“¡Sediciosos de toda laya, uníos!”
Contaba Joan Fuster una bronca latina entre Carles Riba y Robert Graves en unos coloquios sobre poesía que Camilo José Cela organizó en el hotel Formentor de Mallorca. El otro poeta, el de Sueca, se refería de esta manera: “Fui uno de los afortunados que presenció un diálogo agresivo –cita de Horacio arriba, cita de Virgilio abajo, por supuesto, en latín– entre Riba y ese loco de inglés que circulaba por la isla, el autor de Claudio y yo”.
En la trifulca Graves perdió los papeles, porque el autor de ‘El uso y abuso del idioma inglés’, “era de esos señores ingleses que va a un país colonial. Vino aquí como podía haber ido a la India. Los desgraciados de los indígenas, ¿qué iban a contarle de literatura latina o de cualquier otra? Indígenas. indígenas ilustrados, uno, médico, y otro, especialista en Shakespeare, pero que no dejaban de ser indígenas ante un inglés. Graves encontró demasiadas resistencias de Riba para hacer ese papelón y se desbocó, literalmente”.
Fuster sentenciaba sin cautela: “Los ingleses y los castellanos, si no el imperio, sí conservan la mentalidad colonial”.
Sin que le llegue a Robert Graves ni a la suela del zapato Oxford, Juan José López Burniol, notario de alma y carrera, es exactamente eso. Un señor de la metrópoli, más castellano que Don Miguel de Unamuno, que nació de rechazo en Alcanar –como pudo nacer en Adrada de Haza–, hijo de alférez provisional, que se licenció en la universidad de Navarra y que cayó por el bombo opositor registral en Tudela y en Barcelona. Gárgola excelsa.
En esta última ciudad ha brillado en el despacho propio y en las instituciones cortesanas. Ha sido decano del Colegio de Notarios, magistrado de los tribunales Superior y Constitucional de Andorra, profesor de las universidades Autónoma y Pompeu Fabra, presidente del Consejo Social de la Universidad de Barcelona y, sobre todo, vicepresidente de la Fundación la Caixa, por obra y gracia de Isidre Fainé.
Desde esa canonjía tan grata, López Burniol esparció tanto como pudo la propia telaraña de favores e influencias. Allí reptó en ambos sentidos hasta que Fainé decidió prescindir de un empleado que siempre había mirado a la plantilla –y a él mismo– desde la arrogancia colonial. Los detalles de aquella fulminación son tan jugosos, que merecen un texto aparte para contarlos. Ilustran mejor la altivez del personaje que un retrato de pasaporte del señor Pla.
Durante lo que hemos convenido ha denominado Proceso y que él consideró insurrección, el notario no hizo de quintacolumnista, porque aquéllos se escondían, sino de gobernador civil. No era un ‘paco’ del 36 (1). Enseñaba las uñas. También convendría contar en algún momento algunos de sus episodios nacionales particulares más galdosianos durante los años de la revuelta.
Con una actitud nacional tan vigorosa y declarada, todavía no entiende Juan José López Burniol cómo el indígena Isidre Fainé –que se acerca más al médico astuto que al docto especialista en Shakespeare– ha tenido la osadía de echarlo sin considerar la autoridad genital y el verbo providencial que tanto premia la metrópoli.
El notario colonial por excelencia se había hecho conocido en los edificios negros de la Diagonal y en todas partes por unos arrebatos de rabia que le estallan cuando alguien se atreve a llevarle la contraria. Como Graves, Burniol revienta como un petardo burgalés siempre que un indígena se atreve a desafiarle con la palabra y la mirada. Sobre todo, si la ofensa es nacional. En estas circunstancias trata de fulminarlo con gritos y con una hemorragia vítrea que, más que miedo, da risa.
López Burniol todavía debe pedir al brazo incorrupto de Santa Teresa cómo es posible que nadie le haya nombrado virrey de Catalunya. No se puede tener todo, señor notario.
La ira colonial del notario Burniol, que siempre ha sido bien regalado en la prensa de tirada más vernacular, ha tenido un último sarpullido en forma de artículo. Para el notario el sol se ha puesto en serio en Ceuta. Compungido más que toda la Generación del 98 apiñada, escribía el otro día: “Hoy la reivindicación de Ceuta y Melilla por Marruecos amenaza con desencadenar una crisis de consecuencia más grave y definitiva –de ser o no ser– que aquellos sucesos de 1898” (2). Ser o no ser, señor Burniol, he aquí su cuestión. Ser español o no. La cuestión que le revienta venas y arterias. Y alguna vértebra.
Ceuta y Melilla, a juicio del notario patriota, son más españolas aún que él. Tan españolas como Cataluña, herida aplazada: “La reivindicación de Marruecos no atiende a razones y olvida que Ceuta y Melilla están vinculadas [¿vinculadas o doblegadas?] a la Corona española desde los siglos XVI y XVII, por lo que no son una colonia, sino que forman parte integrante de la nación española y españoles son sus ciudadanos”. Sus ciudadanos y las aceitunas rellenas de Alcoy.
A López Burniol ‘le duele España’ y la soledad del imperio más que a Ramiro de Maeztu. Nadie respeta ya a la nación más vieja del continente. Ni el pícaro monarca marroquí ni el inquilino presidente de Estados Unidos.
La culpa de la osadía rifeña recae toda en el presidente felón Pedro Sánchez, que actúa “en función exclusiva de las exigencias puntuales de sus intereses personales, en aras de la conservación del poder. Pedro Sánchez es el anti-Cid que recibe el apoyo de una extrema izquierda imbuida “de una superioridad moral infundada” y que falta “de de una auténtica ciudadanía”. Sánchez cuenta también con “los separatistas de toda laya, para los cuales España es una cárcel de pueblos”. “De toda laya”, como “pérfida Albión”, clama a gritos no ser traducido. Y así lo hemos dejado. “Cárcel de pueblos” está muy bien encontrado. ¡Es exacto! ¡Enhorabuena!
De la génesis, a partir de la descripción del problema, Juan José López Burniol llega al apocalipsis: “Si gracias a la acción conjunta de todos estos factores, España cede la soberanía de Ceuta y Melilla o la somete a la mediación, el desgarro que sufrirá será letal. La Segunda Restauración no resistirá, la Constitución y el Régimen del 78 serán abolidos, ocupando el lugar una República Presidencial, Plurinacional y Confederal. Finis Hispaniae”. El final de la España ‘bwana’, en efecto, sería eso. De la España de los ‘bwanas Burniols’. Si un ‘botifler’ )traidor) en la Guerra de Sucesión era un partidario del Borbón y su flor de lis, ¿cómo llamaríamos ahora de un partidario del nuevo Borbón y la nueva restauración? ¿Un ‘buñuelo’ (3)? Con permiso del señor Pitarra (4), en el Fossar de les Moreres no se entierra ningún ‘buñuelo’.
¿Y la solución? ¡Ay!, la solución del gobernador ahora ya militar es categórica e inapelable: “Es necesario que surja un líder que despierte a los españoles de la hibernación por estar dispuesto a defender los derechos de España por todos los medios, sin renunciar a ninguno. […] Si este líder no surge, España está muerta”.
Robert Graves era infinitamente más elegante, como siempre han sido los ingleses, que le cortaron el cuello a su rey. Los castellanos siempre buscan un caudillo. Juan José López Burniol busca líder providencial para defender a España y que viva eternamente. La segunda restauración evalúa a su Primo de Rivera. Ojalá lo encuentre y se proclame, cuando caiga por tercera vez, la República que detesta el notario. No,’bwana’. Larga vida a la revuelta. Sediciosos de toda laya, ¡uníos!’
EL MÓN
15/08/2026
(1) https://guerraenmadrid.net/2019/03/09/los-pacos-en-la-guerra-civil-realidad-o-invencion-republicana/
(2) Juan-José López Burniol
Ante ‘otro 98’: el ‘desastre’ final
08/08/2026
Quisiera encontrar las palabras más templadas para redactar este artículo, que evoca lo que fue para España el “desastre” de 1898, cuando perdió la guerra con Estados Unidos y, con ella, los últimos jirones de su imperio colonial: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. España quedó “sin pulso” –dijo Silvela–, sumida en una sensación de fracaso colectivo. No obstante, la Primera Restauración aguantó hasta 1923, cuando el general Primo de Rivera le puso fin con su dictadura, que –según la reciente historiografía– “no mató a un anciano decrépito, sino a un joven con larga vida por delante”.
Hoy, la reivindicación de Ceuta y Melilla por Marruecos amenaza con desencadenar una crisis de consecuencias mucho más graves y definitivas –de ser o no ser– que aquellos sucesos de 1898. Éstas son sus causas:
La reivindicación por Marruecos de Ceuta y Melilla puede originar una crisis muy grave
- La reivindicación de Marruecos no atiende a razones y olvida que Ceuta y Melilla están vinculadas a la Corona española desde los siglos XVI y XVII, por lo que no son unas colonias, sino que forman parte integrante de la nación española y españoles son sus ciudadanos.
- Frente a la reivindicación de Marruecos, España se encuentra sola, al igual como se encontró sola, en el siglo XIX, frente a Estados Unidos. Una soledad que duró hasta el Tratado de Paz de París.
- De la Unión Europea no cabe esperar respaldo ni ayuda. Ni está, ni se la espera. Sigue siendo un mosaico de países diversos, que comparten una unión aduanera y algunos flecos más. Carece de política exterior y de defensa. No es un actor político global. Cada país va a la suya.
- Y de Estados Unidos aún menos, pues da apoyo explícito a la reivindicación marroquí, tanto a nivel oficial (así, un documento del Comité de Asignaciones Presupuestarias del Congreso dice que Ceuta y Melilla están en “territorio marroquí” y son “administradas por España”); como en el ámbito mediático (el New York Times señala a España como causante de la reciente invasión de Ceuta, gestada por el efecto llamada).
- Estados Unidos quiere la llave del Mediterráneo, que es el control del estrecho de Gibraltar, y ha elegido como socio (las dictaduras son más cómodas) a Marruecos, que ofrece la base de Alcazarseguir en sustitución de la de Rota, aunque el coste económico del cambio es disuasorio.
- Ahora bien, todo cuanto antecede hubiese sido distinto o, al menos, más matizado, si la política exterior de España, obra del presidente Sánchez, no hubiese sido adoptada en función exclusiva de las exigencias puntuales de sus intereses personales, en aras de la conservación del poder.
- Pero Sánchez no hubiese podido adoptar, con tanta ligereza, decisiones que parecen buscar –por ejemplo– el enfrentamiento deliberado con EE.UU. e Israel, si no se hubiese sentido apoyado por una parte del país, de entre la que destacan dos grupos:
- a) El de los votantes de extrema izquierda e, incluso, del PSOE, que adoptan posturas radicales en política exterior, casi siempre inocuas, salvo por el daño que causan al interés nacional de España. Estos ciudadanos, imbuidos de una infundada superioridad moral, carecen de aquel sentido de pertenencia a la nación que, constituye el fundamento de una auténtica ciudadanía.
- b) Los separatistas de toda laya, para los que España es una cárcel de pueblos.
Recapitulemos. Si, gracias a la acción conjunta de todos estos factores, España cede la soberanía de Ceuta y Melilla o la somete a mediación, el desagarro que sufrirá será letal. La Segunda Restauración no resistirá, la Constitución y el Régimen del 78 serán abrogados, y su lugar lo ocupará una República Presidencialista, Plurinacional y Confederal. Finis Hispaniae .
“¿No hay solución?”, me han preguntado. “Sí –he respondido–, pero hace falta que surja un líder que despierte a los españoles de su letargo, por estar dispuesto a defender los derechos de España por todos los medios, sin renunciar a ninguno”. Porque, como dijo Churchill, “no te rindas nunca, nunca, en nada grande o pequeño, salvo a las convicciones del honor y el buen sentido”. Si este líder no surge, España está muerta.
(3) Juego de palabras en catalán: burniol (apellido) y bunyol (buñuelo)
(4) Pitarra: https://www.epdlp.com/escritor.php?id=10143









