Hace 650 años tuvo lugar uno de los episodios más curiosos de nuestra historia: la conquista de Albania. Esta peculiar expedición militar, que fue llevada al cine, estuvo encabezada por Luis de Navarra, hermano del rey Carlos II, y terminó dejando su huella en Grecia a través de la Compañía navarra.

Imagen de una batalla del siglo XIV. (Guillaume FILLASTRE | GALLICA DIGITAL LIBRARY)
La conquista de Albania es la aventura militar navarra más peculiar de nuestra historia, hasta el punto de que en los años 80 del pasado siglo fue llevada al cine. Estos son los pormenores de la expedición protagonizada hace 650 años por la Compañía navarra en la otra punta del Mediterráneo.
Esta odisea se gestó a raíz de una derrota. El 16 de mayo de 1364, la localidad francesa de Cocherel fue escenario de una batalla de la Guerra de los Cien Años que iba a tener repercusiones directas en el reino de Nafarroa.
Ese día, un ejército anglo-navarro comandado por Juan II de Grailly, captal de Buch, fue vencido por las tropas francesas dirigidas por el famoso Bertrand du Guesclin. El resultado de esa batalla supuso un golpe decisivo para las aspiraciones dinásticas del rey navarro Carlos II en Francia, donde contaba con numerosas posesiones, y a partir de ese momento, centró su atención en los asuntos de Nafarroa y de la península Ibérica.
Un año más tarde, el 6 de marzo de 1365, los soberanos navarro y francés, en este caso Carlos V, firmaron un tratado por el que Carlos II renunciaba a las plazas de Mantes y Meulan, y al condado de Longueville. A cambio, recibía la baronía de Montpellier, así como la restitución de Evreux y el Cotentin.
Dentro de ese acuerdo de paz se acordó el matrimonio del hermano del monarca navarro, el infante Luis, con Juana de Sicilia, duquesa de Durazzo y heredera del reino o principado de Albania.
COMBATIR POR LA DOTE
Ese matrimonio interesaba especialmente al rey francés, al que le beneficiaba alejar a Luis de Normandía para que se instalara en los dominios de su esposa. Pero el infante navarro antes tenía que hacerse con la dote de su esposa.
Durante veinte años, esas posesiones habían estado en poder de una tía de Juana. En 1362, el príncipe albanés Carlos Topia intentó asaltar Durazzo, pero un brote de peste le obligó a retirarse. Más tarde, regresó y lo consiguió, de manera que la dote de la esposa del infante navarro estaba en su poder.
Sabedor de la situación, Luis empezó a formar un ejército para hacerse con esas posesiones. En el año 1372, contactó con el capitán de mercenarios Ingeram de Coincy, quien se comprometió a alistar en Gascuña un contingente de lanzas y arqueros a caballo con el objetivo de conquistar el reino de Albania.
Al mismo tiempo, encomendó a su yerno, el noble navarro Pedro de Lasaga, encargarse del reclutamiento de tropas en Nafarroa Beherea.
Por su parte, su hermano el rey se comprometió a sumar una compañía de hombres de armas, en concreto, jinetes acorazados. Además, Carlos II le proporcionó financiación, para lo que solicitó al reino una ayuda extraordinaria y un préstamo por un total de 15.000 libras.
Con esos fondos se reclutaron varios cortesanos y nobles. La mitad de los caballeros los aportó Joanco de Urtubia, escudero del rey, y el resto, sus cortesanos franceses, los chambelanes Machiot de Coquerel y Terrelles de Haneucourt, y su escudero Mahieu de Pinqueguy. En total, se reunió una fuerza de 125 hombres de armas como apoyo del rey.
A mediados de abril de 1376, la expedición partió desde Tutera con destino al Mediterráneo y lo hizo mediante barcas y pontones, en los que fueron transportados soldados, caballos y bagajes hasta Tortosa, donde se unieron los efectivos reclutados por Lasaga, de tal manera que la Compañía navarra, como se conoció a este ejército, pasó a estar integrada por 400 hombres de armas.
Entre esas tropas había varios ingenieros y tenían un sueldo de 30 florines aragoneses de oro al mes.
La Compañía se vui reforzada en Nápoles con los hombres que Luis de Navarra había reclutado en ese mismo lugar, donde se encontraba desde el año 1369 organizando la operación.
Con ese contingente se presentó en junio en Durazzo, el codiciado puerto del Adriático, que consiguió conquistar, lo que le permitió ocupar el territorio albanés.
MUERTE DE LUIS
Cuando se encontraba inmerso en esa tarea, el promotor de la empresa falleció en otoño. La viuda de Luis no le guardó luto por mucho tiempo y se volvió a casar poco después con Roberto, duque de Artois, dejando a su suerte a la Compañía navarra reclutada por su anterior esposo.
En ese momento, el contingente estaba distribuido en cuatro «sociedades» que contaban con su propio capitán: Lasaga, Garro, Coquerel y Urtubia. Ante la muerte de Luis, la mayoría de los navarros de los dos primeros regresaron al reino, donde ya se encontraban a finales de 1379.
El resto decidió permanecer en la zona como mercenarios. Mal avenidos con Roberto de Artois, se pusieron a las órdenes de Gaucher de La Bastide, prior de los caballeros hospitalarios en Toulouse y comandante del principado de Acaya o Morea, en Grecia.
A continuación, la Compañía pasó al servicio de Jaime de Baux, quien reclamaba el trono de Acaya y que terminó convirtiéndose en el último emperador latino titular de Constantinopla. En su nombre ocuparon la isla de Corfú, de la que le nombraron rey.
Posteriormente, el contingente navarro arrebató en 1383 territorios a los catalanes que estaban asentados en aquella zona, en especial en Ática y Beocia, con dos lugares emblemáticos como Atenas y Tebas. Esta última polis fue asaltada por la Compañía.
Tras la muerte de Jaime de Baux, el dominio de la Compañía navarra era tan absoluto que se organizó como un virreinato en Acaya durante dos años y negoció un tratado con la República de Venecia.
Al frente de los navarros estaba Mahiot de Coquerel, cuyos hombres se repartieron los feudos del principado. Sus anteriores poseedores o se habían refugiado en Nápoles o habían fallecido.
En 1386 murió Coquerel y la Compañía eligió como nuevo jefe a Pedro de San Superano, quien en 1396, cambió el título de vicario por el de príncipe hereditario de Acaya, bajo la soberanía de Nápoles, un movimiento que supuso un golpe definitivo a las pretensiones de las casas reinantes que se disputaban Morea.
La muerte de San Superano en 1402 señaló el fin del principado de los navarros en Grecia, aunque su viuda todavía gobernó durante dos años como regente de sus hijos menores.
A partir de 1419, ya no hay más menciones a los navarros en Albania y Grecia, por lo que esa particular aventura habría finalizado 50 años después de iniciada a la sombra del Pirineo.
DE ALBANIA AL CINE
Esta particular odisea navarra terminó siendo llevada a la gran pantalla en 1983 en la película “La conquista de Albania”, dirigida por Alfonso Ungría.
El proyecto se puso en marcha tras el éxito de ‘La fuga de Segovia’, cuando Ángel Amigo decidió embarcarse en esta aventura cinematográfica con sus compañeros de lucha antifranquista Imanol Gaztelumendi y Patxi Bisquert, y otros actores como Ramón Barea, Xabier Elorriaga o Klara Badiola.
De hecho, Amigo dio este paso tras quedar impresionado por las andanzas de esas tropas navarras por tierras albanesas y griegas al leer sobre ellas mientras estaba en la cárcel.
La película, que tuvo un presupuesto récord en ese momento de 100 millones de pesetas y cuyo título completo era “La conquista de Albania por la Gran Compañía Navarra”, contó con el apoyo del Gobierno de Lakua. Esta circunstancia hizo que su estreno en el Zinemaldia donostiarra se retrasara 24 horas para que pudiera estar presente el entonces lehendakari, Carlos Garaikoetxea, recientemente fallecido.
No fue el único condicionante del estreno, ya que la proyección prevista en el Victoria Eugenia para el viernes 23 de septiembre se retrasó al ser localizado un paquete sospechoso en el vestíbulo. Finalmente, el público pudo entrar en la sala pasadas las 21.00 de la noche.
Tras su proyección en el Zinemaldia, la cinta se exhibió al día siguiente en Iruñea en los cines Mikael y en los Golem, a donde acudieron el director Alfonso Ungría, el productor Ángel Amigo y algunos de los actores.
“La conquista de Albania” tuvo una acogida más bien discreta en las salas y bastante dura por parte de la crítica, aunque consiguió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine Ibérico y Latinoamericano de Biarritz.
Ha quedado para el recuerdo como una película ambiciosa, casi tanto como la propia expedición militar en la que se basó y de la que se cumplen 650 años.
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