Comunismo y decrecimiento para evitar la barbarie

25 de marzo de 2025

Reseña crítica de ‘Slow Down: How Degrowth Communism Can Save the Earth’, de Kohei Saito

Cuando me topé con la reciente edición inglesa del último libro de Kohei Saito inmediatamente me sorprendió leer en la portada “The International Bestseller”. También había una frase elogiosa de Slavoj Žižek, reconocido «marxista-lacaniano» y cuyos posicionamientos políticos suelen ser infumables. ¿Cómo puede ser que un libro que habla de comunismo y decrecimiento sea un éxito de ventas? Sucumbí al reclamo publicitario, compré la edición de bolsillo y me sumergí en la lectura de la obra, un manifiesto político que se digiere muy bien y que es realmente interesante, aunque contiene numerosas incoherencias y puntos de vista criticables.

Una crítica al capitalismo verde y al optimismo tecnófilo

Empecemos por los puntos fuertes de la obra. Kohei Saito analiza de manera incisiva, siguiendo la mejor tradición marxista, los intentos que desde diferentes posicionamientos políticos se han realizado hasta ahora para hacer frente a la crisis climática que tenemos encima sin por ello cuestionar el sistema capitalista que es su causa fundamental, hasta el punto de que provocativamente afirma que “el ecologismo es el opio de las masas”. En primer lugar, Saito apunta contra el supuesto ecologismo asumido desde posiciones liberales en Occidente, que pretende avanzar hacia la electrificación y descarbonización sin renunciar al modelo de consumismo a gran escala que se ha impuesto en las áreas centrales del capitalismo avanzado (el «modo de vida imperial»). A través de un discurso aparentemente implicado en reducir drásticamente las emisiones de gases contaminantes, constata Saito, este ecologismo liberal enmascara una realidad en la que el llamado Norte Global es el gran responsable de la emisión directa de CO2, pero también de la contaminación de los grandes centros industriales del Sur global donde las corporaciones del Norte pueden externalizar los costes medioambientales y extraer plusvalía a través de la sobreexplotación de la clase trabajadora de la periferia capitalista para alimentar los grandes mercados del norte. En definitiva, los países del norte presumen de ser pioneros en la adopción de medidas medioambientales (a través de la aplicación de tecnología y de la externalización de los procesos productivos altamente contaminantes e intensivos en mano de obra barata) mientras acusan a los países del sur, donde sus empresas explotan, contaminan y expolian impunemente, de no hacer lo suficiente.

Sin embargo, el capitalismo, basado en la expansión ilimitada y la utilización cada vez mayor de recursos naturales finitos, choca con su último límite. Como afirma Saito: «No importa si el capitalismo parece funcionar perfectamente bien; siempre habrá un límite final a lo que está disponible para la explotación en la Tierra (1)». A medida que se agotan los recursos extraídos de la periferia y las fronteras a partir de las cuales se puede explotar mano de obra barata se difuminan, la ausencia de un «afuera» donde externalizar y expoliar significa un golpe mortal para el capitalismo; sin posibilidades de externalización, la tasa de beneficio cae y la acumulación de capital a nivel global no puede proseguir. El capitalismo verde, cuya mejor síntesis programática es la cortina de humo que son los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), se basa en el autoengaño de pensar que el capitalismo puede seguir funcionando como si nada, con energía limpia y sin renunciar al ‘modo de vida imperial’, en las nuevas condiciones que ha creado su tendencia intrínsecamente destructiva y depredora.

En segundo lugar, Saito subraya las contradicciones del keynesianismo verde sostenido por la izquierda progresista. ¿Puede esperarse que, sin ningún tipo de regulación, a través de planes de inversión pública masivos en el desarrollo de nuevas tecnologías y la extensión de energías limpias, el capitalismo podrá tener los estímulos necesarios para crecer a un ritmo sostenido y al mismo tiempo avanzar hacia un horizonte de cero emisiones en las próximas décadas? La respuesta que da Saito es negativa. El crecimiento económico va asociado al crecimiento del consumo de mercancías, por lo que sería necesaria una mejora espectacular en la eficiencia tecnológica para que este crecimiento implicara una reducción drástica de la emisión de gases contaminantes. Por otra parte, para que esta eficiencia productiva no fuese acompañada de una eliminación masiva de puestos de trabajo (y por tanto de la miseria generalizada), serían necesarios ulteriores estímulos para el crecimiento económico, que harían aumentar los consumos de mercancías y energía. El hecho de que algunos países del Norte Global consigan aparentemente la cuadratura del círculo consistente en crecer económicamente mientras se reducen las emisiones de CO2 se debe, como apunta Saito, a la externalización de las actividades productivas hacia otros países y al mantenimiento del control sobre las cadenas de valor globales que fluyen hacia los centros del capitalismo avanzado. Debería ser algo de sentido común a día de hoy, pero vale la pena reproducir un fragmento de la obra para tener claro de qué nos habla el autor cuando sostiene la imposibilidad de tal conjunción:

“El crecimiento económico durante el siglo XX sólo fue posible mediante el uso de enormes cantidades de combustibles fósiles. El crecimiento económico y el consumo de combustibles fósiles están íntima e inextricablemente ligados y, por tanto, los combustibles fósiles no se pueden sustituir por energía verde. Mantener el mismo nivel de crecimiento económico que antes y, al mismo tiempo, reducir las emisiones de dióxido de carbono es físicamente imposible (2)”.

Sin embargo, se promueve la ficción de la electrificación y la desmaterialización como soluciones que harán posible que en el futuro se puedan combinar altos ritmos de crecimiento económico sin contaminación. Así, se supone que debemos esperar a que el propio capitalismo, con su eterna capacidad de innovación e inventiva, nos salve del desastre, en último término con la intervención de las Tecnologías de Emisiones Negativas, aunque se desconozcan los efectos irreversibles que estas últimas pueden tener sobre los equilibrios del planeta. Obviamente, como nos recuerda Saito, se olvida fácilmente que los desarrollos del capitalismo tecnológico supuestamente ‘eco-friendly’ conllevan el aumento del consumo energético y una extracción voraz de minerales y materias primas necesarios para alimentarlo; una extracción apoyada, cabe decirlo, en el marco de relaciones imperialistas dominadas por Occidente.

En tercer lugar, Saito se muestra bastante crítico con las teorías del decrecimiento, las cuales, priorizando casi de forma absoluta un enfoque basado en el cambio en los estilos de vida y la reducción drástica del consumo, no habrían tenido suficientemente en cuenta la perspectiva de la producción en sus análisis, como tampoco habrían considerado nunca como una cuestión fundamental la necesidad de sobrepasar el capitalismo. En este sentido, la crítica de Saito se basa en la imposibilidad de conjugar los términos antitéticos de decrecimiento y acumulación capitalista. Es necesario pues recuperar la alternativa histórica que es el comunismo e injertarla con el principio de la necesidad del decrecimiento.

En cuarto lugar, Saito ataca directamente la perspectiva aceleracionista por su confianza ilusoria en la que el desarrollo tecnológico debe llevar necesariamente a un futuro comunista basado en la abundancia material. Nada indica esta necesidad histórica. De esta forma, el aceleracionismo es calificado por Saito como una manifestación más, desde la izquierda, del ‘wishful thinking’ tecno-optimista que caracteriza nuestro tiempo. En realidad, en palabras de Saito, «la tecnología acaba suprimiendo y expulsando la posibilidad de crear una forma de vivir completamente diferente ante la crisis inminente, de formar una sociedad realmente independiente de los combustibles fósiles (3)». La solución pasaría por prescindir de las tecnologías cerradas dominadas por las grandes corporaciones capitalistas y apostar por el desarrollo de tecnologías abiertas controladas por la comunidad (por ejemplo, a través de comunidades energéticas). La cuestión es sin embargo, cómo evitar que estas últimas pasen a ser también dominadas por las grandes corporaciones capitalistas (la forma en que se está produciendo el desarrollo de las energías renovables, capitalizado en gran medida por grandes energéticas, es suficientemente ilustrativa al respecto). Otra cuestión que tampoco aclara Saito es cómo conciliar el desarrollo democrático y comunitario de estas tecnologías con el hecho de que los materiales necesarios son escasos y su explotación y comercialización controlada por grandes corporaciones internacionales.

¿Un Marx productivista contra un Marx decrecentista?

Kohei Saito insiste en enmarcar sus puntos de vista en las tesis del último Karl Marx, lo que desde mi punto de vista es un error. El autor separa la obra teórica de Marx en dos etapas fundamentales, marcadas por una fuerte ruptura. Si el primer Marx partiría de la creencia en el progreso histórico y en el papel progresivo que juega el capitalismo por el hecho de crear las bases materiales necesarias para el advenimiento del comunismo, el último Marx pondría en duda estas premisas y dejaría de lado las grandes líneas teleológicas para fijarse en realidades que prefigurarían el comunismo (el ‘mir’ de Rusia, las tierras comunales que aún sobrevivían de forma esparcida, las estructuras económicas tradicionales destruidas por el colonialismo europeo…). Si el primero sería un Marx eurocéntrico y productivista, el último sería un Marx que incorpora la perspectiva de los pueblos colonizados y centraría sus preocupaciones en la destrucción del medio natural que implicaba el desarrollo del capitalismo. En efecto, a través del concepto “metabolismo” Marx establece que los seres humanos tienen una relación simbiótica con el medio natural a través del trabajo y que el capitalismo, a partir de su naturaleza explotadora y depredadora, destruye las bases de esa relación. En cualquier caso, sin querer entrar en debates y cuestiones que corresponden a la marxología académica, en primer lugar es dudoso que la obra de Marx se pueda dividir de forma tan arbitraria, desestimar una etapa para pasar a reivindicar exclusivamente la otra. En segundo lugar, Marx era un hombre de su tiempo y no era ajeno a la confianza generalizada en el progreso, que traslada a su teoría general de la historia, hecho que no quiere decir que la asociación entre comunismo y necesidad histórica fuera tan automática como se quiere creer: en este sentido, Marx no separa nunca el avance hacia el comunismo de la lucha de clases y, por tanto, de la formación del sujeto revolucionario del que era componente esencial. En tercer lugar, el Marx ‘decrecentista’ que nos presenta Kohei Saito se basa mayoritariamente en notas tomadas en el estudio de las ciencias naturales o en la mitificada carta a la revolucionaria rusa Vera Zassúlitx, en la que Marx considera la posibilidad de que el ‘mir’ (*) comunal pudiera convertirse en la base para un futuro socialista sin tener que pasar por el desarrollo capitalista. Lo problemático no es que se considere la importancia de estas fuentes para tener presente la complejidad del pensamiento de Marx, sino que se sostenga que tienen más valor que todo lo que Marx publicó en vida y después de la muerte (por intermediación de Engels). Por último, habría que preguntarse por qué tanta molestia en querer buscar una especie de fuente de legitimidad en lo que dijo Marx literalmente: la riqueza del pensamiento marxista es precisamente que constituye un método de análisis de la realidad y de praxis revolucionaria que puede aplicarse en todo momento. Difícilmente a mediados del siglo XIX se podía percibir el callejón sin salida ecológico al que nos ha conducido el capitalismo.

Aunque, bien mirado, quizás la fijación en esta pretendida ruptura se relaciona con otra constante de la obra: la denuncia del comunismo soviético como «totalitarismo productivista». De este modo, si el comunismo soviético tomaría como referente el primer Marx –simplificado–, el de la necesidad histórica, el comunismo decrecentista que sostiene Saito podría referenciarse cómodamente en este segundo Marx mitificado. Obviamente, se pasa por alto que el «productivismo» soviético no se relaciona tanto con una cuestión programática como con el hecho de que Rusia era un país semi-periférico de la economía-mundo capitalista, codiciado por la predación capitalista: el desarrollo de la Rusia revolucionaria y de la URSS está totalmente condicionado por la necesidad de defender el proceso revolucionario en un contexto en el que las potencias imperialistas asediaban a la Rusia soviética por todos los lados. El marxismo es teoría, pero es también y sobre todo praxis. El marxismo-leninismo no puede interpretarse como una especie de deformación monstruosa del «peor» Marx; es el desarrollo concreto del proyecto revolucionario comunista en unas circunstancias concretas y determinadas, con todos sus logros y defectos. No existe un Marx puro y una tradición marxista libre de culpa, como tampoco existe un Marx impuro y una tradición marxista totalitaria que se relaciona inextricablemente con él. Caer en este tipo de deformaciones es típico del idealismo pequeñoburgués.

¿Qué comunismo?

Una vez valoradas estas cuestiones más metodológicas, ¿en qué debe fundamentarse el comunismo de decrecimiento? En la transición hacia una economía basada en el valor de uso, en la reducción de la jornada laboral, en la abolición de la división uniformizadora del trabajo (para recuperar su creatividad y abolir sus formas más alienantes), en la democratización de los procesos de producción, en la priorización del trabajo esencial y la eliminación del trabajo superfluo. En definitiva, según Saito, “con la democratización y la desaceleración de la producción, se puede curar la fractura en la interacción metabólica entre los humanos y la naturaleza (4)”. Hasta aquí no encontramos muchas cosas que objetar. Ahora bien, no deja de ser curioso que en el comunismo propuesto por Saito no existe expropiación, ni socialización de los medios de producción, no hay eliminación de la propiedad privada, tampoco hay un sujeto revolucionario claro que tenga que construir ese horizonte. Se hace referencia al borroso e impreciso 99%, al virtuosismo de la generación ‘Z’ (supuestamente mejor y más capacitada que las anteriores), a luchas ciudadanas y reivindicaciones más o menos radicales de los nuevos movimientos sociales, pero raramente se menciona la lucha de clases y no se considera en ningún momento al sujeto revolucionario como factor decisivo.

El comunismo de Saito es una tercera vía. Descartada la vía revolucionaria-política tradicional (más allá de alguna referencia imprecisa a ejemplos de desobediencia civil), la base estructural sobre la que debería construirse sería la extensión de los comunes o bienes comunales. Los comunes, destruidos por la acumulación capitalista originaria, se caracterizaban por la abundancia y por la preeminencia del valor de uso, por ser una forma de riqueza abierta, de libre acceso y de propiedad comunal; en su lugar el capitalismo dejó escasez, explotación del trabajo, circulación de mercancías y acaparamiento de riqueza por parte de unos pocos. Lejos de circunscribirse a los primeros tiempos del desarrollo capitalista, Saito sostiene que la lógica depredadora de la acumulación originaria continúa en las etapas posteriores (como acumulación por desposesión), por lo que uno de los factores de la acumulación de capital es la fagocitosis (**) y destrucción de formas de organización humanas.

Debemos esperar pues que la fuerza que se supone que van a tomar los comunes como nueva lógica social organizativa acabará desbordando, por sí misma, el capitalismo sin destruirlo, que se impondrá de manera plácida y pacífica. De este modo, el comunismo sería según Saito, siguiendo la estela de Zizek, «el intento consciente de reconstruir los comunes –conocimiento, naturaleza, derechos humanos, sociedad– desmantelados por el capitalismo (5)». El propio desarrollo del estado del bienestar durante el siglo XX sería un intento, orientado y organizado por el Estado, de reconstruir estructuras de bienes y servicios comunales destruidas por el desarrollo capitalista. El neoliberalismo puso fin a este intento y Saito afirma que no tiene sentido plantearlo de nuevo, puesto que la organización de los servicios públicos a esta escala tienen una naturaleza jerárquica que está en contradicción con la naturaleza horizontal y democrática de los comunes. Sin embargo, considerando que el capitalismo logró desmantelar estas estructuras durante su fase neoliberal, no queda nada claro cómo podrían volver a imponerse a nivel micro-social y de forma horizontal si el Estado-nación (que no ha desaparecido como algunos felizmente pretenden) sigue jugando el rol de fuerza de choque al servicio del capital.

De forma muy sintética, el concepto «comunes» puede hacer referencia a una forma organizativa (que nada tiene de ideal y que se combinaba con formas de explotación del trabajo productivo y reproductivo) desaparecida bajo la presión brutal del despliegue histórico del capitalismo o a una forma organizativa eternamente recreada bajo nuevas formas y de naturaleza radicalmente democrática. Evidentemente, la recuperación concreta de los comunes en la primera acepción no tiene ningún sentido ni coherencia histórica; Saito nos pretende hacer creer que la próxima revolución se caracterizará por la imposición gradual e inevitable de los comunes, por la fuerza imparable de las mayorías sociales que sustentarán su desarrollo y crecimiento.

Pero, dado que las tesis de Saito se orientan fundamentalmente al público de un Occidente (contando Japón, obviamente) altamente urbanizado y con escasas reminiscencias de experiencias comunales en su sentido histórico, ¿cuáles son las referencias concretas de la construcción de estos comunes modernos? Saito las encuentra en diversas experiencias de gestión comunitaria y municipal de servicios básicos, en la gestión comunitaria de energías renovables abiertas y en las luchas campesinas del Sur global, que deberían informar e inspirar también las nuevas formas de organización urbanas. También añade, en el ámbito de la producción, el establecimiento de cooperativas de trabajadoras y la cogestión obrera de las empresas (siguiendo el ejemplo de Alemania, en el que también se refleja Thomas Piketty). Consciente de que estas formas más democráticas de gestión de las empresas no significan la eliminación de la competencia capitalista ni tampoco la posibilidad de que puedan ser engullidas por esta misma competencia, Saito sostiene sin embargo que al menos fomentan la cooperación entre trabajadoras y posibilitan que puedan intervenir directamente en la toma de decisiones de la empresa. Sin embargo, si hablamos de la cogestión obrera, la experiencia Alemania no es precisamente una muestra que pueda inducirnos al optimismo: quizá en su momento implicó mejoras materiales y puso frenos al despotismo patronal, pero también implicó la domesticación de los sindicatos y el movimiento obrero alemán, a cambio de poco. No debemos olvidar tampoco que se aplicó en un contexto en el que la correlación de fuerzas era muy diferente y que la burguesía industrial alemana se avino para conjurar el peligro del comunismo.

En cuanto a las cooperativas de trabajadoras, no hace falta decir que están sometidas a límites evidentes: sólo significan una parte muy reducida del tejido empresarial y, aunque fomenten la resiliencia y la democracia interna, también pueden implicar la aceptación de formas de auto-explotación y de explotación de otras trabajadoras asalariadas, además de estar siempre sometidas a la tentación de evoluciones hacia formas de funcionamiento más propias de la empresa capitalista convencional. De hecho, el debate sobre el papel del cooperativismo no es nuevo y puede encontrarse en las diferentes tendencias del socialismo del siglo XIX. El revisionista Eduard Bernstein, ya a finales de siglo XIX, estaba plenamente convencido de que la participación de los sindicatos en la gestión de la empresa y la extensión de las cooperativas lograrían transformar el capitalismo e impulsar el socialismo desde su interior, sin necesidad de una revolución que le pusiera fin. Rosa Luxemburgo creía, acertadamente, que sus tesis revisionistas sólo contribuían a alejar el horizonte de la revolución social y a subordinar el movimiento obrero a los intereses del capital. Sea como fuere, queda por saber cómo se podrían imponer estas formas en el marco de una competencia capitalista descarnada y sin el apoyo (y la capacidad normativa y coactiva) del Estado.

Si bien es cierto que el propio Marx valoraba en su momento de manera muy positiva el crecimiento de las cooperativas de trabajadores, en el que veía la aplicación del principio de la asociación de productores libres e iguales y una manifestación que el desarrollo del capitalismo llevaba involuntariamente a la aparición de formas de organización que preludiaban el socialismo, también advirtió a los obreros que «el sistema cooperativo, restringido a las diminutas formas que pueden elaborar los esclavos asalariados individuales a través de sus esfuerzos, nunca transformará la sociedad capitalista. Para convertir la producción social en un sistema grande y armonioso de trabajo cooperativo libre, se necesitan cambios sociales generales, cambios en las condiciones generales de la sociedad, que nunca se realizarán sin la transferencia de las fuerzas organizadas de la sociedad, es decir, el poder del Estado, de los capitalistas y terratenientes a los propios productores (6). No es, sin embargo, el horizonte que plantea Saito, que parte de unas premisas muy distintas.

El Estado y la revolución: una cuestión irresuelta

En cuanto al papel que debe jugar el Estado y la política en todo ello, Saito plantea la posibilidad de cuatro horizontes diferentes, en función del tipo de respuestas que se den a la emergencia climática y las consecuencias sociales que pueden provocar: un fascismo climático que sostenga el privilegio de unos pocos a poder seguir disfrutando de un nivel de poder; la barbarie, provocada por los efectos desbordantes que puede causar el cambio climático y el colapso de la producción alimentaria; un maoísmo climático que acometería políticas duras para hacer frente al cambio climático a partir de una lógica redistributiva y la destrucción de los mecanismos del mercado y de la democracia burguesa; el comunismo de decrecimiento propuesto por Saito, basado en la democracia directa y la ayuda mutua y que tendría la virtud de evitar el avance hacia el autoritarismo, el ultranacionalismo o la barbarie.

Llegamos al punto culminante de las palancas necesarias para llevar a cabo la transición hacia el comunismo de decrecimiento, y aquí el ensayo tiene importantes debilidades. Si bien Saito no ignora por completo la importancia que puede tener el Estado (y qué clase social lo controla) para llevar a cabo la trinidad revolucionaria que propone (superación del capitalismo, reforma de la democracia y descarbonización de la sociedad), su hostilidad manifiesta hacia la experiencia soviética le hace ser extremadamente cauteloso y andar de puntillas sobre la cuestión. Por un lado, su propuesta de construcción de una sociedad basada en los comunes, la ayuda mutua y formas de democracia directa le acerca conceptualmente a un cierto anarquismo, que él mismo rechaza explícitamente y nos dice, sin demasiados argumentos, que es inefectivo a la hora de combatir el capital a escala global. Sin embargo, se considere realista o ilusoria, la perspectiva anarquista es coherente al plantear que la revolución social sólo puede producirse a partir de la destrucción del Estado: desaparecido el Estado, la clase capitalista no tendría los instrumentos de violencia necesarios para mantener su dominación de clase. Pero ¿cómo avanzar hacia la vía del comunismo si no se plantea la conquista o destrucción del Estado, que sigue existiendo y cuyos mecanismos siguen estando al servicio de la clase capitalista?

El paradójico punto de vista de Saito le lleva a sostener vías de intervención política que escapan a la lógica del Estado-nación. En concreto, Saito reclama el municipalismo como forma de acción política que puede dar lugar a una sinergia revolucionaria entre movimientos sociales de base e instituciones políticas, situando como referente a la experiencia de Barcelona en Común en el gobierno de la capital catalana. Dejando a un lado que el experimento ha quedado muy tocado por la pérdida de la alcaldía y que no ha logrado generar tanto entusiasmo popular como sostiene Saito, es como mínimo optimista (o directamente iluso) calificarlo de revolucionario. Tampoco parece haber contribuido demasiado a avanzar en el sentido del comunismo de decrecimiento del que habla, lejos de ello. Si acaso, la experiencia demuestra cuáles son los límites de la política municipalista cuando se enfrenta a los intereses de ciertas corporaciones capitalistas y carece de mecanismos legales y coercitivos para hacerlos cuadrar.

A modo de conclusión El último libro de Kohei Saito plantea acertadamente cuáles son los callejones sin salida a los que nos conduce el capitalismo verde y sus diferentes variantes ideológicas. El capitalismo es y será necesariamente un sistema voraz, destructor y explotador. Pensar que el capitalismo puede seguir funcionando de forma inalterada sustituyendo los combustibles fósiles por energías limpias equivale a un irresponsable cambio de tema. Cualquier intento serio de hacer frente al cambio climático y a sus consecuencias medioambientales y sociales devastadoras pasan necesariamente por poner sobre la mesa la necesidad de una alternativa al capitalismo. Saito es valiente cuando llama a esta alternativa por su nombre, demasiado tiempo proscrito: comunismo. La necesidad de incorporar la perspectiva decrecentista al comunismo le lleva, sin embargo, a numerosas incoherencias: no porque el decrecimiento sea conceptualmente incompatible con el comunismo, sino porque al querer prescindir de la experiencia histórica concreta del socialismo del siglo XX se pasa por alto (o no se aborda de forma seria) la cuestión de la transición. A partir del concepto ‘maoísmo climático’, Saito pretende exorcizar las sombras del comunismo del siglo XX, supuestamente para purificarlo y recuperarlo como concepto-guía, pero este intento le lleva a eludir el papel que debe jugar el Estado en este proceso y también a ignorar casi de forma clamorosa la lucha de clases en la cuestión fundamental de cómo avanzar. Porque, a menos que se sostenga de forma absurda que la burguesía capitalista puede ser convencida (¿quizás con manifiestos como éste?) y que aceptará entusiasmada la superación del capitalismo, ¿puede esperarse que cesará la lucha y cederá a la irresistible presión de las multitudes y a la proliferación de comunes por todas partes? ¿Cómo construir esa presión y esa proliferación en un marco de hegemonía liberal-capitalista total, sin una estrategia revolucionaria sobre la conquista/destrucción del poder? En definitiva, a pesar de los evidentes méritos de la obra, ¿no nos encontramos ante la enésima muestra de desorientación política proveniente de la izquierda y del marxismo académico?

(1) Kohei Saito, Slow Down: How Degrowth Communism Can Save the Earth (Weidenfeld & Nichols: London, 2025), p. 16 ↩︎

(2) Ibid., p. 43 ↩︎

(3) Ibid., p. 147 ↩︎

(4) Ibid., p. 209 ↩︎

(5) Ibid., p. 91 ↩︎

(6) Karl Marx (1866) “Instructions for the Delegates of the Provisional General Council: The Different Questions”, disponible en http://www.marxists.Org/archive/marx/works/1866/ ↩︎

(*) Mir: https://es.wikipedia.org/wiki/Mir_(comunidad)

(**) https://es.wikipedia.org/wiki/Fagocitosis

CATARSI

https://catarsimagazin.cat/comunisme-i-decreixement-per-evitar-la-barbarie/?utm_campaign=catarsi-entrevista-mari-luz-esteban-adolescence-i-la-manosfera-el-monstre-de-la-filantropia&utm_medium=email&utm_source=acumbamail