Entramos en fase decisiva. Dentro de unos días comienza la campaña electoral de las elecciones municipales y la aceleración política ya no se detendrá hasta que se conozcan los resultados del 27-S. Esto significa que estos meses llenarán la última página de un capítulo de la Historia de Cataluña que comenzó con la manifestación contra la sentencia del Estatut, en junio de 2010, y se cerrará con la constitución de un Parlamento que tendrá -o no- una mayoría independentista. Un escenario utópico hace sólo unos cuantos años que hoy se ha convertido en una posibilidad realista.
Por todo ello, no tiene ningún sentido esta batallita crónica entre CiU y ERC. En las pocas sesiones que quedan en el Parlamento sería una estupidez que los republicanos volvieran a dejar el Gobierno en minoría, aunque fuera por una cuestión menor. No es necesario alimentar el escuálido argumentario unionista -dependentista, en la aguda terminología llombartiana, (*)- con las evidencias de una división que ni siquiera es real, por más velas que hayan encendido PSOE, PP y Duran Lleida en la catedral de la Almudena. Y menos cruzar acusaciones a través de los medios de comunicación. Estoy convencido de que una parte de las dificultades de la ANC para llenar el Palau Sant Jordi derivan de los reproches públicos de Artur Mas contra ERC, una maniobra totalmente innecesaria y contraproducente.
En definitiva, en el futuro inmediato nadie -ni en Cataluña ni en el mundo- entenderá otra cosa que un bloque independentista compacto y totalmente decidido a formar un Gobierno de concentración. Estamos hablando de Historia. Y la Historia no está para historias.
(*) http://www.nabarralde.com/es/catalunya/13524-dependentistas
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