Los acontecimientos que se sucedieron a partir de noviembre de 2010 y que desencadenaron una sucesión de cambios en la región son un factor a tener en cuenta a la hora de analizar la situación en Oriente Medio
En un primer momento, estas revoluciones pacíficas, populares, con una alta participación de la mujer y sobre todo de sectores juveniles, toman la delantera a muchos grupos políticos, sociales o religiosos a los que el devenir de los acontecimientos, como a otros actores internacionales, les pillará desprevenidos. No obstante, la falta de liderazgo del movimiento y otras carencias acabarán pasando factura.
Así, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, las elites locales y las fuerzas extranjeras que históricamente han intentado controlar la región, maniobrarán rápidamente y sabrán impulsar una situación que algunos han definido como “el secuestro de la primavera árabe”. Los primeros reveses, que para EEUU supusieron las caídas de sus aliados locales (Ben Alí, Mubarak o Saleh) los intentará compensar por un lado con la muerte de Gadafi, la intervención en Siria contra Al Assad, e impulsará el pulso que hasta la fecha mantenían dos de los poderes regionales, Irán y Arabia Saudí.
La táctica se repite una vez más: instigar y promover cambios de regímenes en “países enemigos” de la región (Libia, Siria, Irán); engullir las revueltas, reforzar la represión, y aplicar la teoría de “divide y conquista”.
Casi cinco años después de la muerte de Mohamed Bouazzi en Túnez, he aquí algunas de las lecciones aprendidas: si las masas eligen a los islamistas, la democracia puede esperar. Los jihadistas son una fuerza en auge muy útil para derrocar “enemigos del Imperio”. Los cambios que se impulsan solo están sirviendo para reforzar al imperialismo y sus aliados en la región. Un nuevo mapa está a las puertas, y la situación de Palestina y del pueblo kurdo se apresta a aumentar su protagonismo.
La configuración de poder se ha desplazado en Oriente Medio en los últimos años, a través de tres principales tendencias estratégicas. En primer lugar, y a pesar del fracaso, el poder movilizador de las poblaciones y su descontento con los regímenes autocráticos (Túnez, Yemen y Egipto); en segundo lugar, la proliferación de guerras civiles (Libia, Siria y Yemen); y finalmente, la rivalidad entre las potencias regionales (Arabia Saudí, Turquía e Irán) en una espiral que algunos definen como “suma cero”, es decir que aunque no imponga mis intereses debo evitar que mi adversario lo logre a cualquier precio.
En primer lugar, la dimensión geoestratégica, donde los principales protagonistas, Arabia Saudí, Irán y Turquía, no dudan en utilizar su influencia en otros países para debilitar a sus rivales. Así en Líbano, Iraq, Siria y más recientemente en Yemen, asistimos a un enfrentamiento sectario impulsado por los citados actores.
En segundo lugar, la dimensión ideológica mostrará el auge y el peso que adquieren los llamados movimientos jihadistas en esta nueva realidad de Oriente Medio. Y por último, la dimensión comunal, donde se utilizarán las identidades culturales para azuzar el conflicto sectario, y sobre todo para desviar la atención sobre los verdaderos motivos socioeconómicos que genera la situación actual.
La guerra en Afganistán contra la antigua Unión Soviética sirvió para que desde EEUU y sus aliados se fomentase la formación de una organización que capitalizaría durante años el resurgir del llamado jihadismo transnacional, Al Qaeda. En septiembre de 2001, la criatura creada al amparo de dichas estrategias tomó cuerpo e inició un camino que sorprendió a sus impulsores, los ataques del 11-S mostraron una nueva estrategia en torno al jihadismo transnacional.
Desde entonces, las diferentes mutaciones de Al Qaeda, bien a través de sus propias estructuras o bien a través de las franquicias que se adhieren a su ideología, han capitalizado el protagonismo de ese mundo político y religioso.
Sin embargo, y una vez más, al amparo de la estrategia y las intervenciones occidentales en Oriente Medio, los últimos años hemos asistido al protagonismo de una nueva organización, el llamado Estado Islámico (EI).
Aunque algunos, sustentados en un desconocimiento de aquella realidad, han pretendido presentar el fenómeno del EI como algo reciente, un seguimiento de los acontecimientos que se dan tras la ocupación de Iraq en 2003 permite entender mejor la evolución y formación de esta organización.
Los diferentes cambios de nombre nos muestra la estrategia de alianzas que desde un principio ha ido forjando esta organización. Así, en 2004 se crea la Organización para el monoteísmo y la Jihad, donde el papel del jordano Abu Mussab al-Zarqawi será clave para el diseño de la ideología y su estrategia posterior. Poco tiempo después cambiará su definición a Organización de la base de la Jihad en el país de los dos ríos, conocida también como Al Qaeda en Iraq, y donde la territorialidad en torno a las zonas sunitas de Iraq será el anticipo del posterior califato.
En 2006, tras varios nombres surgidos tras nuevas alianzas con organizaciones locales sunitas y tribales iraquíes, adopta la definición de Estado Islámico de Iraq, reforzando su imagen a través de la referencia al estado islámico y a su ubicación en Iraq.
En 2013, anunciará la formación del Estado Islámico en Iraq y Levante (ISIS). La intervención en Siria es la nueva oportunidad para ampliar su base de actuación y seguir su propia hoja de ruta. Construir un califato que disuelva la frontera entre Siria y la zona de mayoría sunita de Irak. De hecho, sus dirigentes se jactan de haber deshecho las fronteras configuradas hace un siglo en torno al plan colonialista Sykes-Picot.
Y finalmente, en 2014, la proclamación del Califato viene acompañada del nombre que a día de hoy utiliza, Estado Islámico.
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