El infierno debe de ser vagar por una geografía sin nombres, recorrer territorios anónimos donde cada colina, valle y cresta que se abre a nuestro paso es desconocida a los ojos y muda a los oídos. Imagino el Hades de los antiguos héroes como un espacio indiferenciado, donde todo es incertidumbre y desorientación. El inframundo tiene que ser no poder reconocer lugar alguno, no saberlo nombrar, estar sometidos a la novedad continuada de un paisaje que, al tiempo que se nos despliega a cada paso, se rehace. El averno es, en mi peor pesadilla, un atlas deshabitado, inconcreto, una compilación inmensa de lugares ignotos y de cartelas en blanco, de paisajes mudos, de tierra incógnita.
Transitar sin fin por una geografía desconocida, secreta y enigmática no sería menos castigo que empujar una roca cuesta arriba sabiendo que caerá de nuevo. Así Sísifo, a la pena física de hacer rodar la enorme piedra, sumaría el no saber el nombre de aquella montaña empinada que cada día tenía que recorrer. No es gratuito que en el Tártaro, la región más profunda del mundo, situada por debajo del mismo infierno, ningún lugar tenga nombre. Ni por supuesto aquella montaña del desafortunado rey de Éfira, que, a base de ser tan suya, no podía ni maldecir porque no sabía su nombre.
El Tártaro es oscuridad de triple noche, dice Hesíodo, tinieblas sombrías, lugar pútrido donde hasta los nombres se esconden temerosos de los titanes condenados por Zeus a una existencia sin esperanza. La desazón de Ulises era doble: no saber por qué mar navegaba y desconocer los nombres de los lugares a los que llegaba en compañía de sus infortunados compañeros de travesía.
Por eso, lo primero que han hecho los seres humanos ha sido poner nombres a la tierra. Los nombres de las montañas y valles, de los cerros y cumbres, de los campos y villas, de los barrancos y ríos, de las calas y playas, de las cordilleras y llanuras, de las partidas, fuentes, manantiales, pozos, caminos, azagadores, bancales, acequias, cortijos, barracas, aldeas, montes, aljibes, golfos e islas y tantos otros accidentes geográficos se convierten en paisajes familiares que nos acompañan en la vida. Los nombres de la tierra ordenan la existencia, orientan y consuelan cuando nos enfrentamos al paso del tiempo.
Son la herencia inmaterial que pasa de padres a hijos, de abuelas a nietas, de generación en generación. Nombres fijados en la tierra con uñas ensuciadas de barro y de hierba, imposibles de arrancar sin llevarse también pedazos de memoria, trozos de país, fragmentos de la historia de quienes vivieron antes. De aquí la patriótica, alentadora y humanitaria tarea de salvar las palabras de cada lugar… Como escribió Salvador Espriu y cantó Raimon: “Però hem viscut per salvar-vos els mots / Per retonar-vos el nom de cada cosa / Perquè seguísseu el recte camí / D’accés al ple domini de la terra”.
No hay tierra sin nombres: ¡la relación es tan directa! Por eso, como los arqueólogos, hay que excavar en el conocimiento geográfico de lo que nos rodea, retirar las capas de incuria y olvido, y llegar a aquel nombre primigenio. Esto es lo que ha hecho, con el ademán discreto de quien sabe de la trascendencia de su trabajo, la Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL). ¿Cuántos nombres de lugares conoce una persona? Depende de su edad, claro, pero también de su voluntad de saber, de explorar, de leer mapas y de andar por el país. Si mi país fuera una persona, ahora conocería más de 125.000 nombres de lugares. El 2009 sabía muchos menos nombres, alrededor de 50.000. La publicación reciente del nuevo Nomenclador Toponímico Valenciano recoge los nombres que conforman un país, que lo hacen reconocible, familiar para los que viven allí.
La densidad de nombres en el País Valenciano es de 5,4 palabras por kilómetro cuadrado, la más alta de toda España y más del doble de la media general, que es 2,3. A los valencianos nos gusta poner nombres a las cosas: ¿Minifundismo? Puede ser. Pero también una especial relación con la tierra de un reino conquistado en el siglo XIII con la fuerza de una cruzada oriental, repoblado con la decisión del Far West y ocupado con la racionalidad de una maquinaria administrativa eficaz.
Catedrático de Geografía Humana de la UV
LA VANGUARDIA










