Los filósofos Carlos Fernández Liria y Eudald Espluga acaban de publicar ‘Contra la Ilustración oscura’ e ‘Imaginar el fin’, respectivamente, dos ensayos que conversan de manera orgánica y llegan al mismo espacio emancipador desde planteamientos distintos, al tiempo que advierten sobre la nueva ideología que aspira a derribar la democracia al considerarla decadente. El suplemento Cultura/s, ha conversado con ambos
“Hablan de alcanzar la inmortalidad, como si la muerte fuera una avería técnicamente superable, de superar la especie humana y fusionarnos con la tecnología; de librarnos de la democracia y los derechos humanos; de convertir los países en empresas gobernadas por un monarca que opere como un jefe ejecutivo, de acabar con todas las instituciones que sustentan el poco derecho internacional que tenemos”. Con estas palabras, el filósofo Carlos Fernández Liria describe el actual contexto que analiza en profundidad en ‘Contra la Ilustración oscura’ (Arpa, 2026), un ambicioso ensayo con el que defiende la Ilustración y en el que detalla cómo el capitalismo deriva en un tecnocapitalismo que promueve un orden internacional sin legislaciones nacionales, abordando los distintos ismos impulsados por la aristocracia tecnológica liderada por figuras tan inquietantes como Peter Thiel, Jeff Bezos y Elon Musk, aristocracia tecnológica que busca hacer desaparecer la democracia al considerarla pura decadencia.
Superhombres tecnológicos
Para la escritura, Fernández Liria ha recurrido al pensamiento de dos filósofos de piedra y fuego, Nietzsche y Marx, cuyos postulados intelectuales sazonan las heridas abiertas de nuestro tiempo. Tomando como punto de partida la idea nietzscheana del Superhombre, los denominados “superhombres tecnológicos” tienen un programa radical de transformación del mundo, quieren el poder supremo y atesoran el dinero suficiente para que el planeta tome ese camino. “Unos 60.000 multimillonarios controlan tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad”. A la derrota de la Ilustración como proyecto político interrumpido a manos del capitalismo, hay que sumar que nos encontramos frente a un episodio histórico que plantea la disolución absoluta de las conquistas sociales y de las instituciones que las posibilitaron. “Se trata de derribar o socavar las instituciones, convertir el derecho en un instrumento del capital y reducir el Estado a maquinaria represiva”.
Ante este panorama, toca cuestionar la idea de ciudadanía, otra de las ideas fuerza que el pensador madrileño sitúa en la entraña de este libro. “Tienen el poder y quieren ejercerlo sin molestias legales o controles democráticos. Según Francesca Bria, lo que está ocurriendo es un golpe de Estado a nivel mundial. Desde luego, para entender lo que pasa, el lema es el habitual: «Follow the money». Mientras hablan de colonizar Marte o de alcanzar la inmortalidad, lo que se juega realmente es una cesión de la soberanía estatal, empezando por la maquinaria militar, a la empresa privada”.
Roto el esquema tradicional del tiempo que dividía la vida de los ciudadanos en ocho horas para el descanso, ocho horas para el trabajo y ocho horas para el tiempo propio a favor de una fórmula que convierte nuestras vidas en vidas-trabajo, que diría la última Premio Nacional de Ensayo por ‘El informe’ (Anagrama, 2025), Remedios Zafra, una división del tiempo que, merece la pena recordar esto, nos permitía cultivar un desarrollo humano que fuera un fin por sí mismo; atravesados como estamos por el agotamiento, la confusión y el desánimo, es muy fácil, por lo tanto, abandonar esa idea prometida por la Ilustración en torno a la ciudadanía en favor de una suerte de sujetos que únicamente corren en distintas direcciones y convierten cada parcela de su vida, hasta lo íntimo, en algo susceptible de ser explotado y consumido.
“Los poderes económicos, que son, al fin y al cabo, poderes privados, siempre tuvieron más poder que el espacio público. Hasta el punto de que, cuando los parlamentos intentaban democráticamente legislar sobre los poderes económicos, un golpe de Estado acababa con la democracia. Mientras tanto, la población en general se proletarizaba, pasaba a depender del mercado laboral. Es lo contrario de lo que estaba previsto en el concepto de ciudadanía, definido por la libertad, la igualdad y la independencia civil, es decir, por el no tener que depender de otro para existir”.
Y es que uno de los grandes triunfos de estos tecnooligarcas ha sido habernos hecho creer que formamos parte de su imperio a través de nuestras vidas mediadas por pantallas, habernos convencido de que tenemos que participar de los procesos de crecimiento para renunciar, así, a las tan necesarias políticas de desaceleración y decrecimiento. Quizá el contrapoder resida en que volvamos a ser ciudadanos activos en lugar de piezas fundamentales de las sociedades del consumo. Se trata de repensar la idea de ciudadanía ligándola a un mundo deseable, “convertir este mundo en algo que pueda ser querido” y para ello debemos abrazar cuestiones que nos vertebran como personas, ahora bien, teniendo autoridad para ello. Y esta cuestión, como bien señala Fernández Liria, únicamente se logra con la transformación de proletarios digitales a ciudadanos que enriquecen sus espacios públicos.
En el apocalipsis se vive mejor
Para pensar las derrotas, hay que tener muy claro su reverso, es decir, lo que podrían ser las victorias. En este juego de espejos, la imaginación desempeña un papel preponderante, tanto como el análisis del papel que las construcciones culturales están desempeñando en las actuales batallas económicas y geopolíticas. Debemos lograr la autoridad suficiente para distanciarnos de aquellos relatos que anuncian el fin del mundo o un futuro apocalíptico, y que solo ofrecen estrategias paralizantes. Porque, tal como señala David Graeber en ‘The ultimate hidden truth of the world’ (Penguin Books, 2025), y que nuestro siguiente protagonista hace bien en destacar en el prólogo de su ensayo, “el mundo es una cosa que hacemos y que, fácilmente, la podríamos hacer de otro modo”.
Comentábamos la eficacia de un modelo sabedor de que las conquistas debían empezar en el plano simbólico, con el impulso de narrativas especulativas que garantizaran la existencia de la era de la posverdad, ese mencionado modelo de simulación donde la verdad y lo verosímil se confunden. Fue, entonces, cuando los medios de comunicación se quedaron sin voz y fueron sustituidos por multitud de opinadores que nacieron en las cavernas de internet. Los espacios de disenso se transformaron en espacios de ruido incesante, la conversación pública vio desaparecer una de sus principales propiedades, la pluralidad, y, por último, nos hicieron creer que el descontento es la única vía posible por la que podemos transitar a la luz del fatalismo que nos espera, un futuro medido y diseñado según las variables de las demandas colapsistas. La contribución de las construcciones culturales al afianzamiento de las distopías y otras narrativas catastrofistas, en el terreno sociopolítico, ha sido fundamental. No solo han contribuido a través de memes, series, películas y avatares a la consolidación de una idea que nos paraliza como condición, sino que impide toda mirada crítica y contribuye a todo aquello que alimenta la hiperindividualización.
Ante este contexto, las alternativas se estrechan. O bien te entregas a la maquinaria de todas esas empresas de la catástrofe y sus relatos colapsistas; o bien decides ejercer una autoridad sobre el orden del mundo que nos imponen, lo que implica abrazar nuevas “estrategias de imaginación política proyectiva” que permitan cuestionar la actual polarización narrativa que nos paraliza y que nos hace creer que el futuro será apocalíptico o no será.
Nuevos mundos posibles
En Imaginar el fin. ‘Pensamiento apocalíptico para un futuro postcapitalista’/’Imaginar la fi. Horror climàtic, tecnofeixisme i esperança apocalíptica’ (Paidós/Raig Verd), el audaz filósofo Eudald Espluga propone una alternativa radical basada en la apropiación de los discursos apocalípticos para, precisamente, ser capaces de imaginar otras formas de estar en el mundo que trasciendan el actual planteamiento del tecnocapitalismo. Es un ensayo emancipador que convierte el desánimo y el miedo al futuro en herramientas capaces de generar espacios de resistencia intelectual y ética. “Es fácil comprar el relato de la cancelación del futuro porque las fantasías colapsistas parecen dar una respuesta más realista a las amenazas existenciales que hoy se ciernen sobre nosotros (emergencia climática, desarrollo tecnológico ligado a la inteligencia artificial, escasez de recursos y energía, contexto bélico mundial y rearme nuclear)”.
Una de las tesis que conceden envergadura a este original ensayo es la insistencia en la necesidad de apropiarnos de todos esos futuros apocalípticos que nos esperan y pensarlos desde el ahora, atender el presente con una perspectiva crítica que nos permita “profetizar nuevos mundos y abrir un tiempo de esperanza, de lucha y transformación que tiene como protagonista la acción colectiva en un mundo que va mucho más allá de lo humano”. Esto solicita una urgencia: colocar en el lugar adecuado todas esas ficciones “que parecen más realistas porque han tenido una mayor exposición mediática, por lo que parecen una deducción necesaria de los datos empíricos: como hemos visto mil veces en películas, series y libros, así como en gran parte de la literatura social sobre el colapso ecológico, parece que hay una relación necesaria entre el pico del petróleo y las peleas en gasolineras por un poco de diésel o entre el aumento de temperaturas y la necesidad de vivir en búnkeres. Pero la relación entre una y otra cosa depende de un marco cultural y político, no de una cuestión de hecho, y es, justamente, esa imaginación colapsista la que intento impugnar en el libro”.
A estas alturas del metraje, debemos aprender a manejar los derechos simbólicos. Uno de ellos guarda relación con lo planteado en el párrafo anterior, hacer que ese fin del fin se convierta en esperanza apocalíptica. “Vuelvo sobre el Libro de la Revelación justamente para mostrar que no se trata de una historia de destrucción total, sino de una historia de transformación radical. El Apocalipsis, a diferencia de lo que pueda pensarse, es una historia de renovación, y la larga tradición de movimientos milenaristas (desde los primeros siglos cristianos hasta los movimientos anticoloniales) es la mejor prueba de cómo es un texto que ha funcionado como un elemento subversivo, que convoca agencias colectivas (en especial de los desposeídos) en la lucha por un mundo más justo. En este sentido, propongo recuperar esta imaginación apocalíptica para desplazar las fantasías colapsistas, porque la imaginación apocalíptica (con la promesa de su nueva Jerusalén) pone el lujo comunal en el centro, a diferencia de un colapsismo que solo promete la supervivencia en un mundo en el que viviremos peor”.
A veces, solo hay que acudir a la verdad de las cosas. Una verdad pequeña, cotidiana y silenciosa. Esa verdad nos contaría que, en este justo instante, “hay avances que ya son una realidad, si bien no cuentan con suficiente densidad simbólica para celebrarlos como una transformación”. Esa misma verdad nos diría que, sí, que la cosa está complicada, azul oscuro casi negro, pero esa misma verdad nos animaría a encontrar colectivamente espacios públicos emancipatorios de tal manera que podamos hacer nuestra esa imaginación apocalíptica, “marco cultural y político que debe asociar la defensa de una serie de medidas de transformación social y urbana con la lucha contra esas amenazas existenciales para permitir imaginar futuros que no caigan en el colapsismo”. Imaginar para tener una vida, no mejor, pero sí distinta a la actual. Y ese debe ser el principal catalizador: saber que no debemos regresar al lugar en el que nos encontramos.
—————————–
Eduald Espluga Imaginar el fin/Imaginar la fi Paidós/Raig Verd, 336/306 páginas, 19,90 euros
EUDALD ESPLUGA. Nacido en Girona en 1990, es licenciado en Filosofía y máster en Comunicación y Estudios Culturales por la Universidad de Girona. Es autor, entre otros títulos, de los ensayos Las pasiones ponderadas (Capitán Swing) y No seas tú mismo/No siguis tu mateix (Paidós/Destino).
—————————–
Carlos Fernández Liria Contra la Ilustración oscura Arpa, 320 páginas, 19,90 euros
CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA. Nacido en Madrid en 1959, es escritor y profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en pensamiento político moderno y en la tradición marxista. Es autor, entre otros títulos, de los ensayos El orden de El Capital y Sexo y filosofía, los dos en Akal.
La generación de una dependencia
Una de las principales vértebras sobre las que se han apoyado los diferentes vectores de propagación de la actual revolución tecnológica es, curiosamente, la amable entrega de la naturaleza humana a los imperativos de la agenda dictada por corporaciones que buscan un crecimiento ilimitado en dos aspectos fundamentales: el económico y el simbólico, aspectos que, además, deben actuar en sintonía y sincronía. Para lograrlo, ya no basta con colocar en el centro del orden del mundo la lengua insaciable del poder, sino que resulta imprescindible lograr que cada persona sea dependiente, se ausente de toda responsabilidad colectiva y, sobre todo, delegue la toma de decisiones, incluso cuando crea que está tomando una decisión. La perversidad del algoritmo es total. Pero, como ha sucedido a lo largo de la biografía de lo humano, saber lo que sucede es síntoma de poder. Conocer la intención de los imperativos ayuda a despejar el paisaje cotidiano tan habituado a ansiedades colectivas y desafecciones varias. Por lo tanto, se trata de recuperar la voluntad arrebatada para saber lo que, en realidad, (nos) pasa.
Las consecuencias del actual entramado van mucho más allá de nuestro agotamiento, falta de concentración o del excesivo tiempo que pasamos haciendo scroll. El actual entramado es más complejo y echa raíces en la subjetividad de lo humano para transformarla sin vuelta atrás. La máxima eficacia del modelo se alcanza cuando la maquinaria de lo simbólico opera con precisión de cirujano. Las distintas narrativas especulativas, impulsadas por las tecnologías de las redes sociales, implementaron un modelo de simulación donde la verdad y lo verosímil se entremezclaban. El caldo de cultivo para la llegada de la “Ilustración oscura” se estaba preparando, un movimiento antidemocrático, supremacista y de corte tradicionalista liderado por las neurosis de los tecnooligarcas.
LA VANGUARDIA








