Vivimos días apasionantes. Quizás, dado que también son días convulsos, nos parezcan bastante negativos. Pero, sin que ello deje de ser verdad, es obvio que planea un horizonte de esperanza que es justamente el que está evitando la revuelta de familias expoliadas por unos poderes fácticos decididos a acabar con unos derechos sociales que había costado siglos y muchas vidas humanas conseguir. Y estos poderes lo están haciendo creando la psicosis adecuada para que el mundo laboral sea una selva donde sólo tenga trabajo que se venda más bajo. Es decir, ¿por qué pagar un salario justo si siempre hay alguien dispuesto a hacerlo por un injusto? Así se consuma el robo. Un robo de derechos sociales, de remuneración digna por un trabajo digno y de pensiones de jubilación cotizadas a lo largo de una vida.
Esta es la ideología del Partido Popular, y si tenemos que aceptar que ganó las elecciones democráticamente tendremos que concluir que en España hay diez millones de ricos o diez millones de cándidos. Ricos que votando al PP defienden sus intereses o cándidos que, haciendo lo mismo, se empobrecen felices. En Cataluña, por suerte, no sólo no gana el PP, sino que el independentismo le pasa la mano por la cara en el Parlamento. Y esa es la clave, porque mientras España no tiene más horizonte que el empobrecimiento galopante de las clases más desfavorecidas, Cataluña, en cambio, se prepara para ser un Estado independiente liberado de la expoliación española y gestor de sus propios recursos, lo que lo situará como uno de los estados más prósperos del mundo y el cuarto de la Unión Europea en renta per cápita.
No es extraño que, en pocos días, hayan coincidido en Sant Cugat tres actos significativos. El primero, una charla a cargo de la alcaldesa sobre el derecho de decidir y el Estado independiente, el segundo, la propuesta al pleno municipal para suprimir la delegación y las subdelegaciones del Gobierno en Cataluña, y el tercero, el acto de la Plataforma Catalunya Diu Prou (Cataluña dice basta) para concienciar a los catalanes a pagar sus impuestos a la Agencia Tributaria Catalana. Son días apasionantes porque, a pesar de la oscuridad del presente, es bien cierto que estamos viviendo el fin de la subordinación de Cataluña a España. Hay, sin embargo, que todavía no se han dado cuenta.







