Durante la época en que Jaime Mayor Oreja fue ministro del Interior afloraron, misteriosamente, docenas y docenas de plataformas y plataformetes, algunas de las cuales se han transformado hoy en partidos políticos, como UPyD. Algunos historiadores de segunda fila, poetas de campanario y filólogos a quienes la fortuna académica había sido adversa vieron cÓmo, a cambio sólo de una cierta dosis de vehemencia dialéctica, les caía el maná del cielo. Su trabajo consistía en denunciar las terribles mentiras y tergiversaciones de lo que llamaban “la historiografía nacionalista”. Todo era un invento: en realidad, JaUme I bailaba la jotica y era socio del Real Madrid, Companys murió de tosferina, y el catalán fue una broma antiespañola de Fabra. Paradójicamente, gracias a los papelitos de Bárcenas es probable que vayan aflorando otros papelitos donde consta cuánto le costaron entonces al contribuyente los intelectuales constitucionalistas y sus iniciativas mediáticas y editoriales entre 1996 y 2001. Manténganse atentos a sus pantallas, porque el espectáculo puede ser, al menos, interesante (sorprendente, no mucho). Estos intelectuales llegaron a la conclusión de que había sólo una Historia buena y verdadera, el resto, la de los nacionalismos periféricos, era perversa e inventada. Por supuesto, esta división sólo era posible exagerando hasta el delirio algunas cosas y omitiendo otras. Hoy les hablaré justamente de una de esas omisiones.
En muchas ciudades españolas hay calles e instituciones públicas y privadas dedicadas al marqués de la Ensenada, que tenía un nombre muy curioso: Zenón de Somodevilla y Bengoechea (1702-1781). ¿Qué hizo, este noble supuestamente ilustrado durante los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III? Cosas realmente muy feas, entre las cuales el primer intento de genocidio masivo del mundo moderno, la primera idea de solución final conocida. Sólo se salió bien parcialmente, pero se le debe reconocer la dedicación y el esfuerzo diligente que empleó. El marqués de la Ensenada planificó (en secreto) y llevó a cabo lo que en aquel tiempo se denominó Prisión General de Gitanos, cuyo objetivo final era la extinción de esta raza (” Falta lo principal, que es darles destino con que se impidan tantos daños y extinga si es posible esta generación”). A finales del verano del 1749 fueron detenidos entre 9.000 y 12.000 gitanos, y fueron separados los hombres de las mujeres y los menores de 7 años. No había ninguna acusación concreta; su único delito era existir. Todos fueron esclavizados, en el sentido literal del término: los hombres, en los trabajos más peligrosos de los arsenales reales; las mujeres y los niños pequeños, en fábricas o directamente a la cárcel. La separación por sexos era el primer paso para la extinción, porque así no se podrían reproducir. El segundo escalón del proyecto, dada la magnitud de todo aquel personal, era más complicado. Esta tontería duró hasta 1763, en que fueron finalmente indultados.
No imagino ningún otro lugar del mundo occidental donde el instigador de una iniciativa de este tipo tenga dedicadas calles y plazas, así como hoteles, institutos de bachillerato o colegios mayores, como ocurre en muchos lugares de España. Sería también muy extraño que, en cualquier lugar de Europa, el gobierno destinara 280.000 euros para mantener un lugar que fue construido hace sólo 70 años para otras personas esclavizadas, como El Valle de los Caídos (esta aportación económica se produjo hace sólo unas semanas, dicho sea de paso). Todo esto sólo es posible gracias al hecho de haber repintado la tormenta historia franquista con un barniz engañosamente moderno y, como ya hemos apuntado antes, carísimo. En todo caso, la responsabilidad no es sólo del PP. ¿Cuántos intelectuales próximos al PSOE se han manifestado críticos con -sin ir más lejos- el disparate del Lapao, oficial desde el pasado lunes? ¿O cuántos izquierdosos españoles han denunciado la aberración de dedicar calles o institutos al marqués de la Ensenada? Y conste que éstos son sólo un par de ejemplos en un océano de despropósitos.
Entre 1996 y 2001, aproximadamente, las obras de algunos intelectuales vascos y catalanes fueron desmenuzadas como si fueran el bacalao de una “esqueixada”: se trataba de encontrar cosas horribles y pérfidas. Mientras tanto, de episodios tan vergonzosos como los que les acabo de explicar no se decía ni pío. Sólo por curiosidad, me gustaría saber lo que costó, en pesetas de las de entonces, esta nueva versión de la historia de España.






