Sykes-Picot o el huevo de la serpiente
Guadi Calvo
Quien quiera comprender las razones de las crónicas crisis esencialmente bélicas y de gobernabilidad que vive Medio Oriente tendrá que remontarse al acuerdo firmado de manera secreta entre los gobiernos de Gran Bretaña y Francia el 16 de mayo de 1916 conocido como el “Acuerdo Sykes-Picot”, aunque su nombre oficial es “Acuerdo de Asia Menor”.
Al británico Mark Sykes, teniente coronel, perteneciente al partido conservador y al abogado y diplomático francés François Georges Picot, les fue encomendado por sus respectivos gobiernos la misión de llegar a un acuerdo, que entraría en vigencia tras la caída del Imperio Otomano, aliado entonces, en el marco de la Primera Guerra Mundial, a Alemania y al Imperio Austro-Húngaro.
De este pacto había formado parte el Imperio Ruso representando por su ministro de exteriores Serguei Sazonov, pero el triunfo de la Revolución Bolchevique, no solo hizo que Rusia se abstuviera de las “ventajas” de las negociaciones, sino que también lo denunciara internacionalmente en diarios Izvestia y Pravda el 23 de noviembre de 1917, para que tres días más tarde el informe replicara en The Manchester Guardian.
Para gran sorpresa entre otros, además de los árabes, del presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, a quien le habían ocultado tanto Londres como Paris, las negociaciones que se venían llevando a cabo y que iban a acabar con seiscientos años de sultanato.
El acuerdo Sykes-Picot dividía el Imperio Otomano, en el que desde 1909 reinaba el sultán Mehmed V, con una línea que unía Acre (Palestina) y Kirkuk (Irak): el norte sería para Francia; el sur, para Reino Unido, creado cinco zonas políticas y económicas de control o influencia de las dos naciones firmantes.
El Reino Unido se adjudicó los territorios que hoy se conocen como Jordania, el sur de Irak con Bagdad y Basora, que incluía una salida al golfo Pérsico y los puertos palestinos de Haifa y Acre. El resto de Palestina se dejó en una zona internacional cuyo control quedaba a las órdenes de la Sociedad de Naciones, antecedente de la actual Organización de Naciones Unidas (ONU) situada en Cisjordania y Palestina, cuyo centro era Jerusalén.
Los franceses obtuvieron el sureste de Turquía, el norte de Irak, Siria desde Mosul a Damasco, con la inclusión de Beirut en el actual Líbano con salida al Mediterráneo.
El arreglo se fraguó sin considerar a su población, ni las cuestiones étnicas o religiosas, lo que todavía se sigue pagando con altísimo costo de vidas humanas.
A Rusia le hubiera correspondido Constantinopla, los estrechos del Bósforo y el de Dardanelos, Armenia y Kurdistán, los que nunca llegó a controlar por el estallido de la revolución en febrero de 1917.
Los británicos fueron quienes más bregaron por deponer a los otomanos del control de sus últimos bastiones de su gigantesco imperio.
El abril de1917 se firma el acuerdo de Saint-Jean-de-Maurienne con Italia, por el entonces Reino obtenía también algunas pequeñas concesiones territoriales.
Para conseguir la insubordinación de las tribus, los británicos habían establecido una alianza con el jerife de la Meca, Husayn ibn Ali, de la dinastía Hashemita, y con su hijo Faisal, a quién Londres había prometido la creación de un Estado Árabe.
Las acciones contra el sultán Mehmed V, en la modalidad de guerras de guerrillas las dirigió el mítico coronel Thomas Edward Lawrence (Lawrence de Arabia) agente de los servicios secretos británicos. El plan era conseguir el levantamiento de las diferentes tribus árabes que habitaban el territorio para el derrocamiento de Mehmed V y la conformación de un Estado Árabe unificado o una confederación de Estados Árabes, con capital en Damasco.
El testimonio de estas promesas ha quedado en la correspondencia mantenida durante 1915 y 1916 entre Husayn y Sir Henry McMahon, el alto comisionado británico en Egipto.
La salida de Moscú del acuerdo anglo-francés y el triunfo del movimiento nacional turco, en 1920 liderado por Mustafa Kemal Atatürk que convocó una Asamblea Nacional en Ankara que no reconoció el tratado y una posterior guerra civil que terminó con el sultanato y el califato y la creación de una república, que consiguió mantener la península de Anatolia y Estambul y obligó a los aliados a negociar de nuevo en Lausana en 1923.
A consecuencia, de la victoria de Atatürk, es que la nación Kurda que negociaba por su parte la recuperación de sus ancestrales territorios ha quedado eternamente postergada.
Los kurdos habían presentado en la Conferencia de París, de 1919, un mapa del Kurdistán que comprendía las regiones Kurdas de Turquía, Irak, Siria y Persia, el actual Irán, pero Turquía impidió la existencia del Kurdistán.
En noviembre de 1917, al acuerdo Sykes-Picot se le incorpora la conocida y controversial “Declaración Balfour”, una carta del entonces Secretario de Relaciones Exteriores británico, Arthur James Balfour, bajó presión del barón Lionel Walter Rothschild, un líder de la comunidad judía británica.
En el escrito de Balfour se dejaba abierta las perspectiva de la fundación de un estado judío, y acordaba: “Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”. Lo que abrió la inmigración judía a los territorios Palestinos iniciando un conflicto que hasta hoy no se resuelve y ha dejado un incalculable número de muertos y una serie de guerras que todavía siguen con menor o mayor intensidad siempre activas.
En tanto Faisal, el hijo de Husayn aprovechó el vacío de poder tras la derrota otomana y para declarar el tan anhelado Reino Árabe en 1918, que fue rápidamente abolido por Francia en 1920.
Lo que quedo y lo que vendrá.
Edward Said en Cultura e imperialismo dice: “Los occidentales pueden haber abandonado físicamente sus colonias en África y en Asia, pero las han conservado no sólo como mercados sino como puntos de un mapa ideológico sobre el que siguen gobernando moral e intelectualmente”. La Primavera Árabe puesta en marcha en 2011, es la confirmación de la afirmación del intelectual palestino.
Nadie tiene dudas que tanto Sykes, como Picot, conocían perfectamente la situación social, política y militar en Medio Oriente y los acuerdos alcanzados por Lawrence y aliados árabes, lo que hace todavía más espurio el tratado y deja en claro la intencionalidad imperial tanto de Londres como de Paris.
En el palacio de Versalles, durante la conferencia de San Remo y el tratado de Sèvres (1920) se concretaron los acuerdos secretos que habían alcanzado Sykes y Picot: Reino Unido, representado por Lloyd George, añadió Mosul y creó Irak como estado, al tiempo que Francia, en la figura de Georges Clemenceau, cedía una pequeña porción de su territorio y establecía las actuales fronteras de Siria y Líbano. Transjordania (Tierra de más allá del Jordán) finalmente fue separada de Palestina y entregada a Abd Allah ibn Husayn, hijo de Husayn ibn Ali, con lo que se terminaría por conformar Jordania.
El nefasto y muy oscuro trío de Sykes, Picot y Balfour, se convertirían en los verdugos de miles de árabes, que hasta hoy siguen siendo ejecutados tan solo por existir.
Países artificialmente creados, sin fundamentos históricos, en tierras y pueblos milenarios como hoy son naciones como: Arabia Saudita, Siria, Jordania, Líbano, Turquía, Israel, Irak e Irán, padecerán por décadas las gentilezas de estos “buenos” señores, que han sembrado el huevo de la serpiente, de donde emerge un mal tan descomunal como infinito.
Rebelión
Cien años del acuerdo Sykes-Picot: Cuando los lápices fueron armas de destrucción masiva
MARINA MESEGUER
LA VANGUARDIA
El tratado secreto en el que Reino Unido y Francia se repartieron Oriente Medio con tiralíneas creó algunos de los problemas más graves que asolan la región
Tan sencillo como un lápiz azul, uno rojo y un mapa. Así de fácil fue dar forma al Oriente Medio contemporáneo y, también, a sus problemas. El 16 de mayo de 1916, hoy hace justo cien años, Francia y el Reino Unido ratificaron el acuerdo secreto en el que durante meses habían estado trabajando el representante británico Mark Sykes y el francés François George-Picot. Un tratado en el que ambas potencias (con el visto bueno de la Rusia de los zares) acordaban la manera de repartirse los restos del Imperio Otomano. Ni siquiera había acabado la Gran Guerra, pero el Acuerdo de Sykes-Picot ya había decidido la suerte de aquel estratégico y convulso territorio.
Una línea imaginaria en la arena trazada desde Acre (Palestina) hasta Kirkuk (Iraq) repartió el botín. En total establecieron cinco zonas: Francia controlaría lo que hoy sería Siria y su zona costera y ejercería su influencia hacia el este hasta Mosul, Reino Unido obtuvo Basora y Bagdad y un ámbito de influencia hasta lo que se convertiría en Irán. Palestina quedaría bajo mandato internacional. Las lenguas, las culturas, los diferentes clanes y tribus de la región quedaron fuera de la ecuación.
El problema era que el Reino Unido había adquirido compromisos previamente con los árabes, a los que prometió un estado independiente si se alzaban contra los otomanos. Sin ellos, sabían que no podrían derrocar al imperio del sultán Mehmed V. En 1915, Thomas Edward Lawrence (más conocido como Lawrence de Arabia), agente de los servicios secretos británicos, y el alto comisario británico en El Cairo, sir Mac Mahon, prometieron al emir hachemí de La Meca, Hussein, que si se alzaba contra los otomanos reconocerían a un país árabe independiente, la Gran Arabia, que se extendería por lo que hoy es Irak, Jordania, Siria, Líbano, Palestina y la Península Arábiga. Los británicos, también habían asegurado a los sionistas que veían con buenos ojos la creación de un “hogar nacional” para los judíos en Palestina.
El ‘pastel’ se descubrió con la llegada de los bolcheviques al poder en 1917. Enfadado porque había sido apartado del acuerdo (que le garantizaba el control de Estambul, los estrechos turcos y Armenia) Lenin decidió hacer público el acuerdo en los diarios Izvetia y Pravda, al más puro estilo Wikileaks. Tres días más tarde, The Manchester Guardian hizo lo mismo. La ‘traición’ británica, marcará desde entonces la visión de los pueblos árabes hacia Occidente.
Acabada la Primera Guerra Mundial y con el Imperio Otomano volatilizado, la Conferencia de Paz de París y el Tratado de Sèvres acabaron de perfilar las fronteras de Oriente Medio, a miles de quilómetros de sus habitantes. Si África se había repartido con tiralíneas, ¿por qué no se iba a hacer lo mismo ahora? Reino Unido obtuvo Palestina, Iraq y Transjordania bajo mandato de la Sociedad de Naciones, y Francia se quedó con Siria, la partió y creó el Líbano.
Entonces llegó el momento de colocar a mandatarios que no dieran demasiado la lata a las metrópolis pero que dieran sensación de independencia. En Transjordania, un país directamente inventado sin ningún fundamento histórico, pusieron a Abdalah, hijo del ‘traicionado’ emir hachemí de La Meca. Y en Iraq, a Faysal, el otro hijo de Husein. El emir, acabó sus días en el exilio al tiempo que Abd al-Aziz ibn Saud creaba Arabia Saudí. Pero al final, todos se llevaron algo. A Lawrence de Arabia seguramente se le quedó cara de tonto al comprobar que era el único que se había creído de verdad el cuento de la Gran Arabia. Decepcionado, regresó al Reino Unido y murió al salirse de la carretera con su motocicleta en un extraño incidente.
El caso de Palestina era (y sigue siendo) más complicado. El territorio no era una pieza codiciada por las potencias. El sionismo ya se había asentado y se divisaba un conflicto entre árabes y judíos. Así que la corona británica decidió asumir el territorio como protectorado, una decisión de la que pronto se arrepentiría. Palestina se convirtió en un auténtico quebradero de cabeza para Londres: terrorismo, matanzas… Tras el atentado contra el hotel Rey David, en 1946, el Reino Unido decide que ha llegado la hora de marcharse y pasa la patata caliente a la Sociedad de Naciones. Palestina se acaba partiendo en 1947. De aquella indefinición del acuerdo de Sykes-Picot, de aquella salida precipitada de los británicos y de la final división del territorio, proviene el conflicto capital de Oriente Medio.
El último monstruo creado por el acuerdo ha sido el Estado Islámico, uno de cuyos objetivos confesos es acabar con el status quo creado en su día por las potencias coloniales. El 30 de junio de 2014, mientras tomaban Mosul y el ejército iraquí huía en desbandada, la organización publicó un vídeo en el que proclamaban el final de la línea Sykes-Picot, aquella frontera imaginaria que se trazó con lápices de colores hace un siglo. “Como podéis ver esta es la llamada frontera Sykes-Picot”, dice un miliciano desde un paso fronterizo abandonado entre Iraq y Siria. “Nosotros no la reconocemos ni la reconoceremos nunca. No es la primera frontera que romperemos, con la ayuda de Dios, romperemos más, pero empezamos con esta”, la más simbólica.
Cien años después, las consecuencias del tratado de Sykes-Picot son evidentes. No satisfizo las aspiraciones de los árabes, se agravó el conflicto histórico entre sunitas y chiítas y se creó uno nuevo: el de los árabes contra los judíos. Se dejó en el limbo al pueblo kurdo, cuya población de entre 45 y 50 millones vive hoy repartida entre Turquía, Siria, Iraq e Irán. Y para rematar, se regaló el poder a monarquías y a poderes autocráticos. Las guerras, el fanatismo religioso, la miseria… Han sido el caro precio a pagar. Puede que a pocos les suene el tratado de Sykes-Picot en Europa, el lugar de su nacimiento, pero en Oriente Medio ese nombre retumba con cada bomba que explota en Alepo, Gaza o Bagdad.
PARA MAPAS, IMÁGENES, ETC. http://www.lavanguardia.com/internacional/20160513/401777953934/cien-anos-acuerdo-sykes-picot.html







