Contra las elecciones

David Van Reybrouck , un pensador flamenco formado en arqueología y filosofía, ha escrito un libro que deberían leer quienes todavía creen que la democracia y las elecciones son lo mismo. Se titula ‘Against Elections’ (1)  –con una franqueza que ya es todo un programa. ‘Contra las elecciones’.

La tesis es simple: las elecciones, tal y como las practicamos, son el enemigo de la democracia. No un enemigo menor, sino el enemigo íntimo, el que vive en casa y confunde su voz con la del propietario. Van Reybrouck no es ingenuo. Sabe que en la Atenas clásica los cargos se sorteaban y sabe que las elecciones, en origen, eran consideradas un mecanismo aristocrático. Sabe también que el sorteo deliberativo no es ninguna fantasía utópica, sino una práctica que ya funciona en Irlanda, en Bélgica, en Canadá. Asambleas ciudadanas elegidas al azar, formadas adecuadamente, deliberando sobre cuestiones concretas y produciendo recomendaciones que a menudo son más sensatas que las de los parlamentos electos. El caso irlandés es ilustrativo: cuestiones como el aborto o el matrimonio homosexual, bloqueados durante décadas por los partidos, se resolvieron tras haber sido discutidos por asambleas ciudadanas con calma y conocimiento de causa.

La idea, a partir de esto, no puede ser más directa: si queremos que los ciudadanos decidan, es necesario que decidan en serio. Y decidir de verdad significa deliberar, escuchar argumentos, cambiar de opinión si es necesario, buscar soluciones que no vengan prefabricadas por las máquinas de los partidos. Las elecciones actuales no permiten nada de esto. Las elecciones actuales son un mercado en el que se venden paquetes cerrados cada cuatro años. El ciudadano tiene derecho a elegir entre menús pre-establecidos, pero no tiene derecho a cocinar. Y si el menú no le acaba de convencer, mala suerte: tendrá que esperar cuatro años para volver a escoger entre opciones igualmente insatisfactorias.

El resultado es este que vemos y del que hablamos tanto estos días: una democracia exhausta, representantes que no representan a nadie, gobiernos sin mayorías que gobiernan por inercia o por pactos de pasillo y un electorado dividido entre la rabia y la resignación. Los partidos, mientras, se profesionalizan, se burocratizan, se convierten en máquinas de captar votos que necesitan, para sobrevivir, crear enemigos perpetuos y alimentar la polarización. No es un defecto del sistema: es el sistema, el propio sistema. Las elecciones competitivas producen división por diseño.

Van Reybrouck propone una alternativa: complementar –no sustituir– las elecciones con mecanismos de decisión política por sorteo. Cámaras altas parlamentarias creadas por el azar de un sorteo, asambleas ciudadanas con poder vinculante, jurados de ciudadanos para debatir cuestiones complejas. La idea es devolver a la política una suerte de sentido común que las elecciones han expulsado. Porque una asamblea de cien personas sacadas al azar, bien informadas y bien facilitadas, suele llegar a conclusiones más sensatas que cien diputados electos obsesionados con la siguiente campaña electoral y su futuro profesional.

¿Es una propuesta radical? Sí, si por radical entendemos –como nos enseñó Sartre– no extremista sino la que va a la raíz del problema. Pero es también una solución constructiva, porque no pretende derribar nada, sino añadir nuevos estratos de participación real. No es cuestión de abolir los parlamentos sino de completarlos con instancias que no estén sometidas a la lógica electoral. Instancias donde la gente pueda pensar sin miedo a perder votos –porque nadie la ha elegido ni la elegirá nunca– y donde el consenso sea un objetivo y no una debilidad.

La resistencia de la política profesionalizada a estas ideas es comprensible. Quienes viven de la política electoral –y hay muchos– ven en esto una amenaza. Quienes creen que la democracia es votar cada cuatro años y nada más se sentirán desorientados. Pero el malestar actual no se resolverá repitiendo los mismos gestos. Un gobierno sin mayoría que sigue gobernando es el síntoma de un problema más grave: un sistema que ha perdido la capacidad de producir soluciones legítimas.

Van Reybrouck no ofrece recetas mágicas. Sobre esto, su libro es muy claro. Pero nos recuerda algo que deberíamos saber: la democracia no nació con las elecciones y quizá no muera. Pero si queremos salvarla, habrá que imaginarla de otra manera. Porque seguir haciendo las mismas cosas esperando resultados diferentes, como decía alguien el otro día en uno de los comentarios, es definición de locura. Y locura democrática ya tenemos suficiente.

[Un apunte final. Durante la revolución democrática catalana se habló mucho de estos temas, y se ensayaron proyectos muy interesantes, como el ‘Procés Constituent’, que sin embargo no despertaron el entusiasmo necesario. Quizás nos fijemos en ello mucho más, y que cambiarlo todo sea la manera de hacer, simplemente, el cambio.]

(1) https://www.penguinrandomhouse.com/books/645360/against-elections-by-david-van-reybrouck/

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