Desde fuera de la escuela pública de Massalfassar, que -por supuesto- está en manos privadas, y se anuncia como bilingüe, he podido comprobar que el bilingüismo que utilizan es el mismo que utiliza el presidente Alberto Fabra: las instrucciones que pronunciaban las maestras eran unas veces en castellano y las otras en español.
No me he quedado a comprobarlo, pero no dudo de que puede que haya algún momento, a lo largo del día, en que las criaturas menores de tres años podrán escuchar la lengua del pueblo en que viven. O quizá sea que a las criaturas que han sido previamente identificadas como ‘valenciano’ se les dirigirán -privadamente- en valenciano. La lengua de uso, pero, sin lugar a dudas (ni de manías) es la de los castellanos.
Y es que lo que molesta a los exterminadores lingüísticos (individuos, empresas e instituciones de la misma tropa ideológica que gobierna actualmente el País Valenciano y las Islas) no es que la gente sepa hablar idiomas. ‘El saber no ocupa lugar’, dirán -seguramente- incurriendo en el error muy frecuente considerar que la capacidad del cerebro humano es ilimitada. Lo que realmente les molesta es que la gente hable en valenciano, más aún, que piensen que pueden usar el valenciano como si fuera una lengua normal, en vez de un habla subsidiaria, subordinada y supeditada a la autoridad superior (castellana, por supuesto!).
No les molesta el valenciano siempre que lo usemos durante las fiestas patronales, en ocasiones señaladas, y siempre después de comprobar que no hay delante ningún representante de la raza superior monolingüe, que pueda sentirse ofendido, molesto o insultado por el atrevimiento indígena de usar un idioma que a pesar de ser el originario del lugar donde vivimos, y plenamente oficial, tiene el imperdonable pecado de no ser el castellano.
Y es eso lo que se esfuerzan por enseñarles desde la más tierna infancia; desde la escuela. Que lo que es ‘normal’ es hablar en cualquier hora en el idioma de los castellanos; cantar las canciones de los castellanos e ignorar las valencianas; jugar a los juegos de los castellanos y vivir de espaldas a los propios. Esta es la mejor garantía de que el día de mañana, crecerán para ser unos valencianets acomplejados y sumisos hasta la angustia, incapaces de mantener la dignidad -y la lengua- frente a los que -como hablantes de una lengua que sí tiene ejército- deben ser considerados superiores, por mucho que sean unos discapacitados lingüísticos que sólo saben hablar un idioma y -a menudo- lo hablan mal.
Esto es lo que enseñan las empresas privadas que han conseguido (con licitaciones tan transparentes como suelen ser las que perpetra el partido de los imPPutados) gestionar las escuelas infantiles de muchos pueblos valencianos. Enseñan a las criaturas valencianas a avergonzarse de ser lo que son, y a plegarse, desde muy pequeñas, al idioma de los dueños castellanos. Y todo esto lo hacen -es necesario que no lo olvidemos- con la complicidad (ya sea resignada o entusiasta) de los padres y las madres de las criaturas.








