Pudiera parecer anecdótico, pero no lo es, y lo digo por propia experiencia. Se quejaba una familiar mía, del trato desagradable y despectivo recibido en una de esas, tan lacerantes como viles aduanas de los aeropuertos. En este caso alemán. Podía haber sucedido tranquilamente en Houston –me consta- o en el Cairo…
Muchos se quejan de los modales de cierta gentuza que pulula por esos antros. Da lo mismo que se trate de ciudadanos europeos, asiáticos, latinos… El asunto es, que tal gremio de funcionarios ha perdido la conciencia de que está tratando con ciudadanos y no con ganado.
Dicho con más propiedad –por ende la anécdota, perfectamente extrapolable a muchos otros ámbitos de la administración-, hoy día, el ciudadano es un D. Nadie a quien se le arrebata todos sus predicamentos: su respetabilidad, sus derechos y su dignidad.
Es decir, o perteneces a una clase vip, muy vip -esa ralea del gran “sinvergoncerío” político, militares, personajes mediáticos, financieros, purpurados, coronas…-, o cualquier chisgarabís, sobre todo uniformado, puede obligarte a arrastrarte como un gusano, con tamaña autoridad e impunidad.
¡Oh sociedad deshumanizada y perversa! ¿Quién habla de hermanos?
Los humanistas del renacimiento, -Ficino, Rafael…- dieron un paso inconmensurable al concebir a cada individuo –lejos del ser gregario medieval-, como un cosmos único, autónomo y diferenciado…
Desde este planteamiento, la declaración del ciudadano como un sujeto de derechos “imprescriptibles e inalienables”, del ideario de la revolución francesa, resultaba inevitable.
Proudhon, desarrollaría todas las virtualidades –sobre todo políticas- que tales derechos, harían del ciudadano la célula libre e independiente, que encarnada en la ciudadanía y en la voluntad de esta, daría legitimidad y razón de ser a un estado.
Cualquier estamento –monarquías, organismos internacionales como FMI, BM, OMC etc…confesiones religiosas- surgidos sin la expresa voluntad del ciudadano, no son quienes por si mismas para intervenir en la marcha de la ciudadanía. Como mínimo sería un fraude…
Es a los ciudadanos a quienes corresponde ostentar en exclusiva, todos los resortes que hacen viable una auténtica democracia.
En principio se permitió a los partidos ejercer el control de los gobiernos. Craso error. Estos, cuando no se han convertido en auténticos comederos de buitres, cohabitan con la corrupción gubernamental y sus siniestros aparatos, se han convertido en auténticos antros en los que se guarecen impunemente toda la corrupción de sus miembros.
Es tarea ciudadana, disponer de todos los medios que hagan posibles, ipso facto, y no votando cada cuatro años, de todas las armas encaminadas a la restauración del espíritu de una sociedad claramente democrática.
Esto quiere decir que la democracia representativa ha sido un estruendoso fiasco.
La ciudadanía debe concienciarse para implantar urgentemente una democracia participativa. Y evidentemente de que ante el desastre jurídico, económico y humano que han provocado los partidos, estos deben desaparecer en aras de otros sistemas netamente participativos.
Todo esto, como declaración de principios, queda muy bien y muchos lo suscribirían.
Pero la realidad es muy otra. El hecho es que los poderes fácticos y políticos del stablishment, se han adueñado del sistema, y nos están imponiendo un modelo de vida que conduce a la ruina el bienestar y las conquistas ciudadanas.
Muchos ciudadanos permanecen perplejos e inánimes. Quedan como encadenados a un estado catatónico o de estupidez resignada y acrítica.
Es ahí, donde la perversidad de los gobernantes tratan de colocarnos.
Y estos gobernantes, por el momento, no parece que encuentren grandes dificultades para contener o en su caso masacrar, cualquier intento de la ciudanía disidente o crítica que reivindica sus derechos y otro modelo más justo y humano.
Hemos permitido que los gobernantes se hagan dueños del estado y dispongan de él a su antojo. El estado es del ciudadano. Sólo la ignorancia del ciudadano o la codicia y los intereses espurios del gobernante, le pueden privar de él.
Da la impresión, que la sociedad en general, ha encallado en un lodazal insalvable. Pero esto no es así, ni nunca deberá ser así. En toda sociedad existe una dinámica que puede permanecer adormecida durante décadas, pero que finalmente puede explotar.
Por eso, un ciudadano cabal, sobre todo en la actual coyuntyura, debe mantenerse en un estado permanente de rebelión.
Los políticos españoles y españolistas, la iglesia del nacional-catolicismo, los medios –los de la caverna y los disfrazados de progres-, nos tienen a los vascos entre ceja y ceja.
Nos tildan de insolidarios, terroristas, provincianos etc…etc… La realidad es, que adolecen de honestidad, quizás envidia, tal vez rabia…
En el fondo, son conscientes de nuestro estado de rebelión. Saben que durante décadas –quizás siglos-, estamos poniendo en jaque, la viabilidad, la democracia y la ramplonería histórica de la España de los cesares y dictadores y la de las constituciones militarizadas –si nos atenemos a su consistencia de chichinabo-.
De alguna forma, nuestro estilo de auzolan, nuestra inclinación natural a elaborar propuestas desde asambleas participativas o desde consultas ciudadanas, asusta a “los demócratas” carpetovetónicos, como si fuera un dardo directo contra su política de hechos impuestos cuando no consumados.
Hay que reconocer, que es notorio y manifiesto, que tanto la “intelectualidad” española como los padres de la patria, tienen pendiente la lección de los derechos del ciudadano, emanados de la Asamblea Nacional francesa del 1789.
Los vascos a lo nuestro, sin fricciones con los españoles –en la medida en que se nos permita-. Ellos a lo suyo. Pues bien… Ahí se las compongan.






