Admiro de Naomi Klein la viveza y el tono directo con el que suelta una sentencia como ésta: “Una crisis creada por la capa de los más ricos y privilegiados del mundo, decididos a endosar la factura a la gente más pobre y vulnerable de sus propios países”. Palabras que hacen que la pensadora y activista canadiense sea tildada de “poco cuidadosa” y de “poco documentada” por los analistas digamos más oficialistas, mientras que los más neoliberales no dudan en tratar a Naomi Klein de radical y demagoga. Pero es el precio que, hoy por hoy, en pleno torbellino, hay que pagar por la valentía de decir las cosas por su nombre: el neoliberalismo, pese a haber fracasado estrepitosamente, no reconoce el descalabro, no deja regular sus mercados -sólo cede, a regañadientes, algún espacio del sistema financiero- y está al acecho de imponer a los estados todos los recortes que sean necesarios para garantizar el flujo de beneficios. Como si nada hubiera pasado. Hay pues un plan trazado en base a voluntades movidas por la ideología del dinero. Como alerta Naomi Klein, la historia se configura según este tipo de decisiones humanas y no según las leyes de la naturaleza.
¿De qué manera se podría cambiar esta inercia de recorte -oficialmente, austeridad- que tanto Naomi Klein como el estadounidense Paul Krugman señalan como punto de partida de una deriva de más desempleo, incluso de deflación? Krugman ha recordado cómo a menudo los prejuicios arraigados en los poderosos -políticos, economistas- dificultan las soluciones. Y recuerda cómo entre el crash de 1929 y la aplicación del New Deal en 1933, pasaron cuatro años durante los cuales la administración del presidente Hoover permaneció atrapada por el mito del recorte y la austeridad. Simplemente porque los poderosos pensaban que así mantenían la confianza… La confianza de los que tenían más dinero y querían asegurarles, claro , y no la de los empresarios pequeños y medianos encaramados en el riesgo. Y menos aún la confianza de los trabajadores en precario o sin trabajo. Hacen falta, pues, decisiones políticas, con voluntad de cambios reales. A Krugman le preocupa que esta crisis -que ya equipara a la Larga Depresión de 1873, y en el que puede haber episodios de reactivación como la espectacular subida del PIB alemán- acabe transformando el desempleo en estructural, en bolsas de pobreza cosificadas -“excedente humano” como preveía Pere Duran Farell-, y que mientras tanto el neoliberalismo vaya adelante: “quien día pasa año empuja”… A no ser que haya, como esperan Klein y Krugman, algún tipo de decisión política. O alguna respuesta ciudadana.









