Cataluña, cuestión de Estado

Fue el filósofo Josep Ferrater Mora quien propuso los cuatro puntales que definían la identidad catalana: continuidad, sensatez, mesura e ironía. Ferrater Mora es, sin duda, uno de los pensadores más interesantes de nuestra tradición, y al mismo tiempo, un exponente de cómo el talento propio es desterrado de los relatos oficiales, porque… ¿quién conoce a Ferrater Mora? Es más, ¿quién le conocía cuando elaboraba sus ensayos, mientras enseñaba en las universidades de Chile, México, Cuba, Francia o Estados Unidos? La constante del exilio, donde el poder español y el subsidiario provincial condena la disidencia, el talento real o potencial, es una estrategia constante de poder mantener la opresión nacional, apostando por la mediocridad impuesta o la vocacional mediocridad propia, como asistimos en la actualidad por parte de quien ha ido ocupando espacios estratégicos en el espacio cultural, universitario o mediático.

De las ‘Formes de vida catalana’ (‘Formas de vida catalana’), con estos cuatro puntos cardinales que, según el pensador barcelonés caracterizaban la identidad, el que hoy me interesa más es el de la continuidad. Ferrater Mora destaca la “permanencia”, como uno de los rasgos que enlaza con aquella “voluntad de ser” de la que hablaba también su contemporáneo y también ilustre exiliado, el historiador Ferran Soldevila. Somos catalanes, porque queremos serlo. Y porque la identidad es el fruto de la síntesis hegeliana entre la tesis de nuestro pasado y la antítesis de nuestras circunstancias contingentes, normalmente, empapadas de contrariedades, impuestas desde fuera e infringidas desde dentro, y nuestro proyecto nacional debe ser nuestra síntesis. Sin embargo, para que todo esto funcione, la continuidad es el ingrediente principal de nuestro ser.

Por eso la historia, este campo de conocimiento sólido y profundo, ha sido uno de los principales elementos que nos han posibilitado nuestra continuidad como nación. Los momentos de relanzamiento nacional, por eso, han sido prolíficos en la investigación historiográfica, en los debates y en la participación pública destacada de los historiadores. Quizás es por eso por lo que vivimos una época en la que la historiografía esté siendo sometida a un proceso de formateado y borrado, primero a base de relativismo cultural, deconstruccionismo posmoderno, y de sobredosis mal hechas de marxismo historiográfico, en un proceso de invasión y sustitución por parte de un ejército de politólogos, en un campo de conocimiento más bien líquido, con formas frívolas y búsquedas superficiales, donde a menudo orienta la investigación en lo que quieres demostrar ‘a priori’. Ciertamente, la historia va desapareciendo de los currículos oficiales y los estragos que están cometiendo en las facultades universitarias los sufriremos en forma de esta era oscura para el conocimiento y la cultura. Quizás porque el poder es consciente de que toda fase de reconstrucción nacional, incluso de reconstrucción de clase, grupo, colectividad, siempre va injertada de pasado, de voluntad de continuidad, que es una forma de cargar munición para conquistar el futuro.

Estas ideas me han venido a la cabeza mientras leía ‘Catalunya, cuestión de Estado (1968-2024). Aproximación a la evolución del independentismo catalán contemporáneo’, del jurista y ensayista Jaume Renyer Alimbau. Se trata de un texto relativamente breve –ciento cincuenta páginas– donde trata de condensar lo que se expresa en el subtítulo, la historia del independentismo de los últimos años del franquismo y de la segunda restauración borbónica. Sin embargo, es algo más que un simple libro de historia. O podríamos decir que la parte histórica es una excusa para hablar de identidad, nacionalismo y construcción nacional, aparte de una especie de estado de la cuestión sobre las grandezas y miserias del actual independentismo. Y quizás ésta, es sin duda, la parte más interesante.

Debe decirse que se trata de un texto reescrito. El original, publicado en 2004, tenía un planteamiento más histórico, con una especie de genealogía de un independentismo explícito que se creó en los márgenes del sistema oficial de representación política –desde aquel fenómeno que se encajaba perezosamente bajo el epígrafe de extraparlamentarismo–. Es quizás la parte más descriptiva y enciclopédica, con aquel baile de propuestas, contrapropuestas, escisiones, peleas y tensiones internas, muy empapadas a menudo de aquella dinámica de retórica revolucionaria en torno a mayo del 68 mezclada con la descomposición de la dictadura y la consolidación del régimen del 78. Un independentismo que, no sólo tenía al Estado en contra, sino al poder subsidiario de una Generalitat con cierto espíritu de Vichy. De ahí que su corrección y ampliación, con la descripción de cómo el independentismo explícito pasó de anecdótico a hegemónico, es lo que resulta más interesante de esta revisión practicada por su autor. Evidentemente, la perspectiva de los años, y sobre todo, el conocimiento directo de los hechos –Renyer ha sido uno de los ‘factótums’ del independentismo contemporáneo desde cierta discreción y segundo plano, probablemente queridos– la hace de especial interés.

La figura de Renyer, por cierto, en sí misma resulta ya fascinante. Pese a que a menudo será recordado por ser el acompañante del vicepresidente Josep Lluís Carod Rovira en las conversaciones en Perpiñán para lograr un alto el fuego parcial con ETA, en el fondo ha sido uno de los intelectuales independentistas más desacomplejados. Esto, por supuesto, le ha comportado todos los inconvenientes y ninguna de las ventajas. Normalmente, la figura del independentista insobornable conlleva todo tipo de castigos implícitos, entre ellos cierto ostracismo respecto a la capacidad de disponer de tribunas o micrófonos públicos. También algunas campañas públicas de desprestigio, teniendo en cuenta un pensamiento propio que escapa de las autopistas de la corrección política o de la ortodoxia tácita que dominó el proceso durante la década pasada y que implicaba rendir culto a determinados idearios supuestamente gandhianos, pacifistas, ‘niunpapealsuelistas’ o de la línea de las de las luchas compartidas no se sabe con quien. Renyer ha sido un pensador incómodo, que, con sus contactos con Israel le han colocado como uno de los “sionistas/sospechosos” habituales, espectro de determinada ortodoxia openarmista hegemónica hasta hace cuatro días. Y eso, a pesar de (o quizás precisamente por) ser uno de los pensadores más conectados con las corrientes de pensadores franceses y estadounidenses clasificadas por la siempre útil etiqueta de conservadores. En el fondo, Renyer siempre ha sido tratado con reticencia, no tanto por sus posicionamientos como por el hecho de que no se trata de alguien que pueda ser controlado por nuestro ‘stablishment’, que ha dominado –y todavía lo hace, aunque menos– el independentismo más o menos institucional. Por eso tradicionalmente se le ha enviado a la periferia. El sistema imperial español ha empleado recursos inconmensurables (desde la represión al reparto de canonjías) para combatir el independentismo coherente y difícil de desactivar. Y lo hace, no sólo para evitar el peligro real de independencia (del que hace muy poco hemos estado muy cerca), sino, peor aún, porque una articulación política de los Països Catalans representa la amenaza más seria que el régimen pueda soportar.

En este sentido, las últimas cincuenta páginas del libro, precisamente las nuevas, son las más interesantes. Se trata, en apariencia, de un esfuerzo por hacer la historia inmediata de los últimos veinte años, un arte siempre arriesgado, incluso para los historiadores profesionales, sino porque en la descripción existe un análisis tan interesante como polémico, donde el ensayista dispara con bala. El lector encontrará aquí reflexiones sugerentes, informaciones incómodas, caracterizaciones polémicas de personajes y protagonistas, y sobre todo una crítica muy profunda al derrotismo patrocinado por el nacionalismo “institucional”, aunque también –y ésta es una de sus especialidades– respecto a determinados prejuicios políticos según el cual el movimiento debe ser insípido, indoloro y no iba a decir incoloro, sino que tienda, como patrocina la parte más desconectada de la izquierda, a unos valores al más puro estilo ‘oenegista refugiadoswelcomistas’. Como decíamos, Renyer, enlazando con las tendencias que se están produciendo en occidente, entre la inopia promovida por nuestros medios de comunicación, reivindica la nación y el nacionalismo sin complejos. No, como sostienen sus críticos, por voluntad de esencialismo o particularismo algunos, sino por la necesidad de reconstruir una comunidad, de recuperar a un “nosotros” con base en identidades fuertes como pueda ser la adscripción nacional, que en Cataluña no implica grandes requisitos, sino el principio de Ferrater Mora de “voluntad de continuidad”. Al fin y al cabo, uno de los efectos de la globalización neoliberal, con la inestimable colaboración del progresismo de casa buena y conciencia impoluta, ha consistido en deconstruir cualquier nexo con capacidad de reunir a personas en proyectos comunes.

Y es aquí donde el autor comparte su posicionamiento, que en el fondo es lo que está pasando en buena parte de las sociedades europeas, aunque también en el resto de occidente. La nación no es de derechas ni de izquierdas. Es un conjunto de personas cobijadas por una identidad compartida, por una “voluntad de ser” y de permanecer en ella. Es cierto que existen antagonismos sociales, batallas culturales, percepciones políticas divergentes. Sin embargo, toda sociedad tiene sus mecanismos internos de resolución de conflictos y de arbitraje de intereses con tal de tener un Estado como terreno de juego. Los catalanes, sin Estado, estamos en la intemperie, somos absolutamente vulnerables, de modo que estas ideas de construir obstáculos insalvables, las exigencias más absurdas, los mecanismos más complejos que una oposición a notarías que se le impone al nacionalismo catalán (debe ser de izquierdas, popular, feminista, intercultural, ‘queer’, vegano, abrazador de árboles…), sólo es colaboración con el enemigo. Negarse a la idea de que una nación te obliga a colaborar con personas con valores y percepciones políticas distintas a las nuestras es, en el fondo, hacer el juego a lo que Antonio Baños define como la ‘Estrella de la Muerte’, en expresión de Vicens Vives, el Leviatán, y en términos más objetivamente descriptivos, el Estado Español.

https://revistamirall.com/2025/12/16/catalunya-questio-destat