actualmente el 80% de los impactos ambientales de cualquier producto se pueden evitar en la fase de diseño. El problema es que se diseñan productos con fallos o con muy poca durabilidad para que el consumidor vuelva a cambiar de artículo y pagar por otro. Es la obsolescencia programada. Es muy fácil ver en cantidad de productos o artículos que compramos lo difícil o incluso, diría más, lo imposible que resulta desarmarlos para que se puedan aprovechar sus recursos naturales, ya que una mezcla de algunos componentes también puede dañar los procesos productivos.
Pero también sucede que no se pueden reparar, porque fueron concebidos y fabricados para funcionar de tal manera que se cumpla lo que es la sociedad de consumo actual, es decir, comprar, usar, tirar y volver a comprar. Claramente estos productos no fueron diseñados con la intención de repararse.
Hasta hace muy poco las inversiones en I+D han sido para ver cómo reducir la durabilidad de los aparatos, más que mejorarlos para el consumidor. Cantidad de productos, entre ellos y por citar algunos, como los electrodomésticos, bombillas, aparatos electrónicos, etcétera, tienen unas expectativas de vida muy cortas. Así, por ejemplo, los móviles tienen una expectativa de vida que oscila entre uno y dos años. Los materiales con los que se fabrican estos aparatos son en su mayoría escasos y valiosos, por lo que la falta de reparación, reutilización y reciclaje provoca un despilfarro de recursos naturales. Pero a su vez, son muy contaminantes, lo que conlleva impactos muy graves tanto en las zonas donde se extraen los materiales como en aquellas donde se depositan sus residuos.
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