El conocimiento científico a veces cambia por algún hecho empírico imprevisto, pero sobre todo lo hace cuando cambian las ideas, los marcos conceptuales desde los que pensamos lo que percibimos por los sentidos. De hecho, vemos con la mente. Es a partir de los marcos conceptuales, del lenguaje, como organizamos lo que sabemos y proponemos sobre la realidad. En este sentido, la señal reciente de ondas gravitacionales detectado por dos interferómetros era esperado desde hacía un siglo, y es, pues, otra confirmación de la mejor teoría que tenemos sobre el Universo.
Los lenguajes entre los que vivimos los humanos participan en cómo vamos conformándose como personas, pero nunca son neutras ni todos pesan igual en términos de rigor. Las grandes palabras dotadas de vocación legitimadora, como verdad, justicia, libertad, democracia, esconden a menudo sombras epistemológicas y morales tras la onda expansiva de su propia abstracción. Para pensar mejor es útil ser conscientes de los límites que arrastran los mapas y las brújulas intelectuales con los que tratamos de avanzar. Me centraré aquí en la noción de verdad.
En el mundo de la ciencia todo cambió cuando se pasó del estadio exclusivo de la mera observación al de la experimentación. La observación fue muy útil en algunas disciplinas, como la astronomía, desde los tiempos de los mesopotámicos y de la ciencia helenística. Pero en física, donde los fenómenos y movimientos son aún más complicados que los de los planetas y las estrellas, no fue hasta el siglo XVII cuando se dispuso de teorías solventes basadas en la experimentación. Hay, por tanto, una continuidad que enlaza el lenguaje y las actitudes de cuantificación y matematización de los experimentos de Galileo con la investigación actual sobre la gravedad cuántica.
Cuando los investigadores se dan cuenta de lo que representan las nuevas ideas que han establecido, a menudo les asalta la sorpresa. Newton se quedó perplejo tras formular la gravitación universal -que unificó las leyes de la física y la astronomía (la fuerza que hace caer los cuerpos al suelo es la misma que atrae planetas y estrellas)-. ¿Cómo se producía la acción de la gravedad entre cuerpos distantes? De hecho, a él mismo esta idea le parecía bastante absurda. Maxwell sufrió una sacudida mental cuando vio que la velocidad de las ondulaciones del campo electromagnético coincidía con la velocidad de la luz: ¡no podía ser casualidad! Darwin, antes de que se formulara el procedimiento de la herencia genética del ADN, estaba muy intrigado sobre cómo se producía la selección natural subyacente a la evolución de la vida. Y Einstein quedó cautivado cuando estableció que el rasgo fundamental de la relatividad es que el espacio y el tiempo no son paisajes separados, escenarios en los que se ubica todo lo que pasa en el Universo, sino que el espacio-tiempo es un aspecto del campo gravitatorio, del Universo físico mismo. Ahora, por primera vez, los humanos hemos detectado ondas gravitacionales asociadas a la perturbación espacio-temporal producida por la interacción de dos agujeros negros. Una predicción de la teoría de la relatividad general formulada por Einstein en 1915.
Detengámonos un momento en la noción de tiempo y en cómo la perciben nuestros cerebros. El tiempo supone a la vez una fuente de fascinación y de incomodidad intelectual para los humanos que reflexionan sobre el mismo. A partir de Minkowski, de Poincaré y de Einstein, sabemos que el espacio y el tiempo constituyen una entidad conjunta, el espacio-tiempo. El tiempo se entiende aquí como una dimensión espacial más. Pero tenemos dificultades para comprenderlo. No acabamos de entender por qué captamos tres dimensiones espaciales y sólo una de temporal. En contraste con las dimensiones espaciales, estamos intuitivamente acostumbrados a captar el tiempo como una corriente, como un flujo que sólo va hacia delante. La realidad sería muy diferente con dos o más dimensiones temporales: nada nos obligaría entonces a avanzar en el tiempo. La física también sería diferente a como la conocemos. Y aquí siempre aparece la incógnita de si la raíz de todo ello reside en las limitaciones epistemológicas de nuestros cerebros.
Hacer investigación científica es constatar permanentemente los límites de nuestro conocimiento, de nuestros lenguajes. Lejos de ser un conjunto de disciplinas arrogantes, como a veces algunos manifiestan, la ciencia no sabe del todo si los paradigmas en los que trabaja son correctos. Siempre vive en el límite del conocimiento, lo que quiere decir vivir los límites del conocimiento mismo. Ante las ideas ciertamente arbitrarias que defienden, por ejemplo, las religiones o las filosofías dogmáticas -con una pretendida seguridad que resulta sorprendente por poco que uno se aleje de ellas críticamente-, las ideas de la ciencia incluyen siempre el reto de demostrar que no son ciertas.
Hacer o seguir la investigación científica significa vivir en el límite de las ideas, en la frontera del conocimiento. Reflexionar sobre esta frontera crea paradojas. Por ejemplo, usar la metáfora de la flecha del tiempo cuando hablamos del segundo principio de la termodinámica (aumento de la entropía) no significa que acabemos de captar bien qué significa exactamente que la entropía del Universo siempre aumente. En este sentido, me gustan por su sentido crítico e irónico las palabras del físico Arnold Sommerfeld sobre la termodinámica: “La primera vez que la estudiamos no entendemos nada. La segunda vez, pensamos que lo hemos entendido, excepto uno o dos aspectos menores. La tercera vez, nos damos cuenta de que no lo entendemos, pero estamos ya tan acostumbrados que este hecho ha dejado de importarnos”.
Los humanos vivimos en el interior del lenguaje. Vivimos en medio de mares de palabras, de océanos de abstracciones. Creo que uno de los mejores regalos que podemos hacernos a nosotros mismos es procurar aumentar la riqueza de los lenguajes en los que vivimos. Leer, conversar, viajar, escribir, aprender lenguas permite refinar conceptos, ampliar perspectivas, mejorar argumentos. Son actividades que amplían horizontes y que facilitan la capacidad de pluralizarnos.
Si la ciencia suministra las mejores respuestas provisionales a determinadas preguntas es porque son las respuestas más plausibles, no porque sean las respuestas verdaderas. Aparte de sus métodos y técnicas, en plural, y de su carácter intersubjetivo basado en el razonamiento y la experimentación, la superioridad intelectual de la ciencia se basa en su deseada provisionalidad.
Y cuando se habla de límites, siempre reaparece Kant. El motor del conocimiento, nos dice, se encuentra en el contraste entre lo que nos preguntamos y lo que no podemos responder. Y creo que nunca está de más recordar aquí a Bertrand Russell (‘Mi concepción del mundo’): “Si uno está seguro de lo que sea, está equivocado, ya que no hay nada merecedor de una certeza absoluta. Todos deberíamos considerar la posibilidad de añadir a nuestras creencias un determinado elemento de duda y ser capaces de actuar enérgicamente a pesar de esta duda”.
ARA







