Resulta curioso leer el artículo publicado en este medio de comunicación el pasado 26 de agosto y que lleva la firma de Javier Gamboa, titulado Los antecedentes de la emergencia climática.
Presentar las inundaciones de 1983 y la sequía de 1989 como prueba de que la actual emergencia climática es una especie de exageración contemporánea es confundir dos cosas completamente distintas: que los fenómenos extremos existieran antes y que el clima esté cambiando ahora a una velocidad sin parangón en seguramente millones de años. Esto no es ninguna opinión y hay cientos de programas científicos de observación, investigaciones del clima y paleoclima y modelos físicos que lo respaldan. En el contexto actual, donde necesitamos muchísima pedagogía y sensibilización, infravalorar el término “emergencia” e incluso hablar de ello en un lenguaje sarcástico es bastante irresponsable y, de hecho, recuerda a sonadas declaraciones de negacionistas.
Por supuesto que en 1983 hubo una inundación extraordinaria en Euskadi. Y por supuesto que en 1989 hubo una sequía severa. Nadie necesita discutir eso. El clima nunca fue estático y la meteorología siempre produjo episodios extremos, modulados por la variabilidad natural del clima, algo que sigue vigente.
Sin embargo, es fundamental entender que el calor que estamos sufriendo no es el calor de antes, ni tampoco lo es la distribución del vapor de agua en la atmósfera y la intensificación del ciclo hidrológico, ingredientes con los que se hace el tiempo del día a día.
De igual manera que en los Sanfermines de 1982 se alcanzaron los 40ºC y las capitales vascas registraron picos térmicos muy elevados en agosto, destacando especialmente el año 1981, cuando superaron los 40 ºC a principios de mes y, por tanto, se dieron temperaturas similares a las de algunos episodios de estos meses, los veranos de esta década demuestran un patrón de intensidad y recurrencia de extremos completamente nuevo. Quien lea la literatura científica encontrará pocas dudas de que Europa se calienta en verano mucho más rápido que otras partes del planeta. Concretamente, de acuerdo con los datos del Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM), Europa registra un calentamiento cuyo ritmo duplica la media global del planeta.
Eso implica mucha mayor posibilidad de grandes incendios y, paradójicamente, también de muchas mayores lluvias ya que, también se calientan los mares circundantes y hay más disponibilidad de agua precipitable. Sólo en Navarra eventos precipitando cerca de 300 litros en pocas horas no están tan lejos: Cidacos en 2019, Arano-Añarbe en 2023, y también hay unos cuantos entre 150 y 200 en Lesaka (2022), Ultzama (2024) o Baztan (2014). Hay que añadir que ese episodio de 500 en pocas horas está tocando la puerta en Navarra en cuanto se alineen cuatro elementos en la atmósfera y que los impactos actuales son totalmente dependientes de factores de exposición y población e infraestructuras vulnerables, de la preparación de los municipios y de la respuesta de los suelos y de la orografía, lo que hace que no se puedan comparar episodios a la ligera. Y en cuanto a las sequias e incendios, no tenemos tampoco dudas de que el calor extremo y la acumulación de días tórridos actúan como un multiplicador de la gravedad, las repotencia, y ya vemos megaincendios muy cerca de Euskal Herria: las Landas 2022, Gironda 2024 o los eventos de Aragón en Cinco Villas y San Juan de la Peña este verano. Por tanto, aparte de factores ligados a la vegetación y territorio, es solo cuestión de tiempo que acabe tocando aquí.
Y si hablamos de crisis, de caos y de emergencia climática ahora y no antes, no es una exageración retórica, refleja una alteración sistémica y medible en la física de nuestro planeta, y es porque tantas cosas que dependen del clima han entrado en un estado así: la biodiversidad y los hábitats de especies, sobre todo en los mares, los rendimientos de los cultivos y la gestión hídrica, la seguridad de infraestructuras y la preservación del medio forestal…, y, por supuesto, las vidas humanas. Y si esto no convence seguro que nadie se atreverá a negar los cambios tan profundos que están emergiendo en la acumulación y distribución de energía en el planeta. Más energía en la atmósfera y el mar se traduce directamente en tormentas más violentas, vientos más fuertes y cambios drásticos en las corrientes marinas y atmosféricas. De ahí también lo de emergencia.
Por tanto, no tendríamos que explicar que la cuestión relevante no debe ser si alguna vez hizo muchísimo calor, llovió muchísimo o hubo una sequía terrible. La cuestión científica es cómo está cambiando la distribución estadística de esos fenómenos y, sobre todo, de qué manera pone esto en jaque a una necesaria estabilidad en el clima y, por ende, a las bases de nuestra civilización teniendo en cuenta que, si las proyecciones científicas van por donde nos tememos, alcanzaremos en cinco, diez o quince años los dos grados de calentamiento y esa distribución de los episodios no tendrá nada que ver con la actual, mucho menos con la de los 80. Que la sociedad se tome en serio esto, que los medios informen al efecto y que las prioridades en las agendas políticas sean la resiliencia y adaptación debería ser lo realmente importante ahora. El artículo al que hacemos referencia queda muy bien pero no vale, ya que concentrarse únicamente en los picos de temperatura históricos pasa por alto el verdadero peligro actual: estos episodios son ahora mucho más frecuentes, duraderos y severos, además de combinarse con noches tropicales asfixiantes y un riesgo de incendios desbocado.
*Los autores son miembros de Klima Fundazioa / Fundación Clima
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