Cataluña y la tentación de la Internacional Secesionista

El independentismo catalán ha experimentado, durante la última década, un intenso proceso político que ha puesto de relieve sus deficiencias estratégicas en diversos ámbitos. Entre estos, uno de los más destacables ha sido la incapacidad de diseñar una política sólida de alianzas internacionales, basada en la realidad del sistema internacional y no en postulados moralistas o simbólicos. Durante los años del proceso, se dio por sentado que la razón moral era suficiente para legitimar y hacer prosperar la independencia unilateral. Pero, como se enseña el realismo, el sistema internacional no funciona en términos de razón moral, sino en términos de intereses, ya sean económicos, políticos, comerciales o de seguridad. En este sentido, lo que hoy es indiscutible es que cualquier estrategia de soberanía debe basarse en una conexión de intereses con otros Estados y en la presentación de la independencia de Cataluña como una oportunidad, y no como un problema; o, al menos, como algo que no presenta ninguna amenaza relevante, o que conlleva un menor coste para mantener la unidad de España a cualquier precio. 

Sin embargo, este diagnóstico no parece haber sido completamente internalizado por la independencia de Cataluña. Las prácticas de los partidos políticos y las entidades civiles independentistas muestran que, aún hoy, predomina un impulso que conduce a un apoyo abierto a otros movimientos secesionistas en el mundo y busca establecer alianzas, precisamente sobre la base de un supuesto deber moral de solidaridad entre las naciones apátridas. Esta forma de hacer las cosas se basa en la idea de que Cataluña, como una de las naciones apátridas más grandes del mundo, puede desempeñar un papel de liderazgo dentro de una especie de “internacional secesionista”.

Tal vez alguien podría pensar que esta forma de actuar no representa ningún problema y que, después de todo, el apoyo mutuo entre los movimientos independentistas es inofensivo. Sin embargo, aunque el apoyo genérico al derecho de autodeterminación de los pueblos puede ser necesario en coherencia con la aspiración de la propia libre determinación, y el intercambio de visiones y aprendizaje entre movimientos puede ser muy útil, proponer una estrategia de apoyo abierto a las pretensiones de otros movimientos independentistas de manera sistemática constituye un error que puede llevar a graves consecuencias. Lejos de proporcionar beneficios reales, esta estrategia tiene una trayectoria muy limitada e incluso puede ser contraproducente.

Los riesgos de este enfoque son claros y se pueden resumir en dos dimensiones principales. En primer lugar, refuerza la renuencia de los Estados, especialmente los europeos, que tienen miedo de cualquier precedente de reconocimiento de la independencia unilateral, el establecimiento de precedentes de independencias unilaterales en los que puedan reflejar y legitimar a sus propias minorías nacionales. Si Cataluña se presenta como un actor que brinda un apoyo indiscriminado a todos los movimientos de secesión en el mundo, su proyecto puede ser percibido como un vector de desestabilización permanente. El efecto inmediato es el aumento de la renuencia a cualquier forma de apoyo o reconocimiento, que ya son lo suficientemente fuertes en la fuente.

En segundo lugar, una estrategia de alianza indiscriminada puede poner a Cataluña en contradicción directa con los intereses geoestratégicos de los actores que más necesita. Para ello, el caso de Nueva Caledonia es un ejemplo paradigmático: el movimiento kanak, con un reconocido derecho a la autodeterminación después de un largo conflicto y con una historia de movilizaciones recientes, podría parecer un aliado natural. Pero su eventual independencia es percibida por Francia, la totalidad de la Unión Europea y los Estados Unidos como una amenaza a la estabilidad estratégica en el Pacífico, ya que podría abrir la puerta a una penetración de China y, en última instancia, al establecimiento de una base naval china en un punto clave para el equilibrio geopolítico en esa región. En este escenario, un apoyo explícito de la soberanía catalana a la causa Kanaka no solo no contribuiría con nada, sino que dañaría directamente las aspiraciones catalanas.

Este dilema no es nuevo ni exclusivo de Cataluña, ya que otros movimientos secesionistas han tenido que adaptar sus estrategias para sobrevivir en un entorno internacional adverso. Por ejemplo, Kosovo solo obtuvo un amplio reconocimiento después de demostrar su utilidad para la estrategia occidental en los Balcanes y gracias al apoyo explícito de los Estados Unidos y la mayoría de los Estados de la UE. Además, con el objetivo de ampliar estos reconocimientos, Kosovo evita posicionarse a favor de los movimientos independentistas.

Sin embargo, esto no significa que la independencia catalana deba renunciar a establecer vínculos con cualquier movimiento secesionista, sino que debe aplicar un criterio selectivo y pragmático que permita analizar caso por caso qué movimientos pueden generar simpatía entre los Estados occidentales y que, por otro lado, pueden aumentar los lamentos. Un ejemplo de lógica en el caso Kanak es el Tíbet. Su situación como territorio ocupado por China genera amplias simpatías dentro del mundo occidental –aunque los Estados se han encargado de no establecer ningún reconocimiento formal para evitar una situación diplomática insostenible con China– y no se percibe como un factor de desestabilización sino como una injusticia histórica. Mostrar apoyo al Tíbet, siempre dentro de un registro diplomáticamente comparable al de un Estado independiente, no solo no aumenta la renuencia de los Estados europeos u otros países occidentales, sino que tiene el potencial de abrir canales de contacto con actores relevantes como la India, que podrían desempeñar un papel útil en un escenario futuro de reconocimiento.

También sería necesario explorar formas de encajar con causas que, sin ser de secesión, tengan una fuerte carga simbólica y geopolítica en Occidente. En este sentido, el apoyo explícito y decidido a Ucrania frente a la invasión rusa puede ser un ejemplo de posicionamiento que refuerza la credibilidad de la soberanía catalana como actor comprometido con la seguridad del continente europeo que asumiría sus responsabilidades en este asunto cuando llegue el momento. Este tipo de conexión, aunque obviamente no proporcionan ningún apoyo directo a la independencia catalana, puede establecer una reputación de fiabilidad que será esencial en cualquier intento de secesión unilateral en el futuro. Este elemento adquiere especial relevancia frente a la propaganda española que intenta presentar la independencia catalana como vector de desestabilización dentro de la UE que juega a favor de los intereses rusos.

La conclusión es clara: la independencia catalana debe superar la lógica simbólica y moralista que hasta ahora ha guiado su política de alianzas. El sistema internacional no se rige por principios de justicia universal sino por intereses de poder y seguridad, y en este marco el reto es presentar la independencia de Cataluña no como un precedente peligroso, sino como un proyecto integrable y compatible con el orden político, económico y estratégico de Occidente, aunque esto es cada vez más incierto en el marco de una creciente separación geopolítica entre Estados Unidos y Europa, así como tensiones intraeuropeas que amenazan con desplazar a las viejas potencias de las viejas potencias. Esto requiere abandonar definitivamente la dinámica de apoyo generalizado a todas las causas de la secesión y adoptar una estrategia pragmática y selectiva dirigida a generar confianza en los Estados cuyo reconocimiento es una prioridad. Solo así Cataluña podrá proyectarse internacionalmente como una oportunidad y no como un problema, haciendo así más viable su independencia.

https://cataloniaglobal.cat/catalunya-i-la-temptacio-de-la-internacional-secessionista/