La aparición del fenómeno Colau en el Ayuntamiento de Barcelona nos regala muchas lecciones. Primero, que el pueblo todavía reclama liderazgos sólidos alejados de la amabilidad pediátrica de Xavier Trias. Pero nos dice sobre todo que el auge de Barcelona en Común evidencia la emergencia de una clase de indignados con poder para los que el proceso de independencia es un paso mucho menor si lo comparamos con la revolución compensatoria de los damnificados por el sistema capitalista. Colau sufrirá mucho como alcaldesa, por el simple hecho de haber inundado a sus electores con promesas muy golosas y soluciones muy fáciles a todo drama. La reacción de los votantes de Colau cuando la alcaldesa entone su primer ‘sí, se puede… pero’ puede ser de una ira antológica. La llegada de los activistas en el poder, sin embargo, es una noticia fantástica: que gobiernen es la mejor manera de recordarles que no todo es posible.
El papel bisagra de ERC hasta el 27S es la clave actual del proceso. En el Ayuntamiento, Bosch y los suyos intentarán vender el relato a partir del cual aprietan a Colau y los suyos hacia posiciones independentistas: mientras, en el Parlamento, intentarán mantener la estabilidad de CiU con un programa que los filocomunista de Barcelona quemarían por ultraliberal. Esquerra tiene el dificilísimo papel de no caer en la demagogia izquierdista más banal (la que canta la opresión de Palestina pero olvida sistemáticamente el robo de la fiscalidad española en Cataluña) y, en efecto, la obligación de acercar al independentismo a los electores que pronto se sentirán decepcionados con Colau. Esquerra no tiene que hacer de criada de los convergentes, pero tampoco debe hacer caso a Ernest Maragall pensando que la mejor manera de ayudar el proceso es destruyendo el centro-derecha catalán. Necesitamos todos los votos.
Por si la complejidad fuera poca, la monja Forcades (soberbia y envidiosa del fenómeno Colau) anunció finalmente su previsible rotura del carné monacal para encabezar una candidatura a la Generalitat, con un nuevo peligro de subsumir el debate nacional en la lucha entre la izquierda y la derecha. Tanto en el Ayuntamiento como en la Generalitat, esperemos que la demagogia no detenga la única revolución social y real que puede vivir Cataluña: la independencia.
EL TEMPS







