Las alabanzas de Ayuso al conquistador Hernán Cortés incendiaron las relaciones institucionales con México, que el gobierno español y la monarquía se han esforzado en reconducir tras años de choque por la negativa española a pedir perdón por la Conquista. Quizás esta vez la presidenta madrileña no ha calculado que la reivindicación de los orígenes indígenas en México (como en Perú y otros países) se ha convertido en un sentimiento transversal, que comparten la derecha y la izquierda de México, que promueven con intensidad el reconocimiento de una cultura propia. En todo caso, Ayuso ha tenido cuidado de presentarse a la vez como víctima de la intolerancia de la izquierda, cuya “deriva totalitaria y violenta” le ha obligado a cancelar actos en este país y a anticipar su regreso.
Sin embargo, la provocación de Ayuso no nace del vacío, sino que forma parte del núcleo central del nacionalismo español. En los últimos años, por muy diversas circunstancias, la invasión castellana/española de América parece haberse puesto de moda. Por un lado, el nacionalismo español actual ha entrado en una fase bastante histérica, seguramente, en parte, debido al Proceso catalán de independencia y, por otro, a los movimientos indigenistas americanos, desde EE.UU., pasando por México, Perú y Bolivia… Pero, seguro, el movimiento más claro en este sentido ha sido la demanda del presidente de México y López Obrador, en 2019, solicitando que España pida oficialmente perdón por los terribles hechos que los españoles, de forma muy sesgada, llaman al ‘Descubrimiento’. Es una forma muy eurocéntrica de calificar lo que los mal llamados indios denominan un encuentro -un ‘mal encuentro’- o, más claramente, una invasión de extranjeros. Pero la gota que ha colmado el vaso del nacionalismo español ha sido la disculpa del rey Felipe VI, aunque ha sido meliflua y descafeinada.
Tras hacer el ridículo internacional y quedar en evidencia para montarse unas vacaciones pagadas con dinero público en la Riviera Maya, Ayuso vuelve a hacerse la víctima, “como siempre”, ha señalado la líder de la oposición, portavoz de Más Madrid en la Asamblea autonómica, Manuela Bergerot. Hacerse a la víctima está muy de moda. La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, es un potente generador de identidad, derechos, autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de cualquier duda razonable. Y así, la ideología victimista se ha convertido en el primer disfraz de los fuertes.
Pero el colmo de la victimización ha sido convertir al imperio español en una víctima. “Imperiofobia” es un sísmico libro superventas, del que ya hablamos en otros artículos. Roca Barea, autora de este panfleto híper exitoso, dice:
“Inquisición y leyenda negra americana han servido de repertorio ideológico … al protestantismo, a la Ilustración dieciochesca, al liberalismo decimonónico, al expansionismo estadounidense, al criollismo independentista, a la izquierda revolucionaria o de salón y, últimamente, al multiculturalismo indigenista.”
Pero, desgraciadamente, Roca Barea no es una isla, más bien es un archipiélago con miles de islas… José Luis Villacañas, filósofo e historiador, que ha escrito contra esta grosera exaltación imperial, sostiene que se trata de una “fanatización dispersa, por cuanto se basa en el goce de hacer notar la propia existencia mediante formas brutales, radicales y continuas.”
Como España tuvo en la Inquisición su primer pegamento, la base de la unión a la fuerza, la exaltación de estos fanáticos pseudohistoriadores de ir por casa hace que tilden el Santo Oficio de ‘Benemérita Inquisición’ … Así, mientras Occidente expresa a menudo una saludable vergüenza por su pasado fanático e imperialista, en España se realiza una exaltación histórica de hechos brutales.
La fundación de José María Aznar propugna el hermanamiento con Latinoamérica, pero también una lectura histórica que acabe con la “leyenda negra” difundida, en su opinión, por ingleses y holandeses sobre un colonialismo español especialmente cruel. Pero es tal el empeño en defender esa visión que casi se sitúa en el extremo opuesto y presenta la conquista como un mestizaje idílico del que nació una civilización más avanzada. Según esta tesis, los inmigrantes latinoamericanos son descendientes de españoles, como expresó Ayuso recientemente a raíz de las exigencias de Vox en el PP para imponer la prioridad nacional, que implica vetar el acceso a los servicios públicos a los extranjeros en función del tiempo de residencia o, en la práctica, de su origen.
La factoría ideológica de Aznar habla de la Hispanidad para promover una especie de imperio cultural español, mientras que Vox se refiere más a la Iberosfera para defender una alianza con la extrema derecha latinoamericana contra el globalismo y el comunismo. Ayuso parece bascular entre ambos.
La invasión de América
Lo que pedía el expresidente de México es que España asimile de una vez por todas la verdadera y trágica dimensión de la invasión y conquista de América y siga el camino de Australia, que pidió perdón a los aborígenes en 2008 por las injusticias cometidas durante dos siglos, o Canadá, que también hizo lo mismo por haber arrebatado a la fuerza a niños de los pueblos indígenas para ingresarlos en internados, donde sufrieron abusos. Podríamos mencionar a más países como Dinamarca —con los inuits o esquimales de Groenlandia— y Suecia —con los samis o lapones— o Italia —por el trato colonial en Libia— y Holanda —por su pasado esclavista—. Pero España se resiste a dar este paso. Y con esa negativa a reconocer los errores históricos hace lo mismo que Turquía con su inverosímil negación del genocidio armenio. Pero ahora el rey ha dado un tímido paso en esa dirección y esto ha encendido el nacionalismo español.
Como dice el cordobés Antonio Espino, catedrático de Historia Moderna en la UAB y especialista en historia de la guerra en la Edad Moderna y en la Conquista hispana de América, en su reciente publicación ‘La invasión de América’, sólo desde una ideología conservadora, nacionalcatólica, racista e imperialista se puede sostener, ahora en el siglo XXI que el colonialismo castellano de los siglos XV al XIX tuvo aspectos mayoritariamente positivos, incluso denominados civilizadores.
En el imaginario español, tanto de derechas como de izquierdas con algunas, pocas, excepciones, ha quedado establecida una verdad axiomática casi sagrada: la invasión y conquista de América fue un hecho trascendental para toda la humanidad, del que los únicos y brillantes responsables son los españoles. Así pues, algo tan fundamental para la civilización occidental no puede ser manchado por ninguna valoración negativa.
Según la historiografía oficial no hubo vencidos. Este relato americanista, sobre todo durante la época franquista, estableció que la guerra fue irrelevante, en la que prácticamente no hubo víctimas. Vamos, un imperialismo sin explotación, un colonialismo amable y diferente, puesto que, en lugar de apropiarse de los recursos, proporcionó una lengua, una cultura…, es decir, una civilización. Está claro que nadie les preguntó si querían sustituir su cultura por otra foránea, impuesta claramente por la fuerza, una fuerza terriblemente sucia. La pregunta podría ser: ¿por qué esa excentricidad de considerar el imperialismo propio como distinto al inglés, francés, portugués o turco…?
Hay una diferencia, que hay que resaltar, entre la colonización hispánica y la inglesa —la que ocupó los territorios de la costa atlántica de los actuales EUA: los hispanos iban básicamente a enriquecerse a cualquier precio con una audacia increíble, mientras que los anglosajones iban a hacerse un futuro con mentalidad de trabajar, huyendo, en su mayoría, de persecuciones religiosas y políticas. Esto, evidentemente, no les exime de las matanzas y aniquilación de la población indígena. Sin embargo, de ninguna manera el objetivo era muy diferente.
Conclusiones
La paradoja del Estado español actual consiste en que se ve obligado, para subsistir en este mundo globalizado, a defender y compartir unos valores, como la democracia, la tolerancia, el respeto hacia otras culturas, la ética personal y laboral, en los que a lo largo de su historia no sólo ha creído, sino que los ha combatido enconadamente. La exaltación del autoritarismo, la jerarquía, la idea de imperio como espacio físico, mental y político natural, el concepto de súbditos en lugar de ciudadanos, todo ello, que formaba parte de su tradición cultural, ha tenido que ser desterrado en muy poco tiempo para adaptarse a los valores hegemónicos centroeuropeos, a los que históricamente había mirado con un profundo desprecio. Y lógicamente ha aflorado una tensión, que pese a estar bastante controlada hasta hace poco, ahora se ha desbocado. Y muchos nacionalistas españoles se han desacomplejado -señal de que antes estaban acomplejados- y sueltan lo que había dentro.
PARLEM CLAR
https://www.parlemclar.cat/ayuso-i-el-nacionalisme-espanyol/
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