Leo en el Herald Scotland que los nacionalistas del SNP han acusado a la BBC de parcialidad por un debate televisivo sobre el referéndum por la independencia en el prestigioso programa ‘Question time’. Resulta que la mayoría de los participantes elegidos para el debate -que allí, más respetuosamente, llaman panelistas y no con la desacreditada expresión tertulianos, como aquí- eran claramente contrarios a la independencia de Escocia. La BBC se ha excusado rápidamente diciendo que se trataba de un programa ordinario, con representantes de todos los sectores políticos, y no un especial sobre la independencia. Asimismo, ha reafirmado su compromiso con la imparcialidad como núcleo fundamental del servicio público que es y del compromiso con la audiencia. Un compromiso de imparcialidad que ya había llevado a la BBC, a principios de año, a hacer una serie de recomendaciones a sus profesionales para que no utilizaran términos con carga negativa para referirse a la independencia, como divorcio o separación. Y, claro, del mismo modo, había desaconsejado el uso de expresiones favorecedoras de la independencia usadas habitualmente por el SNP como referirse a Escocia como un futuro “Estado europeo normal”.
Llámeles tiquismiquis a estos hoy por hoy británicos, a los que la corrección política tiene atados de pies y manos. Pero es notorio que hay un poso de tradición democrática que establece una distancia entre los Parlamentos de Holyrood y el del Parque de la Ciutadella muy superior a los 1.667 kilómetros que los separan. Y eso, por no hablar de la diferencia abismal que añaden los escasos 62 kilómetros de más que hay entre Holyrood y la Carrera de San Jerónimo. Pero, más allá de cómo se entiende la imparcialidad en la televisión pública en Madrid, Barcelona o Edimburgo, lo cierto es que el combate por la independencia, aquí y allá, es también y sobre todo una guerra de palabras cargadas de significados. Un combate que busca no tanto el debate racional sino el rechazo o la adhesión y, en definitiva, la derrota o la victoria emocional. En los extremos, se trata de meter miedo anunciando el apocalipsis final, o de prometer la Arcadia feliz para el día siguiente mismo de la liberación definitiva. Y si es cierto que un independentismo iluso puede generar mucha frustración al día siguiente del gran día, el unitarismo apocalíptico puede acabar provocando mucha violencia a medida que nos acercamos al adiós a España.
En otro artículo ya expliqué que en la ponencia política del último congreso del PP en Catalunya, en sólo diecisiete páginas, salía veinticuatro veces el concepto de separación por cuatro el de independencia. Y es sabido que los que quieren parar los pies al presidente Artur Mas amenazan con un “choque de trenes” para referirse a algo tan sensato y pacífico como es la voluntad democrática de soberanía de los catalanes, y que todo el independentismo sitúa en las urnas y no en las vías de tren. O, aún, tenemos el espantajo de la división, tan bien expresado en una reciente entrevista en El Punt / Avui por Duran i Lleida: “Mi obligación es canalizar estos legítimos sentimientos [independentistas] hacia una apuesta viable y que no divida”. Dos al precio de una: el independentismo es “un sentimiento” -y no un derecho, o una exigencia de dignidad nacional- y así se le puede “canalizar” para que no divida. Como si el unionismo no fuera también un sentimiento, y no nos dividiera, ¡tal vez aún más!
El independentismo, sin embargo, también tiene pendiente la revisión y renovación de su lenguaje. Superada la fase reactiva, la del “plantar cara” y del “se acabó el bróquil”, debería entrar rápidamente -no queda mucho tiempo- en un discurso propositivo, cordial y generoso. Nada de choques de trenes: la independencia, como vía directa hacia el mundo. Nada de divorcios ni separaciones: la independencia, camino de concordia con España. Nada de resentimientos por canalizar: simplemente, voluntad de ser un país libre, justo y próspero. Y sobre todo: la independencia como exigencia de radicalidad democrática.







