El reconocido politólogo Bertrand Badie del Institut d’Études Politiques de París es de los que han vinculado más y mejor la llamada Primavera Árabe al proceso de humillación al que estos pueblos han sido sometidos históricamente. Badie descarta, pues, la idea del choque de civilizaciones, porque en las revueltas no ve tanto componentes culturales o religiosos -por lo demás, muy heterogéneos dentro del islam-, como factores de tipo económico. Es decir, se trataría, sobre todo, de una revuelta en contra de una opresión social que sumaría humillación con falta de perspectivas. Y por cierto, hablando de humillación, esta idea también ha sido utilizada estos días en algunos análisis como explicación del hecho de que la extrema derecha parafascista haya irrumpido con tanta fuerza en el Parlamento griego. Sí: la humillación que Europa -y sobre todo Alemania- habrían infringido a Grecia mientras se hundía todo horizonte razonable de salida de la crisis.
También es Bertrand Badie quien, en una entrevista en Le Monde de finales de 2009, explicaba por qué la movilización en defensa de la propia identidad tiene una fuerza tan grande, y en todo el mundo, en periodos de crisis. En momentos de falta de referencias y con sentimientos de amenaza, se ponen todas las angustias y todas las esperanzas en el refugio identitario. De hecho, en 1979, Isaiah Berlin, en referencia al nacionalismo del último tercio del siglo XX -“uno de los movimientos más poderosos que funcionan en el mundo de hoy”, decía-, ya advertía que pocos movimientos o revoluciones tendrían alguna oportunidad de éxito a menos que fueran de la mano (véase: “Nacionalismo. De su menosprecio en el pasado y su importancia actual”, en Nacionalismo, Tándem Ediciones, 1997). Y encontraba necesario explicar cómo era que los pensadores sociales más penetrantes no se hubieran dado cuenta. Berlin, que definía el nacionalismo en unos términos parecidos a lo que llaman movimientos identitarios -el término nacionalismo sigue produciendo un embarazo indecible, también coincidía con Badie en que atribuía la exasperación nacionalista al desprecio a que se ve sometido el grupo social, “resultado de un orgullo herido y de un sentimiento de humillación en sus miembros más conscientes, que llegado el momento produce rabia y autoafirmación”.
Existe, por tanto, la humillación por un lado y la falta de horizonte por otro, como desencadenantes de los movimientos más importantes de cambio social de los siglos XX y XXI. Pero esto es bastante habitual en la historia de la humanidad, y en cambio no siempre deriva en reivindicación nacional o, como dicen algunos, en pulsión identitaria. ¿Qué más hay? Pues según el intelectual letón muerto en Oxford en 1997, hay algún factor de unificación, como la lengua, e “ideas y sentimientos que relativamente articulados en la cabeza de los individuos más educados y más preocupados por las cuestiones sociales e históricas” y, aunque menos articulados, también presentes en la mayor parte de la población.
¿Y cómo lo tenemos los catalanes? Primero, anotamos el fracaso político del Estatuto de 2006 y el descrédito de los últimos dirigentes autonómicos en Baleares y la Comunidad Valenciana, que junto con la gravísima crisis económica, nos han robado el horizonte de autogobierno. Sumemos, después, la larga historia de humillación lingüística y cultural, además de la depredación económica que no cesa, en que parecen especialmente obsesionados: más expolio fiscal, más depredación cultural y más agresión lingüística, bien ejemplificados en la reciente y brutal provocación de Bauzá hacia la enseñanza del catalán en las escuelas baleares. Y, a todo esto, añadan los sentimientos y las ideas largamente articuladas de las minorías políticamente conscientes, muy preocupadas por la prosperidad del país, al menos desde Joan Fuster, del que estos días celebramos los 50 años de su ‘Nosaltres, els valencians’. Por consiguiente, tenemos todos los ingredientes. Que entonces nadie diga que ha sorprendido el final de esta historia. Como dirían los entendidos, será de manual.







