Memoria: «Capacidad de recordar» (Diccionario RAE).
Si se me permite la expresión, podemos decir que, desde tiempos inmemoriales, muchos filósofos, escritores, científicos, y todos nosotros, hemos reflexionado en infinidad de ocasiones sobre la memoria, con todos sus adjetivos, y la necesidad de recordar y olvidar.
Memoria histórica, que a diario necesitamos recordar, como el de las 13 Rosas, jóvenes luchadoras ejecutadas por el franquismo. O la de los 200.000 japoneses asesinados por EEUU en los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki.
Memoria quemada, que año tras año, y de manera autodestructiva y creciente, vemos consumirse en nuestro entorno.
Memoria ahogada, como la de las últimas cerca de 150 personas que de este modo tan angustioso fallecieron en Ceuta, «obligadas» a hacerlo para intentar tener una vida digna.
Memoria asesinada, la de las mujeres y niños víctimas a diario de esta lacra de trasfondo machista y fascista.
Memoria selectiva, que nos autoimponemos, para poder sobrellevar nuestras vidas, miserias y contradicciones, y normalizar y olvidar las aberraciones diarias desde nuestra «zona de confort», eclipsando nuestras mentes con cualquier acontecimiento anestesiante.
Memoria impuesta, memoria artificial creada por algoritmos, memoria inventada…
Memoria viva y heredada, la imprescindible que debemos mantener, escuchando a nuestros predecesores (abuelos, madres y padres) y transmitiéndola a las siguientes generaciones.
Memoria feliz, como describía el gran Eduardo Galeano, «la de los abuelos con alzheimer, cuyos recuerdos se vuelven del color del agua, y que yo no quiero para mí».
Mantengamos la memoria de los nuestros y recordemos siempre lo que somos, porque, como decía Gabriel García Márquez en su despedida «la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido».
Naiz








