en un enfrentamiento abierto entre las potencias que participan de los objetivos de paz y de prosperidad fijados en los tratados.
Si bien el derrumbe económica global no había tenido hasta ahora un impacto significativo en el Lejano Oriente (salvo en el Japón, que ya arrastraba una recesión desde los años noventa del siglo XX), el colapso del mercado de valores en la República Popular China al que hemos asistido este verano y las fúnebres perspectivas de crecimiento que una cesura así ha comportado, pueden intensificar la retahíla de conflictos políticos que atenazan las relaciones entre los diversos actores de la zona.
La primera cuestión afecta la estabilidad interna de la República Popular de China y de su sistema de partido único denominado comunista aunque tanto su supervivencia después de la Guerra Fría como los problemas que ahora han emergido deriven de su adhesión al capitalismo tal como la concibió el sucesor de Mao Zedong en el liderazgo del estado: Deng Xiaoping. El desvanecimiento del milagro económico chino y el empobrecimiento de amplias capas de la población podrían reforzar la oposición al régimen, sea de carácter ideológico, como se puso de manifiesto en las manifestaciones de Hong Kong del año pasado, sea de carácter nacional, con las reivindicaciones secesionistas impulsadas por varios pueblos hasta ahora ocupados por China, como por ejemplo los tibetanos y los uigures. Si a menudo el estamento político chino ha reaccionado a las amenazas internas con una mayor agresividad en relación con los conflictos que tiene abiertos en el exterior, es plausible pensar que en un escenario más agrio las probabilidades de choque con alguno de sus vecinos aumentarían: la relación más susceptible de ser objeto de una erosión es la mantenida con Taiwán, que la República Popular siempre ha reivindicado como su provincia número veintitrés, pero no es descabellado llegar a concebir una fuerte convulsión con Japón o con Vietnam por el control de varios archipiélagos en el mar de China oriental o en el mar del sur de China plenos de recursos energéticos vitales para rehacer una economía en crisis. Tanto es así que Samuel Phillips Huntington, en su famoso libro sobre el choque de civilizaciones, iniciaba su relato de un hipotético conflicto a gran escala con la ocupación por parte de China de todas las islas Spratly, un territorio con ricos yacimientos de gas y de petróleo, de soberanía ahora repartida, además de China, para Taiwán, Vietnam, Filipinas y Malasia.
Y, finalmente, el principal foco de una tensión política agravada por una fractura económica en la fábrica del mundo es sin duda la península coreana. El régimen de Corea del Norte, aunque en penuria permanente, se ha mantenido durante décadas a pesar de la liquidación del bloque socialista gracias al apoyo financiero chino. ¿Continuarán los camaradas de Beijing patrocinando las demencias de Kim Jong Un cuando se les acaben los excedentes o dejarán caer el dictador coreano y toda su camarilla con la incertidumbre que supone tener un Estado con armas nucleares fuera de control?
El estancamiento económico asiático ya tiene en la actualidad graves repercusiones sobre el crecimiento de muchas otras regiones del planeta (América Latina, África y también Europa), pero si esta nueva fase de recesión envenena aún más la política en China, las Coreas, Japón o Vietnam, los problemas de la humanidad se pueden complicar mucho.
EL PUNT-AVUI








