Desde hace unos meses sigo con atención la página Heterodox Academy (www.heterodoxacademy.org), editada por un grupo de académicos norteamericanos preocupados por la diversidad ideológica en las universidades, especialmente en el campo de las ciencias sociales. Defender la diversidad es un principio liberal, es decir, propio de los que estiman la libertad. Ahora y aquí, el uso de la palabra liberal –y ultraliberal– para referirse a las derivas desreguladoras del sistema económico capitalista oscurece su sentido. Pero en el contexto en el que se mueve Heterodox Academy, su liberalismo le sitúa inequívocamente en el mundo que aquí y allá entendemos como progresista.
Pues bien: a primeros de este mes de mayo ha difundido un artículo de Nicholas Kristof, un columnista independiente del The New York Times, en el que se aborda la cuestión. Las universidades norteamericanas, muy sensibles a la corrección política en favor de la diversidad de género, de etnia o de orientación sexual, en cambio, no son nada respetuosas con la diversidad ideológica y religiosa. Algunos estudios muestran que la proporción de profesores políticamente republicanos en Humanidades se sitúa entre el seis y el once por ciento, y en ciencias sociales, entre el siete y el nueve por ciento. En algunos campos, como en sociología o antropología, no pasan del dos por ciento. Un sociólogo negro y de confesión evangélica, George Yancey, hace la siguiente reflexión: “Fuera de la universidad, tengo problemas por el hecho de ser negro. Pero dentro de la universidad, los problemas los tengo por ser cristiano”.
La cuestión planteada por Nicholas Kristof también es de una gran relevancia trasladada a nuestro contexto intelectual y académico. En primer lugar, y aunque sólo sea por aquello del “mal de muchos, consuelo de tontos”, pone en evidencia que la mayor parte de los desafíos que tenemos planteados en nuestro país no son consecuencia de nuestra particular miseria cultural y política, sino que tienen –como a estas alturas, casi todo– una dimensión global.
Cada vez que oigo a alguien quejarse añadiendo aquello de “eso sólo pasa en nuestro país”, trato de contrastarlo con buena información y siempre suelo llegar a la conclusión de que lo que realmente nos diferencia del resto del mundo, precisamente, es que somos los únicos que pensamos que hay desgracias que sólo nos pasan a nosotros.
Porque –y esta es la segunda cuestión que destacar– el diagnóstico de Kristof es perfectamente aplicable a nuestros centros académicos y a la gran mayoría de organizaciones de tipo artístico, cultural e intelectual. Si hacemos caso de las tomas de posición públicas de los que influyen en la opinión de los ciudadanos, es decir, de profesores universitarios, músicos, cineastas, escritores, artistas plásticos o periodistas, aquí todo el mundo es progresista. Tanto, que no nos puede extrañar nada que en las encuestas de opinión la gran mayoría de la ciudadanía se sitúe a la izquierda. En el último Barómetro del CEO de marzo del 2016, sólo el 9,3 por ciento de los encuestados se autodeclaraban a la derecha en un eje político imaginario. Otra cosa, claro está, sería considerar el grado de consistencia de este progresismo de opinión cuando se traslada a las prácticas sociales. Pero este ya es otro tema.
En cualquier caso, y en tercer lugar, lo más relevante es que sea desde el sector liberal y progresista que se denuncie la arrogancia de su propia hegemonía. La crítica del sesgo progresista de las instituciones educativas es lo que hace consistente y creíble el talante liberal –insisto, a favor de la libertad– que caracteriza o que debería caracterizar al progresismo. El propio Kristof reprocha la frecuente actitud de los supuestos progresistas que traicionan su posición adoptando un punto de vista iliberal, cerrando el paso a los conservadores y a todo aquel que no piense de la misma manera. Irónicamente, escribe: “Los progresistas creemos en la diversidad y nos gusta compartir mesa con las mujeres, los negros, el latín, los gais y los musulmanes… con tal que no sean conservadores”.
Aunque no conozco estudios hechos en nuestro país como los que menciona Kristof, estoy convencido de que la situación en nuestras universidades es idéntica. Y me apunto con energía, como liberal de izquierdas que siempre me he considerado, a denunciar también esta hegemonía del progresismo iliberal, autoritario y arrogante, que impone su criterio y no deja espacio para la confrontación libre de ideas. Una limitación que a quien primero perjudica es al propio progresismo, que por falta de debate se va empobreciendo y se vuelve intelectualmente mediocre y cerrado. Por poco que te desvíes de la hegemonía impuesta, o eres un fascista o eres un terrorista. Y aquí se acaba la discusión. Que en un país como el nuestro haya seis veces más de personas que se sitúan a la izquierda que a la derecha puede querer decir muchas cosas. Pero me temo que ninguna buena.
LA VANGUARDIA







